
La crisis económica internacional prosiguió con su imparable dinámica de contracción crediticia en el primer trimestre de 2008. Tras varios años en los que los inversores han estado endeudándose a corto plazo e invirtiendo a largo, el sistema se ha apalancado en estructuras productivas desequilibradas y con cuellos de botella.
La causa es clara: el arbitraje de tipos ha permitido rebajar el coste del endeudamiento a largo plazo, lo que ha modificado la estructura de precios relativos de los bienes de capital.
Todo el entramado financiero internacional que depende de una financiación a corto plazo, que se está destruyendo conforme se incrementa la insolvencia, va a sufrir la dureza de la crisis. Su desconocimiento de la teoría austriaca del ciclo económico les hizo sumarse imprudentemente a una orgía crediticia que ahora está mostrando su lado más cruel.
Las agencias fallaron y siguen fallando en sus calificaciones, las monoline aseguraron productos financieros condenados al impago, los bancos extendieron el crédito sin atender a la capacidad de repago de sus deudores. Frente a esta suma de errores, los gobiernos y los bancos centrales parecen haberse decidido a seguir las políticas públicas menos adecuadas: aumentar el gasto público y bajar los tipos de interés.
En general, todo el sistema financiero ha fracasado en esta crisis y lo ha hecho por no comprender un principio tan básico como el de la liquidez de los activos. Durante décadas se ha creído que la sociedad podía incrementar simultáneamente su consumo y su inversión, que los fondos del mercado monetario podían emplearse en los mercados de capitales, que el endeudamiento podía amortizarse con más endeudamiento y que los gobiernos podían gastar sin límites monetizando deuda.
La crisis actual demuestra el error de todos estos principios y clama por una reforma en profundidad de la organización monetaria, bancaria y financiera actual.