
En el segundo trimestre del año se vivió una tensa calma que sólo parecía anticipar los acontecimientos dramáticos del tercero. El problema en que se concentraron la mayoría de analistas y políticos fue, no sin motivo, el alza de las materias primas. Muy pocos, sin embargo, se dieron cuenta de que el problema se encontraba en que la política monetaria de la Fed estaba acabando con el dólar, por lo que se produjo una fuga hacia valores reales que sólo terminó cuando el Tesoro anunció oficialmente su intención de estabilizar su valor.
Cuestión distinta es que sea capaz de lograrlo en el futuro, cuando incluso el propio crédito del Tesoro se ponga en duda.
De momento, la contracción crediticia sigue su imparable curso, precisamente porque los Gobiernos se negaron a adoptar las políticas que podrían haber suavizado la crisis: a saber, una importante reducción del gasto público que abriera el camino a una mejora de la fiscalidad sobre el ahorro y una liberalización de los mercados de factores productivos.
En lugar de esto, pretendieron parchear la economía, fingiendo que estaban aportando grandes soluciones cuando, en realidad, estaban paralizados por su propia incomprensión de los acontecimientos. El lado más crudo de esta pasividad conservadora de un statu quo intervencionista se manifestará en toda su intensidad durante el tercer trimestre de 2008.