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Estudios IJM

Portada - Investigación - Estudios IJM - Una sociedad de propietarios - Una alternativa más satisfactoria: la sociedad de propietarios
Pensiones Estado providencia

16/11/2006 - Raquel Merino Jara

Una sociedad de propietarios

El camino de los ciudadanos hacia la independencia financiera
El objetivo del estudio es analizar el funcionamiento de las economías actuales, basadas en el paradigma del Estado del Bienestar, sus achaques y el descontento que genera en los ciudadanos, presentando una alternativa real, concreta y eficaz: la sociedad de propietarios.

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IV. Una alternativa más satisfactoria: la sociedad de propietarios

"Dale un pez a un hombre y comerá un día, enséñale a pescar y comerá toda su vida".

Proverbio chino

Un orden social adecuado –ya se ha afirmado anteriormente– es el que permite que sus integrantes no se encuentren con trabas para alcanzar y finalmente superar la escala de aspiraciones (Maslow) descrita con anterioridad. En España, gracias a la extraordinaria reducción de la tasa de paro en los últimos 10 años, el principal problema del ciudadano ya no reside tanto en obtener un empleo como en asegurarse el aprovisionamiento económico (los recursos) y en ser reconocido y querido personal, familiar y profesionalmente. El individuo sólo es feliz cuando domina y afianza la etapa de satisfacción de necesidades más cercana. Como hemos visto, una vez consolidado un nivel, su siguiente fuente de felicidad será trepar hacia una nueva meta de superación, siempre que no se encuentre maniatado por algún agente interno –psicológico– o externo –el entorno social, jurídico, estatal–.

Afortunadamente, existe una opción alternativa al Estado de Bienestar hipertrofiado: La Sociedad de Propietarios. En este tipo de sociedad, la gran mayoría de los individuos –no sólo una limitada porción perteneciente a los sectores de población más acomodados– va constituyendo un patrimonio creciente a través del ahorro y la capitalización de un porcentaje adecuado de su renta; al principio, proveniente en su mayor parte del trabajo dependiente, y, más tarde, fruto también de las propias ganancias del capital. 3. 3. El poder de la capitalización compuesta y la inversión diversificada permiten al ciudadano común acumular paulatinamente más patrimonio y capital de manera que un porcentaje cada vez mayor de los ingresos individuales o familiares van trasladándose del trabajo por cuenta ajena (o propia, en caso de los autónomos) a los que provienen de sus activos o inversiones.

1. La vía del capitalismo hacia la sociedad de propietarios

En este punto, veremos cómo, por medio de la sociedad de propietarios, se alcanzarán mayores cotas de satisfacción de aquellas necesidades que hoy día más preocupan al ciudadano. La realización de las aspiraciones individuales está fuertemente ligada con los recursos con los que cuentan las personas o familias. Una sociedad de propietarios, frente al Estado de Bienestar, promueve la creación de capital y de un creciente patrimonio en las familias, todo ello con el objetivo de disfrutar de un mayor desahogo financiero.

1. 1. El libre mercado y la realización personal

Una sociedad de propietarios sólo puede prosperar al amparo de un régimen de libre mercado, donde las personas puedan actuar, individualmente o en grupo, soberanamente en pos de la búsqueda de su felicidad. Históricamente, la propiedad privada, la especialización, la división del trabajo, la coordinación social sustentada en la tradición y el Derecho han impulsado la creación y la acumulación de riqueza de forma cada vez más acelerada, especialmente, en aquellos países donde han imperado en mayor medida. Los cambios materiales, sociales y culturales experimentados en las sociedades modernas en los últimos 50 o 60 años, auspiciados por el crecimiento exponencial en la oferta de bienes y servicios en la economía, han sido más espectaculares que en todos los siglos anteriores.

Cuando las inquietudes personales y empresariales tienen salida y se combinan con una creciente acumulación de capital, la oferta de bienes y servicios en el mercado es de una magnitud excepcional. Si bien la intervención estatal sigue constriñendo la empresarialidad que habita en muchos individuos o en una gran parte de la sociedad, en la actualidad, la productividad capitalista es tal que la gente no acaba de leer e interpretar el manual de instrucciones del último producto electrónico o informático cuando ya sale una nueva versión del mismo.

Todas estas relaciones causa-efecto no influyen únicamente a la sociedad en términos "macro", enfoque algo alejado de la realidad cotidiana. Por el lado de la oferta, el clima favorable de desarrollo privado y libertad de mercado promueve una creciente incorporación de empresas de nueva creación a las economías nacionales. Se integran en el tejido empresarial nuevos cerebros siempre que las barreras regulatorias no sean muy elevadas (ya se apuntó, además, que una de las salidas laborales de los trabajadores es convertirse en autoempleado, empresario). Otra consecuencia de la creación de nuevas entidades es la demanda de fuerza laboral que éstas precisan, de forma que no sale beneficiado exclusivamente el empresario. Una mayor creación de riqueza y, derivado de esta, un incremento en la acumulación de bienes de equipo hace que el sistema productivo se dirija hacia un uso más intensivo de capital lo que, en último término, hace que la dedicación del trabajador se centre en ocupaciones más interesantes, liberando a éste de tareas insulsas y repetitivas (este fenómeno se contempla con claridad con la proliferación de "tecnologías de información"), por no hablar de algunos empleos que pueden causar problemas reales en la salud de los trabajadores. Asimismo, como la productividad del trabajador crece considerablemente con dicha automatización, con el tiempo puede acabar beneficiándose de mejores condiciones laborales: reducción de jornadas, mayores salarios, mayor flexibilidad con el empleado, teletrabajo...

En la parcela individual (demanda de bienestar y tiempo libre), el continuo desarrollo económico hace que los hombres estén menos supeditados a las fases más básicas de necesidades que nos explica Maslow, permitiéndoles alcanzar mejoras sustanciales en su bienestar. Se dispone de más oferta de bienes en el mercado, más tiempo libre y recursos que descubrir y crear, tanto por una buena cultura financiera y empresarial como por la contención fiscal y legislativa de los Estados.

Sólo en un sistema político y económico donde el incremento de la productividad del trabajador se acrecienta continuamente, las condiciones laborales del mismo mejorarán considerablemente: aumentan los salarios, se reduce la jornada laboral, domina la meritocracia (movilidad social o funcional), etc. En definitiva, se satisfacen mayores deseos personales y se alcanza mayor nivel de independencia tanto respecto del empleador, como del Estado, y, en último y primer término, de aquello que origina el ansia de seguridad que reside en las personas: la incertidumbre.

1. 2. El círculo virtuoso de la creación capitalista

Esta revolución capitalista ha sido posible gracias al círculo virtuoso que se origina en las sociedades más avanzadas: mayor productividad, más rentas y más ahorro, mayor financiación empresarial, mayor acumulación de capital, mayor riqueza, mayor productividad... y así, sucesivamente.

Antal E. Fekete, economista húngaro del que ya hemos hablado en el primer capítulo y especialista en teoría monetaria, ha desarrollado con perspicacia el proceso de formación de capital y hasta qué punto el capitalismo beneficia a los distintos agentes económicos y a la sociedad en su conjunto. Esta es una de las cuestiones a las que se propuso dar respuesta en su trabajo Wither Gold?, escrito en 1989 y que fue galardonado con el Internacional Currency Prize en 1996.

Al comienzo de este estudio, vimos que el modo y la proporción en que individuos consumen ahorro capitalizado o rentas del trabajo tienen mucho que ver con su ciclo vital. Pero es que además la acumulación de capital por parte de los miembros de una sociedad es la manifestación más trascendental en la creación y el bienestar capitalistas.

