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Algunas cuestiones disputadas sobre el anarcocapitalismo (XXVIII): el número y tamaño de los Estados

Una discusión secundaria, pero recurrente, entre anarcocapitalistas y minarquistas es la que se refiere al número y el tamaño de los Estados. En principio al ancap no parece preocuparle mucho, dado que su objetivo final no es otro que conseguir su definitiva superación. Pero sí es relevante, primero porque es importante discutir qué situación nos acercaría más a la situación ideal y segundo porque en un hipotético escenario de convivencia de Estados con territorios anárquicos conviene conocer qué supuesto permitiría una mejor convivencia de ambos.

La primera pregunta a responder es, por tanto, si la fragmentación política es o no positiva para el objetivo de alcanzar una menor dominación económica o política. Es obvio que existen Estados relativamente grandes en población y extensión geográfica con elevados grados de libertad económica, como los Estados Unidos de Norteamérica y Estados pequeños como Cuba o Nicaragua con un alto grado de represión, por lo que cabe deducir que este no es el único factor de relevancia al respecto y se haría necesario estudiar muchos otros factores, como hacen Landes o Acemoglu, que casi ni consideran este factor. Pero también es cierto que todos los países considerados libres por el índice de libertad económica de la Heritage Foundation (Hong Kong, Singapur, Nueva Zelanda, Australia, Suiza e Irlanda), con la excepción relativa de Australia (tiene la mitad o más o menos de la población de España), son pequeños en población y extensión, al igual que la mayoría de los considerados principalmente libres. Un estudioso empírico correría a elaborar regresiones estadísticas en busca de algún tipo de correlación entre tamaño y el desempeño económico (Alberto Alesina, por ejemplo, tiene varios artículos publicados sobre el tema), pero un seguidor del método austríaco, como quien esto escribe, sabe que un determinado estado o resultado social depende de un número muy elevado de variables que afectan a la vez a la realidad social y que entre todas son las causantes de tal efecto. Por ejemplo, el tamaño puede ayudar a conseguir una sociedad más libre y próspera, pero pudiera verse contrapesado por un mal sistema económico o por guerras y conflictos sociales; o al revés, un país de gran tamaño con un buen sistema económico podría perfectamente superar las desventajas del gran tamaño. De hecho, el principal predictor de un sistema económico libre es su modelo económico y los valores asociados a este. El debate habría que plantearlo en términos de si un pequeño o gran tamaño favorece la adquisición de sistemas económicos libres, recordando siempre que el tamaño es sólo un factor más entre muchos, y que no se puede determinar cuál es exactamente su peso entre ellos. Por esto el austriaco lo que hará será separar este factor y estudiarlo de forma teórica, como hizo Mises en su Liberalismo o en Nación, estado y economía. Por desgracia Mises es más conocido por sus escritos económicos que por sus reflexiones sobre la política o la metodología de la ciencia social, que son habitualmente relegadas, sobre todo entre los economistas, como obras menores, cuando a mi modesto entender se cuentan entre lo mejor de su obra.

¿A qué conclusiones teóricas se podría llegar analizando la cuestión del tamaño de las unidades políticas? Aquí se propondrán algunas, que bien podrían servir de base para ulteriores discusiones.

La primera es que en un Estado pequeño en población la intervención estatal se percibe mucho más, puesto que el coste de cada intervención es repartido entre muchas menos personas. Uno de los principios fundamentales de la lógica de la acción política, como bien nos recuerda Mancur Olson en su genial La lógica de la acción colectiva, es el de beneficios concentrados y costes difusos. Esto es, los beneficios de una determinada intervención se concentran en los gobernantes o en las empresas o grupos a ellos asociados, mientras que los costes se reparten entre el resto de la población. Sólo hay que tener un recibo de la luz delante para poder constatarlo. No es lo mismo para el gobierno o sus aliados obtener una subvención millonaria repartida entre 50 millones de personas que entre 500.000. Los beneficios son mucho mayores en el primer grupo. No sólo eso, sino que la población percibe el privilegio de una forma mucha más clara pues el beneficiado está también mucho más próximo. En el caso del proteccionismo la intervención es mucho más evidente. Una devaluación “competitiva” que no deja de ser una especie de subvención del conjunto de la población a los sectores exportadores de la economía se percibe mucho menos, tanto en costes como en beneficios, en un Estado grande que en uno pequeño. A diferencia de un Estado de dimensión reducida, las ganancias y pérdidas de la política son difíciles de establecer y, sobre todo, los que pierden no saben, salvo que tengan conocimientos técnicos, a qué achacar el descenso en su capacidad de compra o de nivel de vida, confundidos entre decenas de intervenciones similares. En el país pequeño es también muy fácil detectar a los ganadores, y de usar estos tácticas espurias para lograr sus fines serían también fácilmente detectables.

Otro argumento en esta línea es el de que un país pequeño difícilmente puede ser autárquico. Un país de estas características necesariamente tiene que importar la mayor parte de sus consumos de otros territorios y sus habitantes ser conscientes de que es imposible fabricarlos todos en él. Al mismo tiempo saben que para poder importar esos bienes deben ser competitivos en la venta de los bienes o servicios en los que estén especializados, que tampoco se realizará en la mayoría de las ocasiones dentro del territorio del Estado pequeño. La constatación de esta realidad muy probablemente lleve a su población a defender sistemas de mercado libre, aún sin tener conocimientos sobre el funcionamiento de los sistemas de mercado. Al tiempo requerirán una moneda sana con la que poder comerciar sin vaivenes en el tipo de cambio y que pueda ser aceptada en la mayoría de los mercados mundiales. También precisará códigos legales homologables a los de sus clientes y adecuados a la integración en el mercado mundial. Es muy probable también que las regulaciones protectoras sean mucho menores que en otras latitudes dado que hay menos industrias que proteger y de existir tampoco deberían mostrar mucho interés en proteger un mercado tan pequeño. Al partir sin ayudas estatales (aun existiendo, estas serían necesariamente de poca entidad) las empresas de ese país tendrían que afrontar la competencia en un marco mundial, lo que por fuerza les obligará a esforzarse en innovar en calidad y precio. No es de extrañar que varias de las principales cadenas low cost del mundo procedan precisamente de países de reducido tamaño. Deben ser competitivas ya desde su nacimiento a diferencia de sus rivales de países grandes ya protegidas desde su infancia y, por tanto, con menor capacidad de competencia desde sus inicios.

