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Alemania, contra la libertad educativa

El homeschooling está prohibido en Alemania por un Decreto del Tercer Reich que sigue en vigor y que deriva de otro decreto, prusiano de 1717, en el que se establecen la obligatoriedad y la gratuidad de la escolarización. Las familias que educan en casa son perseguidas como si fueran verdaderos criminales y se exponen a penas de multas, de prisión y, por supuesto, a que se les retire la custodia de sus hijos.

En el año 2006, un juez de familia, varios trabajadores sociales y varios agentes de policía se personaron en el domicilio de la familia Busekros y se llevaron a su hija Melissa. Tras someterla a un interrogatorio y a un examen psiquiátrico, se le diagnosticó “fobia a la escuela”, se les retiró la custodia a sus padres y se la internó en un centro psiquiátrico. Un año después, cuando Melissa cumplió 16, se le dio el “alta médica”, fue reintegrada en el domicilio familiar y se les presentó la factura del centro donde había estado internada. El Estado no iba a correr con ese gasto.

Los Dudek tuvieron más suerte: “sólo” se les impuso una pena de 90 días de prisión a los padres, que fue conmutada por una multa de unos 300 dólares. Por supuesto, se les obligó a escolarizar.

Las posibilidades educativas en Alemania son múltiples y suficientes según sus autoridades: hay escuelas públicas, escuelas privadas, escuelas religiosas e, incluso, escuelas con currículos alternativos, tales como el Waldorf o el Montessori. Los Romeike, sin embargo, consideraron que estas alternativas no eran suficientes y decidieron desescolarizar por dos motivos: evitar que sus hijos continuaran siendo víctimas del bullying y evitar que se les impusieran valores contrarios a sus creencias cristianas. Se les amenazó con retirarles la custodia y con la cárcel. Se les impuso una multa de unos 11.000 dólares. Su reacción no se hizo esperar: se mudaron a Tennessee (USA) y solicitaron asilo político, que les fue concedido el pasado mes de enero por el juez Lawrence O. Burman. La sentencia ha sido recurrida por el departamento de inmigración debido al temor a recibir una avalancha de peticiones de asilo por parte de familias homeschoolers. Sin embargo, el departamento se ha negado a comentar su posición. Por su parte, el Juez O. Burman es contundente: “No podemos esperar que todos los países sigan el ejemplo de nuestra Constitución, pero el mundo sería un lugar mejor si así lo hicieran”.

El Estado Alemán considera que el homeschooling promueve la proliferación de “sociedades paralelas” y por eso lo reprime y persigue. Que los homeschoolers sean perfectamente competentes a nivel académico y a nivel social no parece importarle a nadie. Ya lo dijo Hitler: que la crianza y la educación competían al Reich y a nadie más, porque el Reich se sostenía y se construía sobre si mismo y sobre sus jóvenes. Nada parece haber cambiado en Alemania desde entonces. Ni desde que Martín Lutero impuso la escolarización obligatoria para asegurarse de que todos los niños fueran capaces de leer la Biblia por si mismos y para convertirlos en ciudadanos ejemplares dispuestos a defender a su país de enemigos e invasores.

Los homeschoolers también somos perseguidos en España aunque, de momento, en Alemania, están peor. ¿Será finalmente revocada la sentencia del juez O. Burman? ¿O será ratificada y sentará un esperanzador precedente?