El fenómeno que se observa de una elevada acumulación de capital en países avanzados no es, en primera instancia, consecuencia de una mejoría económica sino su causa. Precisamente, porque se deben atender a gastos futuros, a compromisos familiares, a la propia incertidumbre, en el ser humano, existe la necesidad de acumular o atesorar riqueza. Parece evidente que en los países menos desarrollados están sujetos a una economía con una división del trabajo familiar que requiere, según las costumbres, que buena parte de sus miembros deban trabajar ya desde que son niños hasta llegar a ancianos, sin que, por ejemplo, los hijos tengan posibilidad de formarse en su juventud (es decir, invertir en su educación). En terminología del premio Nobel de Economía, Gary S. Becker, los hijos están siendo empleados como "bienes de inversión", es decir, como "herramientas para el trabajo". Pero esto, por atroz que resulte, se debe mayormente a que no existe una acumulación de capital suficiente por parte de sus padres como para sostener el mantenimiento de sus vástagos sin que estos contribuyan a la economía familiar aportando recursos del trabajo.

No obstante, como bien nos explica el economista peruano Hernando de Soto en El misterio del capital, en los países en vías de desarrollo, existe en estas familias con pocos recursos la misma pulsión por acumular que en cualquier otro país occidental. Si pudieran, lo harían. De hecho, disponen de más riqueza de la que podríamos imaginar. El problema al que se enfrentan estas familias es que no existe seguridad jurídica, los derechos de propiedad están mal definidos y no hay disponibilidad de herramientas de inversión hacia las que canalizar su ahorro. En palabras del propio autor: "… nadie puede identificar quién es dueño de qué, las direcciones domiciliarias no pueden ser fácilmente verificadas, la gente no puede ser obligada a pagar sus deudas, los recursos no pueden ser convertidos cómodamente en dinero, la propiedad no puede ser dividida en participaciones, las descripciones de los activos no están estandarizadas y éstos no son fáciles de comprar y (…) las reglas que rigen la propiedad varían de barrio en barrio".

En realidad, lo que allí existe es puro atesoramiento sin formación de capital. De esta manera, se atesora hoy para desatesorar mañana y así poder atender a gastos futuros, pero en ningún momento se dirige este excedente, entretanto, hacia la inversión en el sector productivo.

Una vez eliminadas –en la medida en que lo permiten los gobiernos– las trabas a la acumulación de capital y disponiendo de instrumentos para canalizar este ahorro hacia los sectores productivos, veamos quiénes intervienen en el proceso de creación capitalista. Como productores, los individuos tienen una capacitación laboral, sea como trabajadores técnicos, como inventores o como emprendedores.

Centrémonos primeramente en los técnicos, entendiendo técnico de manera amplia (pueden ser trabajos de bata blanca también). Las más de las veces, el trabajo que estos incorporan directamente a una unidad producida (por ejemplo, un coche) se realiza mucho tiempo antes de efectivamente esa unidad sea consumida por el usuario final. Este es el caso de alguien que ensambla piezas de sistemas de navegación que posteriormente se incorporan en los coches. Desde que hace este ensamblaje hasta que realmente se incorpora en el coche y se vende, puede haber un lapso de tiempo considerable.

Lo mismo puede decirse del inventor, pero, si cabe, amplificado aún más. El inventor es capaz de realizar aportaciones tecnológicas esenciales para la humanidad a través de su investigación. Así, el que diseña el sistema de navegación incorpora su trabajo mucho antes de que se vea directamente compensado por la venta. Es más, en muchas ocasiones, una parte importante de sus novedades no ven nunca la luz.

Los trabajadores normales y los investigadores o inventores se enfrentan a un grave problema: necesitan una renta con la que sobrevivir durante el tiempo en que están trabajando. No han hecho efectiva ninguna creación aún, lo que es mucho más acuciante en el inventor, pero precisan de rentas para vivir.

El empresario o emprendedor es un sujeto intrépido y visionario que sabe perfectamente cómo conseguir beneficios dentro de una organización empresarial. Tiene grandes ideas de negocio, pero carece de los recursos necesarios para llevar a buen puerto su empresa. No tiene los activos necesarios (patrimonio) para lanzar el proyecto empresarial.

Así, contamos con trabajadores, inventores o empresarios que podrían trabajar entre sí en pos de un bonito proyecto empresarial. Sólo les falta una cosa. El capital necesario. De esta manera, aparece en escena el capitalista o rentista. El capitalista es aquella persona que ya ha acumulado una cierta riqueza y que no desea atesorarla o consumirla, sino utilizarla para producir aún más riqueza. Este capital se pone, por lo tanto, al servicio de aquellos grupos profesionales que precisan de rentas para producir y de aquellos otros que necesitan de riqueza para la creación de proyectos empresariales.

Los bancos, los accionistas, las sociedades de inversión, las empresas de capital-riesgo, el ahorro particular (principalmente, gente de mediana edad y anciana) son algunas de las herramientas que en la actualidad van en socorro de nuevos proyectos tecnológicos y empresariales que no tendrían cabida de otra manera. El ahorro y la acumulación de capital de los agentes mencionados antes se ponen a disposición de los grupos profesionales que demandan rentas y riqueza para que la rueda de la producción no cese. Ambos colectivos, financistas y productores, están condenados a entenderse.

Los trabajadores y los inventores consumen renta hoy (la que necesitan para sobrevivir) para generar riqueza mañana. El empresario, por su parte, es capaz de transformar riqueza (medios de producción) en renta (beneficios). El capitalista proporciona al empresario el capital que éste necesita para comenzar el negocio. El emprendedor transforma el capital en renta y con esta renta contrata al inventor y a los trabajadores para que la transformen en riqueza y paguen con ello al capitalista. Dicho en otras palabras, el empresario obtiene el capital necesario para comenzar el negocio y mediante los beneficios presentes y futuros financia el gasto en I+D.

La asociación del capitalista, el empresario y el inventor, esto es, de la voluntad, el talento y el cerebro, da lugar a un progreso imparable que beneficia a toda la sociedad.

El siguiente cuadro resumen no dejará dudas sobre la necesaria asociación entre producción y financiación.

Tabla 4.-Necesidades / aportaciones de recursos de los diversos agentes económicos
Agentes económicos
Fuente: elaboración propia ampliada a partir de la clasificación propuesta por Antal E. Fekete

En suma, el ahorro, la inversión en activos financieros (o de otra naturaleza) no sólo contribuyen directamente al beneficio personal y a alcanzar independencia financiera aliviándonos de estrecheces financieras. Contribuyen a la vasta creación capitalista, desde el punto de vista de la producción de bienes y servicios y del crecimiento en los beneficios empresariales; y a la puesta en marcha de proyectos en los que personalmente nos podamos embarcar.

En las sociedades avanzadas actuales, por tanto, los individuos se benefician del capitalismo como consumidores (gran oferta de productos cada vez más complejos, útiles e innovadores y relativamente más baratos con relación al salario), como trabajadores (especialmente notable se da este fenómeno en las personas emigrantes de los pueblos a las ciudades o de países menos desarrollados a otros más avanzados).

En el cuadro de más arriba, destacamos al "ahorrador" de entre los proveedores de financiación por ser este grupo al que prestamos máxima atención en este estudio, es decir, a las personas comunes. El ahorrador particular compatibiliza la mayoría de las veces dicha función con la productiva, contribuyendo en consecuencia al desarrollo económico, así como a su propio bienestar, tanto en la faceta de productor que demanda recursos económicos (cualquier que sea su tipo de profesión) para actuar, como en su faceta de propietario.

Pero la realidad con la que nos topamos es que los beneficios del capitalismo aún no han sido explotados en toda su extensión por la población por la vía de la participación en las ganancias empresariales. La sociedad de propietarios significa precisamente eso, asociarse e ir de la mano de las empresas que generan la riqueza en la sociedad.