Algo semejante acontece con las libertades civiles. La censura y otras formas de control estatal de la conducta se ven dificultadas con el tamaño de los Estados. Nada garantiza que el Estado pequeño no se pueda comportar de forma muy restrictiva  en relación a la regulación de la libre expresión o en la conducta personal de sus habitantes, pero su pequeño tamaño muy probablemente aumentará los costes para  los gobernantes tiránicos al tener que reprimir con mayor dureza a sus habitantes para que estos no puedan abandonar fácilmente el país para establecerse en algún país vecino (muy probablemente cercano geográficamente), al tiempo que los costes de tal represión se harán mucho más evidentes dada su incapacidad de comerciar con el exterior y obtener, por tanto, los insumos necesarios para poder gestionar con un mínimo de eficacia su economía. Es muy difícil para un país de pequeñas dimensiones sobrevivir al lado de varios países libres. Aparte de que escapar de allí tendría, como antes apuntamos, un menor coste para sus ciudadanos, estos contarán con parámetros de comparación muy próximos de sus condiciones de vida. Además, en estos países se podrán editar libros o medios de comunicación críticos con los dictadores (como ocurría históricamente con los intentos de censura en España, que eran burlados por medios de comunicación radicados en otros países europeos) o albergar núcleos de oposición a estos. O la censura y la imposibilidad de movimientos es total y, por tanto, la ruina económica será fácilmente perceptible, o bien se tendría que aceptar la apertura económica.

Como es obvio un mundo de pequeñas unidades políticas sería por necesidad un mundo con muchas unidades políticas. ¿Sería esto más deseable para un libertario que a la inversa, esto es, un mundo de pocos estados y grandes o incluso de uno solo, el mítico estado mundial tan querido por los cosmopolitas y al que nos referiremos en otro artículo? Entiendo que sí. En un mundo poblado por muchos Estados es cierto que el riesgo de conflictos se multiplica exponencialmente, pero también decrecería en la misma proporción la escala de dichos conflictos, y estos serían también de menor intensidad. Los conflictos de los viejos principados alemanes no se pueden comparar con los causados por la Alemania unida (la excepción podría ser la guerra de los treinta años, pero ahí ya participaban potencias europeas de gran dimensión como España o Francia). El gran tamaño tampoco evita otro riesgo, que las guerras entre unidades políticas se transformen en conflictos civiles (varios de los mayores desastres bélicos de la historia se dan en las variadas guerras civiles chinas, como la revuelta de los turbantes amarillos o los Taiping). Pero el argumento principal a favor de un número elevado de Estados debería proceder de una derivada del viejo principio austriaco de la imposibilidad del cálculo económico en una economía socialista. Al igual que no podría existir una sola gran empresa en el mundo económico (no podría existir ni mercado ni por tanto cálculo) un único Estado se vería privado de la información necesaria y de los parámetros de comparación necesarios para llevar a cabo sus políticas. Es por ello, como bien apuntan Jean-Baptiste Duroselle en la parte final de su libro Todo imperio perecerá o Paul Kennedy en su genial Auge y caída de las grandes potencias, es casi imposible que pueda establecerse un imperio mundial sin que antes de derrumbe por su propio peso. Además, una gran pluralidad de Estados facilita la competencia fiscal entre ellos impidiendo que el mundo se transforme en un infierno fiscal, al tiempo que permite la innovación y la evolución de buenas prácticas. Las constelaciones de Estados que describe Leopold Kohr en su The Breakdown of nations (polis griegas, ciudades del renacimiento italiano, taifas...) fueron históricamente espacios de gran creatividad y progreso cultural debido precisamente a que eran lugares de gran competitividad. Si hubiese existido un único estado mundial es muy improbable que se hubiesen desarrollado los espacios de libertad y prosperidad económica que después dieron lugar al capitalismo y a los modernos sistemas de mercado. Estos surgieron, como bien dicen Jean Baechler en su Los orígenes del capitalismo, o Eric Jones en El milagro europeo, en entornos políticos como el europeo muy fragmentados políticamente.

Por añadidura, la pluralidad de Estados tiene otra gran virtud, que nos acerca a un mundo anárquico. Un mundo muy fragmentado políticamente es uno de los pasos necesarios para la futura constitución de una sociedad anárquica o cuando menos muy próxima a la anarquía. Un mundo de pequeños Estados o de microestados es un mundo en el que las personas pueden percibir que la prestación de muchos de los servicios que ahora prestan los Estados pueden ser perfectamente llevados a cabo por la sociedad civil o mancomunados de forma pactada entre varios de ellos. Incluso la aparición de una anarquía ordenada en este entorno tendría más probabilidad de establecerse sin el temor de que un gran estado quisiese acabar con ella. Y de funcionar bien sería rápidamente imitada en su entorno. Pero de las relaciones hipotéticas entre anarquías y sus vecinos hablaremos en sucesivos textos.