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Actualizaciones de Estado

Todavía no hemos conseguido recrear mundos virtuales como los de Matrix o el de las holobandas de Caprica, pero existe ya un mundo virtual habitado por millones de personas. A golpe de actualización de estado, individuos de todo el globo se comunican, intercambian información, vídeos, fotografías y otras experiencias. Amistades que hace unas décadas habrían sido olvidadas para siempre pueden mantener el contacto, grupos de música que jamás conseguirían una audición logran que sus canciones sean escuchadas por miles de personas.... Y un millón de posibilidades más que no cabrían en este comentario, que también puede ser compartido y discutido en esas mismas redes.

Existen opciones para todos los gustos y no son excluyentes entre ellas. Si Facebook ha conseguido la hegemonía, otras se hacen fuertes en ciertas regiones, como Tuenti en España o studiVZ en Alemania; los más picarones pueden recurrir a Chatroulette y los que busquen un perfil profesional a Linkedin . No hay poderes incontestables y las barreras de entrada artificiales creadas por la acción política son apenas inexistentes, los grandes de ayer intentan reconvertirse para no perecer como MySpace; los gigantes que tienen los ases de la baraja no despegan con sus apuestas, como Google con Buzz. Hay redes sectoriales que se integran con otras y las complementan de lugares, fotografías, música, etc. Podriamos hacer una fotografía de este mundo virtual hoy, pero no tendría nada que ver con la que sacaríamos el día de mañana. Redes sociales que obedecen a momentos y lugares dispares, pero que tienen en común haber surgido por la necesidad humana de relacionarse, el mundo virtual no hace más que reproducir el comportamiento real, lo complementa y aumenta las posibilidades.

Socialmente el auge de las redes sociales puede suponer una moda pasajera o llegar a integrarse en nuestras vidas hasta convertirse en indispensable, como lo han llegado a ser otros avances que hace unas décadas ni se imaginaban. Políticamente, el ejemplo puede ilustrar nuevos modelos de organización hasta ahora circunscritos a la utopía. Los tres pilares sobre los que se levanta el Estado son la soberanía, la población y el territorio. Si la globalización ha socavado el principio de territorialidad de los estados, en Internet sencillamente se ha volatilizado. Las transacciones y relaciones entre dos o más individuos en el mundo virtual tienen como único límite el interés común entre ellos para llevarlas a cabo, no existe otra frontera que la voluntad del intercambio. Por eso puede resultar interesante comparar y trasladar el modelo de las redes sociales al ámbito político.

Las características de este mundo virtual es el de la voluntariedad en el que podemos entrar a formar parte de esas redes que se rigen por sus propias -y peculiares- normas que nosotros aceptamos al entrar. Si, por cualquier razón, no nos gustan, podemos terminar esa relación contractual. Tenemos la opción de formar parte de una y otra, o de varias al mismo tiempo; naciones virtuales que siguen sus reglas dentro de una red de servidores interminable que conforma Internet. Podemos, incluso, llegar a crear nuestro pequeño mundo virtual regido por nuestras propias normas dentro de esa neutralidad si las que existen no llegan a convencernos o, sencillamente, nos diverte. ¿Por qué no pensar en una forma política basada en esos principios en lugar del monopolio exclusivo en todos los ámbitos, característico del estatismo?

Entre tanto, los socialistas de todos los partidos intentan regular un ámbito que no comprenden. La descentralización, construcción cooperativa y libertad de la Red es tal que desconcierta a cualquier colectivista. Superada la territorialidad, trasladar los servidores de las páginas que vulneran la legislación de un Estado es suficiente para sortear muchas prohibiciones. Las direcciones prohibidas pueden enmascararse y la inmediatez de la creatividad libre siempre se adelantará a las prohibiciones de la maquinaria burocrática. Tampoco es que este comportamiento nos resulte ajeno: aquellos que ganan cuantiosas sumas de dinero se protegen de la voracidad impositiva del Estado refugiando sus legítimas ganancias en territorios de mayor libertad fiscal. La vida, y la libertad, se terminan abriendo camino.

No hay mejor garantía de neutralidad de la red que la ausencia de regulación, como no hay mejor garantía para nuestra libertad que la responsabilidad individual y el respeto a la propiedad privada. La neutralidad no consiste en garantizar mínimos o máximos de nada pues semejantes injerencias constriñen y manipulan la iniciativa que es capaz de ver más allá, la oportunidad que el emprendedor adelanta y de la que los demás se benefician. Lo que exigimos en el mundo virtual también debemos exigirlo en el mundo tangible; no basta con actualizar el estado con una ocurrencia feliz, hay que ser consecuente y aspirar a una libertad semejante en todas facetas de nuestras vidas.

Se puede pensar más allá del Estado, solo hay que rebasar el límite que la Humanidad se ha impuesto desde la modernidad. Los estados no han existido siempre y, como toda creación humana, sucumbirán. El cómo y el cuándo queda reservado para los dioses o los adivinos pero el resto de mortales debemos tener en cuenta que no solo se pueden concebir formas políticas diferentes al Estado sino que ya han existido y pueden surgir de nuevo. La teoría política no debería ceñirse a tamizar todos sus análisis y teorías sobre el Estado desestimando toda alternativa. El reduccionismo y el particularismo son característicos de la ideología y el sectarismo mientras que el pensamiento debe aspirar a ser abierto y universal.