2. Cultura financiera (I): una actitud sabia

Como ya se ha comentado, la cultura e inteligencia financieras son vitales si se tiene la esperanza y ambición de obtener cada vez una mayor independencia, seguridad o libertad económica. Estas habilidades adquiridas capacitan a los hombres para poder prescindir de forma creciente de la dependencia de agentes externos para su propia subsistencia o mejora de bienestar, lo que se consigue por medio del continuo ahorro, inversión, acumulación de patrimonio y generación de rentas pasivas del capital invertido.

Este preciado objetivo depende muy firmemente de la actitud y aptitud[5] de las personas que la ansían. Debe existir una mentalización adecuada que cambie la dinámica de pensamientos que nos impiden actuar. Asimismo, para sustentar los nuevos objetivos fijados, y reforzar ese nuevo carácter deseado, es necesario tener una preparación financiera apropiada.

Una actitud financiera inteligente implica enfrentarse a las mismas necesidades de siempre ampliando o cambiando nuestra perspectiva sobre cómo obtenerlas. Conocer nuestras prioridades, nuestros planes y ciertas formas de alcanzar nuestras metas no requiere de un esfuerzo superior al que ya realizamos en busca de, entre otros, formación profesional e intelectual, obtención de un trabajo o la compra de una vivienda.

En primer lugar, una persona deberá estudiar el grado de dependencia que tiene con respecto a elementos externos, aquellos no totalmente controlables, como, por ejemplo, la dependencia en exclusiva de nuestro empleo o del Estado, o lo atados que estamos a nuestros gastos recurrentes. Es decir, los recursos los obtenemos de un empleo (por cuenta ajena o propia) o de otras fuentes adyacentes, el Estado nos retrae un buen porcentaje de las rentas y el consumo, así como nos ofrece unas prestaciones a cambio. Por el lado de la aplicación de nuestros recursos, estos se consumen vía gastos en bienes de consumo (alimento, tarjeta de crédito, seguro de salud privado, clubes sociales, intereses de la hipoteca), en bienes patrimoniales (vivienda, garajes, creación de una pyme…) o se ahorran/invierten. Este análisis debería indicarnos si se tiene una salud financiera de hierro o, por el contrario, renqueante. Esta primera exploración financiera se realiza, por tanto, en el corto plazo.

Teniendo en mente un horizonte temporal más amplio, consideraremos qué necesidades u objetivos vamos a querer para un futuro. Nos fijamos unas metas. ¿Se desea trabajar en una empresa o profesión que realmente suponga un reto y no un mero trámite diario? ¿Se desea pasar más tiempo con familia y amigos, y dar la mejor educación posible a los hijos? ¿Se desea una jubilación sin contratiempos a una edad más temprana? ¿Se quiere, en definitiva, libertad de elección y de acción?

Partiendo de cómo estamos y sabiendo adónde queremos ir, si la respuesta es que ambicionamos alcanzar la seguridad económica, la pregunta siguiente es cómo conseguirlo.

2. 1. Una mentalidad apropiada

No predisponer la mente hacia la eliminación del miedo es uno de los errores más comunes de la gente cuando anhela sueños de independencia. La libertad financiera implica esforzarse –puede ser mínimamente dependiendo del tipo de inversor que se desee ser– en aprender cómo obtenerla, y ese deseo en ocasiones se halla paralizado por el miedo a fracasar, por el riesgo de dar un paso en falso. Sin embargo, en las sociedades actuales la gente está preparada para buscar un empleo remunerado sin quedar presa del pánico: su entorno familiar –y de amigos– les animan a obtener un trabajo seguro, a prepararse formalmente, a estudiar una carrera universitaria o especializarse en una profesión; se han formado durante muchos años, han acudido a la escuela, al instituto, a la universidad, tienen estudios de postgrado; reciben ejemplos diarios de personas con éxitos y fracasos como trabajadores tanto en empresas o como de autónomos, etc. A su alrededor, la cultura del "trabajo dependiente" o "independiente" es tan fuerte que no le supone mucho esfuerzo emprender todos los pasos necesarios en pos de una especialización laboral.

El empuje que emerge de esa misma mentalidad, inserta en la cosmovisión del individuo, se debe aprovechar para ampliar miras y procurarse no sólo la seguridad laboral sino la económica: invertir para uno mismo y ganar el control de las finanzas personales. El deseo de proveernos de un sustento económico alcanzando la seguridad o estabilidad laboral tiene tal fuerza que, aunque el miedo surge (como con cualquier acción cuyos resultados no controlamos totalmente), éste no nos atenaza como para ser incapaces de tomar una resolución. La mentalidad de la persona independiente debe ser igualmente enérgica con objeto de procurarse la seguridad económica que nos permita mirar hacia el futuro con mayor optimismo, a la espera de satisfacer necesidades personales que nos produzcan mayor gozo (estancia con la familia, mayor ocio para emplear en nuestras aficiones, desarrollo de un proyecto laboral personal más satisfactorio, etc.). Se han de dominar, por tanto, los pensamientos negativos para que el pánico no se apoderes de nosotros lastrando el logro de nuestra felicidad, a pesar del riesgo implícito en cualquier acción humana (también surge éste ante decisiones que implican el gasto de una buena suma de dinero para recibir formación extra realizando un MBA en EE.UU., y, sin embargo, se sopesan pros y contras y se toma una determinación). El miedo ha de ser dominado y el riesgo analizado, lo cual se consigue con la conjunción de una buena mentalidad (actitud) y una buena preparación (aptitudes).

2. 2. Planificación de las finanzas personales

Para ello, se requiere de algo tan básico como un presupuesto, un plan financiero familiar. Los nuevos objetivos, las metas que nos fijemos, deben quedar plasmados en un plan financiero. Como ejemplo, las aspiraciones de una familia podrían quedar reflejadas como sigue: alcanzar la independencia financiera a los 55 años, disponiendo a partir de entonces de rentas del capital de 50.000 euros al año para los gastos anuales. Se trataría de rentas pasivas, es decir, de ingresos entrantes en el hogar sin necesidad de trabajar para recibir esa retribución; o, al menos, complementando los ingresos patrimoniales con una actividad laboral realmente gratificante. Fijar una meta o misión de estas características implica realizar una planificación de los pasos que se deben efectuar hasta llegar al objetivo final. Todo ello desde el primer día en que se toma la decisión.

En primer lugar, conviene desembarazarse en lo posible de deudas, sobre todo, de aquellas que provengan de gastos superfluos. La "carrera de la rata", de Robert Kiyosaki (ya explicada en el punto III.4.1, resulta ejemplar a la hora de mostrar cómo la economía de una familia puede verse envuelta por una falsa ilusión de bienestar originada al confundir la riqueza (patrimonio) con "gastar como un rico". La realidad puede estar poniendo de manifiesto que el hogar se encuentra inmerso en un círculo vicioso marcado por la necesidad de realizar un trabajo cada vez más duro –por tanto, menos tiempo libre y más estrés– para obtener más ingresos que soporten los crecientes gastos (o compra de estatus en algunos casos). Por eso, veíamos que personas de todas las clases sociales podían verse implicadas en este mal.

En esta línea, este autor emplea una frase en su libro Padre rico, Padre pobre, con la que nos conmina a "hacer que el dinero trabaje para nosotros, y no nosotros para el dinero". Es decir, que no hagamos peligrar nuestra propia salud o vida familiar para alcanzar más recursos económicos (estaríamos trabajando para el dinero) sino que, al ahorrar, invertir sabiamente y hacer un lógico seguimiento, este dinero nos ayude a conformar una riqueza que, merced a la capitalización compuesta (ver punto 3.1, "3. 1. La bondad de la capitalización compuesta"), nos permita obtener notables rentas pasivas no ligadas al trabajo.

Una planificación más inteligente inducirá a la familia a retraer una parte de sus ingresos para, primero ahorrarlos y luego invertirlos con el fin de capitalizarlos. Esta porción apartada ni siquiera tiene que ser de grandes magnitudes; además, cuanto antes se comience con la planificación del presupuesto y la inversión, más fácil y menos penoso será alcanzar la seguridad económica.

En el apartado Inmovilidad laboral: un callejón sin salida (punto III.4.1), veíamos que el primer objetivo financiero que buscan las personas es no atravesar dificultades económicas a fin de mes; la siguiente meta es disponer de un colchón financiero (monto en efectivo) para superar cualquier contratiempo (enfermedad, despido…) en el corto-medio plazo; el último paso es la consecución de la seguridad económica o financiera que nos libere de las cadenas económicas. Para alcanzar este último objetivo, esto es, la seguridad, se habrán de transitar necesariamente los estadios anteriores.

Cortar las deudas

En primer lugar, hay que contar con una fuente de ingresos y un control de gastos que nos permitan llegar sin dificultades a fin de mes (sueldo por cuenta ajena, propia, en la mayoría de los casos). Las deudas prescindibles, si las hubiere, se deberán suprimir.

No tendría ninguna lógica retirar una porción de lo recursos percibidos para ahorrarlos e invertirlos a un 7% anual en la Bolsa cuando existen aún deudas pendientes, por ejemplo, derivadas del abuso de una tarjeta de crédito revolvente con la que se aplaza el pago de las compras a una tasa de interés anual del 16%. Como se observa, la tasa pagada por el crédito es muy superior a la devengada. Lo principal, antes de comenzar a realizar ningún tipo de ahorro o inversión, es controlar los gastos más fútiles, liquidando definitivamente las deudas y prescindiendo de ellos en el futuro; en todo caso, posponerlos hasta que se obtengan suficientes rentas activas y pasivas (estas últimas, fruto de nuestras inversiones) gracias a las que se disponga de un monto sobrante muy respetable y no se corra el riesgo de caer en la "carrera de la rata" de nuevo.

Comienza el ahorro

De manera que cuando hayan desaparecido las deudas más banales, el siguiente paso es empezar un plan regular de ahorro. El plan de ahorro se diferencia claramente de los simples ahorros familiares que son resultado de lo que "nos sobra este mes de nuestro sueldo". Debe existir una planificación de gastos, previsión de ingresos y seguimiento del presupuesto. Este dinero ahorrado, sin embargo, debe cumplir la condición de que esté libre de obligaciones (alimento, cobijo, etc.).

El ahorro no capitalizado (sobre el que no se obtiene una rentabilidad real apreciable) es sin duda el punto de partida de cualquier individuo, ya que nos habituará a planificarnos así como a prescindir de los gastos más inútiles empezando a apartar una proporción de los ingresos percibidos.

Con estos ahorros provenientes de las rentas del trabajo más la realización de inversiones a corto o medio plazo, se podrá disponer de un colchón financiero (con elevada liquidez) para afrontar cualquier clase de adversidad en un horizonte temporal no muy largo.

Pero este ahorro no es significativo para atesorar sumas de dinero elevadas en el tiempo; lo más fructífero es realizar inversiones cuya capitalización compuesta nos devuelva una acumulación de capital creciente en progresión geométrica.

Camino hacia la independencia

Inversiones menos líquidas y a largo plazo (por ejemplo, en el mercado inmobiliario o de valores), que generarán rentas pasivas gracias a la continua incorporación de capital ahorrado así como a la capitalización compuesta del patrimonio ya existente, sirven a los propósitos de obtención de recursos con continuidad en un futuro. Es decir, estas inversiones a largo plazo –salvo urgente necesidad– no deben liquidarse para consumo corriente puesto que perderían su verdadera razón de ser: seguir acumulando patrimonio y capitalizando los ahorros para alcanzar en el futuro la libertad y seguridad económicas.

3. Cultura financiera (II): Adquiriendo nuevas aptitudes

La adquisición de destreza en el mundo financiero es una decisión personal. Las buenas noticias son que no es necesaria la universalización de la maestría en los mercados financieros para obtener unos resultados más que satisfactorios. Sin duda, un elevado conocimiento implica la posibilidad de permitirse inversiones financieras que a las personas no duchas en la materia les están vetadas por el riesgo implícito. No obstante, hay que destacar que abrir la sociedad de propietarios a la clase media produce beneficios reales.

Es imperioso saber el terreno en el que nos movemos y, al menos, partir de unas nociones básicas para poder tener el control sobre nuestro destino. Por supuesto, a más sofisticación en la inversión, más aptitudes financieras se habrán de adquirir. Entre ellas, el conocimiento de los mercados en los que opera (mercados de capital, inmobiliario, etc.), nociones de impuestos y cómo afectan a cada una de las operaciones que se realizan, el análisis de la existencia de burbujas financieras o de momentos bajistas en que convenga invertir o el análisis de estados financieros.

3. 1. La bondad de la capitalización compuesta

Una vez que se dispone de la mentalidad necesaria, se ha puesto en marcha un plan en el que se han fijado unos objetivos sobre dónde se quiere estar dentro de unos años marcados, se está preparado para el aprovechamiento de la capitalización compuesta.

La superioridad de la capitalización compuesta gravita en su capacidad de multiplicar el capital en progresión geométrica.

Un ejemplo facilitará la comprensión. Suponemos a un trabajador que empiece con el hábito de ahorro e inversión a una edad temprana, a los 25 años, y que separe anualmente en media 12.000 euros (2 millones de pesetas) durante los siguientes 15 años, con el fin de capitalizarlos. Al principio, esto le resultará más complicado al ser un empleado joven, pero podría compensarse si está viviendo en el hogar de sus padres y por tanto tiene menos gastos (además de no tener cargas familiares). Si en los primeros años de empleo no pudiera ahorrar todo este monto, lo podría contrarrestar con subidas futuras de sueldo. Tras los 15 años de ahorro anual de 2 millones de ptas. (12.000 euros), si su inversión capitaliza a un 10% nominal (este porcentaje es algo inferior a la revalorización de la Bolsa de Madrid de los últimos 20 años), dispondrá de un patrimonio de 63 millones y medio de ptas. con 40 años, lo que, ajustado a un 3% de inflación anual promedio, se quedaría en algo más de 50 millones de las pesetas actuales.

Si a partir de los 40 años ya no pudiera aislar más ahorro anual debido, por ejemplo, a las responsabilidades familiares, esos 63,5 millones se convertirían en los siguientes 10 años, capitalizados también al 10% nominal anual, en 165 millones de pesetas corrientes, lo que, ajustado a la inflación (3%), se convertiría en 99 millones de pesetas con la capacidad de compra de hoy.

Con ello, a partir de los 50 años de edad, este individuo podría empezar a percibir una renta pasiva, por su patrimonio de 99 mill. de pesetas, de 7 millones de pesetas de hoy para su consumo anual, surgido de una revalorización del 7% anual de todo su capital.

En definitiva, el individuo dispondría, a partir de los 50, de alrededor de 42.000 euros al año (de euros constantes) de rentas pasivas o vitalicias para consumo propio sin necesidad de trabajar, si este fuera su deseo. Si no, cuando menos, podría dedicar parte de su tiempo al ocio o a aquella inquietud, empresa propia o trabajo por cuenta ajena, que considere más provechosa para llevar a buen puerto sus intereses personales o su propia realización.

Recordemos que este ejemplo está realizado con una hipótesis realista–conservadora de un 10% nominal de rendimiento anual de las inversiones, inferior a la media de revalorización del Ibex-35 de los últimos 20 años (desde la incorporación de España a la UE).

Con las siguientes tablas ilustraremos la bondad de la capitalización compuesta:

Tabla 5.- Patrimonio formado tras n años de imposiciones fijas constantes de 2 mill. ptas. (12.000 euros)

Se plantean diversos escenarios en función del tipo de interés real obtenido (todos los resultados obtenidos en pesetas constantes suponiendo una 3% inflación anual).

Rentas pasivas (vitalicias)
Fuente: elaboración propia empleando la fórmula de cálculo del valor final de una renta (compuesta) constante (C) a un tipo de interés real fijo (t.r.) durante n años: C.[(1 + t.r.)n - 1] / t.r.

Tabla 6.- Rentas pasivas (vitalicias) provenientes del patrimonio acumulado tras dejar de realizar nuevas imposiciones
Rentas pasivas (vitalicias)
Fuente: elaboración propia a partir de la Tabla 5 (se aplica un 7% a cada celda de la Tabla 5).

Como se puede observar a partir de los escenarios de las tablas 4 y 5, cualquier familia que capitalice un ideal de 12.000 euros al año y obtenga una rentabilidad promedio real del 7%, lo que es coincidente con las revalorizaciones medias históricas de los índices bursátiles, tendría garantizada una renta vitalicia a partir de los 15 años de comenzar a trabajar suficiente para ir reduciendo su jornada laboral, mejorar su formación, buscar un nuevo y más gratificante empleo o aumentar su dedicación a la familia y al ocio, garantizándose asimismo una jubilación superior a la pública ofrecida en la actualidad, incluso en aquellos tramos más altos. Esta renta vitalicia, que puede alcanzarse a una edad más temprana a la de jubilación, da una idea de la posibilidad de obtener una renta no vinculada al sueldo, lo que convierte al ciudadano medio en mucho más libre y menos subordinado a los vaivenes del empleador y del Estado.

Caso de que obtenga rentabilidades algo mejores que ese promedio por sus habilidades financieras, las rentas alcanzan niveles muy notables, pudiéndose contemplar escenarios como un buen retiro inclusive en la edad adulta.

Se ilustrará a través de los siguientes escenarios –los cuales son menos ambiciosos que los anteriores– cómo aquellos colectivos que, aun sin estar en disposición de apartar montos cercanos a los 9000 o 12000 euros al año, pueden beneficiarse igualmente de la capitalización compuesta.

Tabla 7.- Patrimonio formado tras n años de imposiciones crecientes al 4% anual con una primera aportación de 700.000 ptas. (4.200 eur.).

Se plantean diversos escenarios en función del tipo de interés real obtenido (todos los resultados obtenidos en pesetas constantes suponiendo una 3% inflación anual).

Rentas pasivas (vitalicias)
Fuente: elaboración propia empleando la fórmula del valor final de una renta anual que crece en progresión geométrica con una aportación inicial (C) que crece anualmente a una tasa q (si es un 4%, entonces 1,04) a un tipo de interés real (t.r.) durante n años: C.[((1 + t.r.)n - q n) / (1 + t.r - q)]

Tabla 8.- Rentas pasivas (vitalicias) patrimoniales tras dejar de realizar nuevas imposiciones (sólo consumiendo rentabilidad del capital)
Rentas pasivas (vitalicias)
Fuente: elaboración propia a partir de la Tabla 7 (se aplica un 7% a cada celda de la Tabla 7).

La capitalización compuesta se aprovecha al máximo cuando las primeras aportaciones representan un monto considerable. Sin embargo, para el caso mencionado en que el individuo o familia no pueda realizar imposiciones tan elevadas por no contar con una situación económica acomodada, ofrecemos este ejemplo (Tabla 7 y Tabla 8), donde existe una aportación inicial de 700.000 ptas. y las sucesivas contribuciones van creciendo conforme lo hacen los salarios. En el escenario descrito, se ha supuesto un 4% medio de revalorización salarial real anual (la aportación realizada en el año veinte rondaría el millón y medio de pesetas constantes), lo cual no es nada improbable conforme el individuo va siendo promovido dentro su empresa. Así, para disponer de unas rentas vitalicias notables, al individuo le convendrá prolongar sus aportaciones hasta unos 20 años. Igualando la media de los índices o mejorándola en un punto, el individuo o familia dispondría, en este caso, de unas 250.000 pesetas extras al mes. En cualquier caso, los hábitos de ahorro, de eliminación de gastos más triviales y de planificación y fijación de objetivos en las finanzas personales de estas familias serán de gran ayuda para que, aun no llegando a una renta vitalicia tan elevada como la de otros hogares, su nivel de independencia sí se vea acrecentado con las inversiones realizadas.

Pese a todo, puede darse el caso de que la familia quiera prolongar su período de aportaciones más allá de los 20 años. Para evidenciar el poder del interés compuesto y lo que esta familia puede conseguir, supongamos que lo prolonga durante 30 años. Para un trabajador que comienza a generar renta a los 25 años, esto le llevaría hasta los 55. Entonces, y suponiendo una tasa de interés real del 7 por ciento, lograría un capital de 102 millones de pesetas, que le reportaría una renta anual de más de 7 millones de pesetas. Si extendemos el plan hasta los 40 años, que comprende normalmente una vida laboral, de los 25 a los 65 años, y que es, además, el período que normalmente se está contribuyendo al régimen de Seguridad Social, el capital acumulado roza los 240 millones de pesetas que, a un tipo de interés del 7 por ciento, rentarían más de 16 millones y medio de pesetas, casi 1.400.000 pesetas al mes. Lógicamente, si el creciente conocimiento del mundo de la inversión le permite al ahorrador obtener mayores rendimientos, los resultados aumentarían muy notablemente.

Cualquiera que sea la edad tope de cese de las aportaciones, este comportamiento financiero, extendido a una buena parte de la población correspondiente con las clases media y alta (60%), generará grandes ventajas a toda la economía (como ya hemos analizado en profundidad en los apartados anteriores), incluyendo a los individuos menos acomodados. Un incremento en la inversión de las familias medias implica más capital privado en la economía, lo que, unido a la eliminación de barreras legislativas que debilitan la creación de empresas y contratación de nuevos empleados, así como la disminución o supresión de impuestos que penalizan el ahorro familiar y las rentas del trabajo, elevará la renta procedente del trabajo también para aquellos con ingresos más bajos; por un lado, por mejoras en las condiciones laborales y salariales y, por otro, por la menor voracidad fiscal. En la misma o siguiente generación, la práctica totalidad de la población podría sumarse plenamente al carro de la sociedad de propietarios.

3. 2. Clases de inversores

El fin de adquirir cotas de independencia financiera a partir de la planificación de objetivos y presupuestos, así como por las ventajas de la capitalización compuesta, no está reñido, como ya se ha comentado, con ningún perfil inversor. En función del conocimiento o pericia de cada uno de ellos, las metas u objetivos podrán ser más elevados, pero, cualitativamente, los pequeños inversores (clase media) serán los principales beneficiarios de abrazar la sociedad de propietarios, más que nada, porque en la actualidad no se están favoreciendo de la creación capitalista.

Existen varios tipos de inversores en función del nivel de sofisticación:

  • Los meros ahorradores, que dejan su capital en cuentas corrientes, a plazo fijo o en algún fondo de inversión de baja revalorización y altos gastos de administración, ven cómo sus ahorros difícilmente consiguen mantener el ritmo de la inflación.
  • Inversores conservadores: dentro del primer grupo de inversores por orden de asunción de riesgo, aparece esta clase de inversor no muy sofisticado, pero que ve acrecentar su aportación de rentas patrimoniales con el solo hecho de indiciar su capitalización, a través de un fondo de inversión, al IBEX (en torno a un 10% nominal anual), siempre que dicho fondo no tenga unas comisiones muy elevadas. Al mismo tiempo, invierten en las llamadas blue chips, se dejan asesorar por expertos, etc.
  • Inversores más avanzados: superando los índices promedio en un par de puntos, aparecen inversores más sofisticados que analizan la evolución de los mercados, la legislación y cómo afecta a que determinados sectores empresariales florezcan o decaigan, o cómo ciertas medidas impositivas gravan sobre algunas formas de ahorro o inversión, qué valores tienen potencial de crecimiento, investigan los balances de las empresas y sus informes anuales, etc. Estos asumen algún riesgo superior, pero lo contrarrestan diversificando sus inversiones. Generalmente, consiguen tasas de revalorización más elevadas (a partir de un 12% nominal).
  • Inversores exitosos: Los inversores exitosos alcanzan revalorizaciones del 18-25% en adelante. Son personas realmente conocedoras del mundo financiero y empresarial. Efectúan inversiones más agresivas que los anteriores; a veces, de elevado riesgo, aunque reservan sólo un porcentaje de su capital para este tipo de inversión y tienden a no superarlo. Se exponen muy poco fiscalmente, por lo que dominan muy bien las leyes tributarias y cómo afectan a las herramientas de inversión que utilizan. Generalmente, crean corporaciones o sociedades familiares en las que funden sus ganancias.
  • Los socios capitalistas: por el contrario, estos son ya una "empresa" en sí misma, su labor fundamental es la búsqueda continua de oportunidades de negocio, tienen olfato para las inversiones en nuevas aventuras empresariales. Aportan parte de su capital, de su conocimiento financiero y empresarial, de cómo desarrollar un sistema empresarial y, al ayudar a la creación de nuevas empresas, se generan empleos, nuevos bienes y prosperidad. Ya vimos todo este proceso.

Como se viene avanzando, las clases medias pueden encajar sin mucho esfuerzo con el perfil conservador o más avanzado con objeto de lograr la independencia financiera.

3. 3. El poder de la capitalización compuesta

Ricos en pocos años

Tras ver cómo se triplicaba el valor del patrimonio inmobiliario en España en la última década, los españoles hemos sido testigos de primera mano de los beneficios que puede reportarle a una familia su ahorro acertadamente invertido a través del poder de la capitalización compuesta –triplicar el patrimonio en diez años es, a fin de cuentas, obtener una revalorización anual acumulada del 11,61%–. Lo que mucha gente desconoce es que el Índice General de la Bolsa de Madrid en dicho periodo ha conseguido una revalorización similar sin necesidad de tener la peligrosamente elevada relación precio-rendimiento que han alcanzado los inmuebles. Así, mientras los inmuebles cotizan con una relación cercana a 40 veces su rendimiento anual (P.E.R.), la media de los valores de la Bolsa española lo hace en el entorno de 15. Dicho de otra forma, si los ingresos por el alquiler de una vivienda menos sus gastos de mantenimiento son de 9.000 euros al año y dicha casa le cuesta al propietario 360.000 euros, éste tardará 40 años (360.000/9.000) en recuperar su inversión con el supuesto de que el precio de los alquileres se mantenga constante en términos reales. O, lo que es lo mismo, el propietario está teniendo un rendimiento anual del 2,5% (1/40).

Por desgracia, de nuevo, la combinación de torpes regulaciones públicas con una cultura financiera insuficientemente extendida ha impedido que tanto el ahorro como el crédito de nueva creación –este último a todas luces excesivo– se hayan distribuido más equitativamente entre inmuebles y valores financieros. Resultado de todo ello es un patrimonio inmobiliario hipertrofiado en relación con el capital empresarial, un parque de viviendas ineficientemente utilizado en donde sigue existiendo un importante porcentaje de vivienda vacía asociado a la insuficiente protección del propietario ante inquilinos morosos difíciles de desalojar, a la terrible memoria del grave quebranto que supuso la congelación de alquileres en la etapa franquista y a la convicción casi universalmente mantenida de que no hay otra forma de relacionarse con la vivienda en la que se vive que ser propietario de la misma.

Extender la sociedad de propietarios más allá del ámbito inmobiliario serviría para algo más que para corregir los desequilibrios antes referidos. Serviría para hacer partícipe al grueso de la ciudadanía del crecimiento económico de las empresas, al tiempo que allegan recursos a los emprendedores para que puedan seguir haciéndonos la vida más cómoda a través de sus productos e innovaciones. Serviría también para que se puedan seguir creando empleos cada vez mejor retribuidos –si los Estados no se empeñan en seguir apoderándose de la parte del león haciendo soportar a los trabajadores el mayor esfuerzo fiscal–. Serviría, finalmente, para que en no más de una generación la idea de una renta básica universalmente extendida –no generada mediante sistemas fiscales confiscatorios o envilecimiento flagrante de las monedas y, esta vez sí, compatible e impulsora del ímpetu empresarial y del crecimiento económico– fuera una realidad en nuestra sociedad.

Gráfico 8.- Evolución promedio Dow Jones Industrial enero 1951 - noviembre 2006
Evolución promedio Dow Jones

Fuente: Índices Dow Jones para enero 1951 - noviembre 2006 (datastream).

El cuadro anterior, que muestra la evolución nominal (no ajustada a la inflación) del índice Dow Jones en las últimas cinco décadas y media, sirve como perfecta ilustración gráfica del poder de la capitalización compuesta. La inversión inicial de 250$ se ha convertido en 12.000$ en un periodo cercano a seis décadas. Lo más notable es observar cómo, conforme avanzamos en el periodo, la inversión inicial promediada al índice va creciendo de forma exponencial, aun en el caso de que la tasa de revalorización anual sobre el año anterior se mantenga dentro de unos rangos no demasiado oscilantes. O, dicho de otro modo, una revalorización del 20% cuando el índice era 500 representaba únicamente 100 dólares de incremento, aumento apenas perceptible visualmente en el gráfico (años 57-58), en tanto que la misma revalorización (20%) cuando el índice (inversión inicial) ya andaba por 7.000 implica una ganancia en un año de 1.400 (en la figura, estos índices se alcanzan hacia el año 97-98).

La inversión en acciones

"Me cuesta comprender a la gente que pudiéndose enriquecer poco a poco, se empeña en perder su dinero rápidamente".

Peter Lynch, One Up on Wall Street.

Tanto la teoría como la historia nos muestran que, en los países desarrollados con una cierta estabilidad monetaria y jurídica, la inversión en acciones es, junto con la inversión inmobiliaria, la mejor forma de capitalizar los ahorros. En la estadística anual sobre el tema que anualmente realiza Ibbotson Inc. "Stocks, Bonds, Bills and Inflation Yearbook", podemos observar que en los últimos ochenta años en los EE.UU., mientras el dinero en efectivo perdía anualmente alrededor del 3% de su poder adquisitivo y la renta fija a duras penas lograba superar ese índice de inflación en un par de puntos, el índice bursátil S&P 500, que engloba a las 500 mayores compañías negociadas en la Bolsa de Valores, se revalorizó -dividendos reinvertidos inclusive- por encima del 10,2% anual.

Gráfico 9.- Rendimientos reales históricos
Rendimientos reales históricos
Fuente: Stocks, Bonds, Bills and Inflation® 2002 Yearbook. ©2002 Ibbotson Associates, Inc. (asume reinversión de dividendos)

El cuadro anterior recoge las revalorizaciones medias nominales y reales de las acciones en el período 1926-2002 (10,2% y 7,15%, respectivamente) en comparación con los bonos de las empresas, los bonos del Estado y las Letras del Tesoro a corto plazo en los EE.UU. La inflación media del periodo fue de un 3,05%.

Resultados bastante parecidos en cuanto a rentabilidad real pueden obtenerse después de la II Guerra Mundial en los países europeos más estables como Alemania, Holanda, etc., así como en España a partir de su integración en la Unión Europea:

Gráfico 10.- Revalorización Anual IGBM 1986-2005
Rendimientos reales históricos
Fuente: elaboración propia a partir de datos Bolsa de Madrid e INE (1986 hasta primer semestre 2005).

No obstante la evidencia histórica anterior, los mercados de valores, en general, y las acciones, en particular, siguen siendo muy deficientemente comprendidos por el gran público. Un significativo porcentaje viene a considerar en no pocas ocasiones al mercado bursátil como una especie de juego de azar. Es verdad que la Bolsa va atrayendo poco a poco a más y más gente que quiere participar de la prosperidad que ofrece. Saben que la historia ha demostrado que el lugar más lucrativo para poner su dinero son las acciones. Pero muchos no saben el porqué. Sin ánimo de ser demasiado exhaustivos en el presente informe, trataremos de mostrar a continuación la base real y los fundamentos teóricos que lo explican.

Las participaciones accionariales surgieron con el propósito de permitir a los inversores participar en una empresa. La idea era atraer importantes cantidades de financiación para un negocio al tiempo que se repartía el riesgo de pérdida entre muchos. En compensación por arriesgar su dinero y estar expuesto a soportar pérdidas en su caso, el inversor recibía su parte proporcional en la empresa, representada en forma de acciones que le conferían el derecho a participar en las ganancias. Desde que una empresa se inicia hasta que se consolida con éxito, atraviesa diversas fases que deben ser financiadas conforme a su nivel de riesgo por los inversores más adecuados para cada fase: inicialmente, por los propios emprendedores y sus familias junto con los llamados ángeles[6], más adelante, por sociedades de capital riesgo e instituciones financieras especializadas, y, ya en su fase del crecimiento y madurez, una vez consolidadas y si ese es su deseo, a través del gran público que acude a los mercados oficiales. En otras palabras, los modelos de negocio han sido ya comprobados y la selección de empresas cotizadas ofrece niveles de calidad y garantía importantes.

Gráfico 11.- Necesidades y fuentes de financiación en el desarrollo de una empresa
Desarrollo de una empresa
Fuente: OCDE, 1996.

Mucha gente contempla las acciones como si fuesen cromos raros de colección o sacos de cereal. Parecen creer que las acciones tienen valor por sí mismas y que se puede hacer dinero negociando con ellas –comprándolas a bajo precio y vendiéndolas más caras– sin que se haya alterado su naturaleza. En otras palabras, es creencia corriente en mucha gente la idea de que la única forma de obtener un beneficio es vender las acciones a un tercero que piense que ahora son más valiosas que cuando fueron compradas. Sin embargo, ¿tendría mucho sentido invertir nuestro dinero en un bien cuya revalorización dependiese de que alguien piense que ese "algo" tiene en el momento en que deseamos vender más valor que cuando fue comprado pese a que su naturaleza física no haya cambiado? No demasiado. Nos encontraríamos más bien ante una especie de juego de suma cero necesitado de "primos" que vendiesen por debajo y comprasen por encima del valor medio de una cosa que por sí misma no crece.

Apostar sobre la evolución del precio de una acción a corto plazo es la consecuencia natural de la forma de pensar anterior. También es la forma más común de obtener resultados por debajo de la media por culpa de la penalización de las múltiples comisiones que se han de pagar al comprar y vender repetidamente las acciones y no estar invertido el tiempo suficiente en los valores que se van apreciando conforme las ganancias van afluyendo a las compañías y van siendo reinvertidas en un buen porcentaje, para financiar el crecimiento en un efecto acumulativo cuya verdadera fuerza sólo se acaba manifestando en su totalidad en el más largo plazo.

Lo contrario puede decirse de la inversión a medio y largo plazo. Dado que el valor de una acción está relacionado directamente con los beneficios empresariales –repartidos y reinvertidos– que se espera que pueda generar (de la misma manera que el valor de un piso está en relación con las prestaciones de la vivienda o el dinero por alquiler que es capaz de proporcionar a su propietario), estar invertido en una compañía que con habitualidad ingresa más dinero por sus ventas del que gasta para producirlas y que retiene una parte de sus ganancias para adquirir más activos con los que incrementar su capacidad de generar aún mayores beneficios, significa poseer algo cuyo valor crece por sí mismo de forma orgánica. La tarta se va haciendo más y más grande. Crece la economía: mejoran los productos que, a la vez, son paulatinamente más asequibles, suben consecuentemente los salarios brutos (otra cosa es que los impuestos permitan al trabajador recibir todo lo que por él paga el empleador) conforme la productividad del trabajo aumenta ayudada por el capital puesto a su disposición. También crecen las ganancias empresariales al ir aumentando el capital utilizado.

Una sociedad de propietarios es aquella en la que la gran mayoría de ciudadanos, además de beneficiarse como consumidores y como empleados del crecimiento capitalista, tienen su participación activa como inversores obteniendo jugosas rentas adicionales.

Ese 10% nominal aproximado (7% real) de rentabilidad que ofrece el promedio de las acciones en el largo plazo tiene bases reales. Así, suponiendo un crecimiento económico medio algo superior al 3,5%, una subida proporcional en las rentas del trabajo y una inflación del 3%, el crecimiento nominal de la rentabilidad económica de las empresas rondará el 6,5-7%. Como la actividad económica de las empresas se financia en un porcentaje no despreciable con deuda a tipo de interés fijo, que acepta una retribución relativa menor, históricamente cifrada en torno al 5%, el efecto resultante es llevar la parte proporcional de la rentabilidad empresarial hacia la renta variable que de este modo se aproximaría al 9%. La reinversión de los dividendos percibidos (que permite ir poseyendo un porcentaje cada vez mayor de la empresa) eleva finalmente la rentabilidad en el punto y pico adicional. Dicho de otro modo, el hecho de no consumir parte de la renta, cederla temporalmente para financiar un proyecto empresarial de creación de riqueza, asumir el riesgo de pérdida y soportar la volatilidad del precio de la participación a medida que el negocio va superando etapas de mayor o menor incertidumbre, tanto propias como de la industria y del país en general, acaba configurando los diversos componentes que explican la retribución media de las acciones en el largo plazo.

Sistemas de pensiones de capitalización

Obsérvese cómo la lógica de inversión en una sociedad de propietarios es en cierto modo equivalente al funcionamiento de un sistema de pensiones de capitalización. Un plan financiero individual o familiar, como se ha visto, consiste en realizar unas aportaciones periódicas de un monto constante o creciente mediante algún fondo de capital con el fin de poder alcanzar unas rentas vitalicias sustanciales transcurridos unos años.

Un sistema de pensiones de capitalización, del que fue pionero Chile a partir del año 1981, y al que se han unido otros 13 países, entre los que se encuentran Suecia o Polonia de manera parcial, se articula del mismo modo, mediante la capitalización individual, aunque partiendo de unas cotizaciones sociales ligadas al del trabajo.

Además de aprovechar la capitalización compuesta, de no hipotecar a las generaciones futuras ni depender de la tasa de natalidad de un país o de la inmigración, y de recibir retribuciones económicas durante la jubilación acordes con las contribuciones realizadas en la vida laboral, las aportaciones en el sistema igualmente contribuyen a que dicho ahorro esté disponible en la economía, a diferencia de lo que sucede en un sistema de reparto.

El éxito de la experiencia chilena ilustrará cómo la combinación de la capitalización compuesta, aplicada tanto para las cotizaciones de los pensionistas, como para los ahorros personales –según se viene defendiendo en este documento–, pueden proporcionar grandes rentas pasivas a los individuos en edades avanzadas, lo que tiene un reflejo mayor si los fondos de pensiones privados están muy abiertos a la competencia.

El funcionamiento del sistema de pensiones en Chile obliga a aportar un 10% del salario (en Chile, los impuestos al salario eran del 25% y en España, las cotizaciones a la Seguridad Social son alrededor de un 39%) a un fondo de capitalización privado siempre que el sueldo sea inferior a los 25.000 dólares anuales. Si los supera, su aportación deberá ser forzosamente de 2.500 dólares al año y la colocación de nuevos depósitos estaría sujeta a la voluntad del individuo. Si es el deseo de un individuo obtener rentas más altas en su jubilación o retirarse prematuramente, éste puede aportar de manera voluntaria en una cuenta de ahorro individual hasta otro 10% de su sueldo quedando exento de impuestos.

Tal y como recoge el libro coeditado por Sergio Baeza, Quince Años Después: Una Mirada Al Sistema Privado de Pensiones (1995), los resultados han sido más espectaculares incluso de lo que predijeron los defensores del sistema. El nuevo sistema era ya interesante con la revalorización, muy conservadoramente estimada, de un 4% en términos reales. La realidad ha sobrepasado con mucho dichas expectativas, alcanzando un 12% en dinero constante. Los montos de las pensiones son entre un 50 y un 100% más elevadas que en el momento de partida. Así, en la actualidad, las pensiones representan en torno al 78-80% del sueldo que el empleado recibía antes de su jubilación. Incluso los beneficiarios de las pensiones de invalidez o desempleo mantienen un 70% de su antiguo sueldo.

Los resultados en la economía también han sido espectaculares, ya que el crecimiento aumentó de un 3% a un 7% de promedio en los últimos años. El nuevo sistema de pensiones ha facilitado que la tasa de ahorro de la población chilena haya llegado al 27% y la tasa de desempleo se haya visto reducida hasta un 5%.

Hoy día, el 93% de los trabajadores chilenos está ligado al sistema de capitalización individual, aunque, al principio de instaurarse el sistema, sólo un 25% se acogió a dicha posibilidad. Fiel reflejo de que los individuos son capaces de acabar descubriendo las ventajas de los sistemas de capitalización y acogerse a ellos masivamente para su propio bienestar económico y personal.

Las crisis y la bolsa

Algunos críticos de los sistemas de capitalización de las pensiones y del modelo de sociedad de propietarios, en general, objetan que la inversión en renta variable es demasiado volátil y que un periodo de recesión puede reducir de forma bastante dramática el patrimonio acumulado por los particulares.

Ante tales críticas conviene hacer las siguientes puntualizaciones. Todos los cálculos de rentabilidades medias esperadas (alrededor del 7% real anual compuesto) se han hecho incorporando tanto las fases expansivas como las recesivas. En primer lugar, la inversión a largo plazo aquí defendida apunta a la realización de aportaciones por parte de los inversores de forma periódica: con montos más o menos modestos cada 6 meses, 9 meses, un año... Como bien es sabido, estadísticamente, cuanto más periodifiquemos nuestras aportaciones, más nos ajustaremos al promedio de la serie. Esta media del 7% la estaríamos así alcanzando siendo puros autómatas (en general, esta revalorización media sería la que cabría esperar seguramente de un sistema de capitalización de las pensiones). Pero es que, además, bien es sabido que el inversor prudente, con una cultura financiera aceptable y años de experiencia, es bastante capaz de evitar los valores extremos o anómalos (también llamados outliers en términos estadísticos) de la serie, eludiendo los momentos de mayor "exuberancia irracional"; en este sentido, en la parte del patrimonio no separada para la pensión, el particular no es un fondo de inversión que, por ley, tiene que invertir el capital de sus clientes en cada momento. Si los inversores particulares encuentran que el momento del ciclo bursátil está desorbitado y la bolsa está sobrevalorada en relación con sus ratios fundamentales (PER, crecimiento de los beneficios esperado…), congelarán temporalmente sus aportaciones bursátiles y esperarán a momentos más apropiados. Precisamente porque con la inversión a largo plazo, comúnmente, se establecen aportaciones periódicas, son las etapas de precios bajos aquellas que constituyen las mejores oportunidades de revalorización.

Por otro lado, es completamente ilusorio pretender que la bolsa es un elemento aislado en un país y que, por tanto, si la economía se encuentra inmersa en una fase recesiva prolongada sólo va a afectar a los valores bursátiles y no a la línea de flotación del estado de bienestar o del sistema de pensiones de reparto (recomendados por los detractores del sistema de capitalización): todo el entramado que rodea al estado de bienestar no se sostiene sino es con la necesaria recaudación fiscal para su financiación. Cualquier viabilidad para el estado de bienestar pasa por una economía más o menos sana. El endeudamiento público tiene un límite que, sobrepasado, acaba necesariamente degenerando en inflación monetaria, devaluaciones, tipos de interés elevados y agravamiento del desempleo y de la crisis, como nos demostró la propia economía española en la primera mitad de los años 90 del siglo pasado.

Finalmente, conviene hacer una breve referencia a la naturaleza del ciclo económico y a las políticas que tienden a suavizarlo.

En 1912, el economista austriaco, Ludwig von Mises (1881-1973), publicó su Teoría del dinero y del crédito, en la que abordaba de forma sistemática la cuestión de los recurrentes ciclos de auge, depresión y crisis que la economía venía padeciendo desde hacía largo tiempo.

Esta explicación del ciclo económico, que fue desarrollada posteriormente por su discípulo F. A. Hayek y por la que sería galardonado con el Premio Nobel de Economía en 1973, se cimienta en torno a una serie de ideas básicas:

  • Los bancos, al inflar la oferta de crédito y colocar en el mercado una masa de dinero de nueva creación no respaldada por ahorro real a largo plazo, disminuyen el interés por debajo de su tipo "normal". Tal expansión crediticia tiene el efecto más o menos inmediato de incrementar el valor actual -el precio- de los activos de inversión.
  • Un segundo efecto de la rebaja artificial del tipo de interés es que los empresarios se endeudan más y amplían las estructuras productivas con procesos más dilatados e intensivos en capital invirtiendo en maquinaria, investigación, desarrollo, etc.
  • Conforme va progresando el auge, los beneficios contables suben y se comienza a pensar que crecimiento sin ahorro es posible. El optimismo atrae más gente a la bolsa. Con ello, suben los precios de los activos, insuflando de esta forma nuevas dosis de optimismo.
  • La expansión crediticia se retroalimenta. Los activos sobrevalorados son utilizados como colateral en garantía para obtener nuevos créditos. Al auge contribuye también el llamado efecto riqueza. Los inversores se consideran más ricos al comprobar día tras día cómo sube el precio de sus activos (acciones e inmuebles) y "tiran" de los negocios con su demanda.
  • La gente, sin embargo, no ahorra en realidad lo suficiente para financiar las nuevas inversiones. Una primera señal de alarma es el aumento de la inflación de precios y costes, pues el dinero de nueva creación acaba elevando también los precios de los bienes de consumo, los salarios y el resto de costes. Cuando la burbuja ha crecido demasiado, cualquier cosa (unos malos resultados empresariales, una intervención política desafortunada...) acaba produciendo el derrumbe. Los balances empeoran a partir de entonces. Se incrementa la morosidad. Los bancos restringen los créditos provocando la quiebra de las nuevas inversiones expandidas. Se desploman las cotizaciones que garantizaban los créditos, lo que hace entrar en más problemas a los bancos. La crisis implica, por su propia naturaleza, un peligro para el sistema monetario que a veces se acompaña con corridas bancarias y/o devaluaciones.
  • La recesión acaba siendo el inevitable y doloroso proceso de reajuste en el que se "liquidan" las inversiones indebidas.

Comprendemos ahora por qué una de las mejores políticas tendentes a suavizar los ciclos económicos es precisamente financiar la inversión con la mayor cantidad de ahorro real posible sin forzar ésta por encima del ahorro disponible. Con mayor ahorro real desparece la tentación de forzar el endeudamiento a corto plazo invadiendo el mercado monetario para propulsar el crecimiento económico, consiguiéndose alcanzar tal crecimiento de forma mucho más sana y ordenada.



[5] Ver el apartado de este mismo capítulo: "3. Cultura financiera (II): Adquiriendo nuevas aptitudes".

[6] Business Angels en inglés: Proporcionan capital inversor así como asesoramiento empresarial en negocios de nueva creación (start-ups).


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