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Algunas cuestiones disputadas sobre el anarcocapitalismo (XXXII): aislacionismo y no intervencionismo

Una de las cuestiones que más llama la atención de quien por primera vez se acerca al mundo del anarcocapitalismo es su radical oposición a cualquier tipo de intervención militar o política en los asuntos internos de otros países. Las personas que se acercan a estas teorías vienen normalmente del liberalismo económico o del conservadurismo social (falta aún diálogo con las alas izquierdistas o verdes del anarquismo) y muchos no entienden por qué el Estado no debería intervenir, incluso militarmente, en los asuntos internos de otro Estado bien para liberar a los nacionales del otro Estado de algún tipo de agresión a su libertad o bien porque temamos que de ese otro Estado puede venir algún tipo de amenaza a la nuestra por remota que esta sea. En esto coinciden con el criterio dominante en la mayoría de la sociedad de que la intervención estatal es algo positivo y desinteresado y que normalmente consigue mitigar los problemas existentes, solo que incurren en contradicción con sus respectivos idearios. Los primeros porque pretenden que la intervención estatal sí puede conseguir los objetivos pretendidos (democracia, desarrollo económico...) a través del uso de la fuerza, algo que niegan pueda suceder en el ámbito económico. El liberal típico describe muy bien los efectos nocivos de la intervención en el mercado del alquiler de viviendas o el control del precio de las patatas o la electricidad, y pasa a enumerar, con toda la razón del mundo, las escaseces, mercados negros o deterioro de la calidad del bien regulado. Y repetirá con acierto la nunca bien ponderada sentencia del viejo Bohm-Bawerk, “el poder no puede derrotar a la ley económica”. Pero en cuanto se cambia el tema y pasamos de la economía a la política exterior toda la sabiduría que antes mostraba se desvanece en un instante y sin saber por qué. Porque aquí el Estado no sólo podría arreglar problemas con el uso de la fuerza, sino que además debería hacerlo, y todo eso aplicando la fuerza a realidades políticas y sociales fuera de su marco de incumbencia y en el que muchos aspectos nos son desconocidos.

De ahí que para los libertarios haya sido necesario establecer una doctrina praxeológica de la intervención estatal en asuntos exteriores, muy especialmente en lo que se refiere a la intervención bélica en guerras o asuntos internos de otros países. Al igual que en el caso de las intervenciones en el ámbito de los precios o de las regulaciones económicas, los argumentos de corte moral juegan aquí también un papel muy importante en su justificación, por lo menos a día de hoy. Igual que antes se justificaba por motivos utilitarios la guerra y el intervencionismo exterior (bienestar económico, progreso, interés económico de la nación) hoy se usa, como en otros ámbitos sociales, en nombre de derechos, de la paz o del bienestar de los más débiles. Argumentos que, al igual que antes, sólo buscan justificar políticas concretas, pues luego podemos observar que se usan a conveniencia y no en todas partes por igual. De ser por principios morales se intervendría en todas las circunstancias y no sólo donde interesa en cada momento. Esta doctrina de la no intervención es análoga a las críticas al intervencionismo económico y se centra al igual que aquella en dos aspectos. El primero, el de la futilidad de la intervención, esto es, que no sería capaz de conseguir sus objetivos, que los conseguiría muy deficientemente o bien que tendría consecuencias no previstas en otros ámbitos de la vida social. El segundo punto, el que prefiero, se centraría más en la indeseabilidad moral de la intervención y sería, por tanto, un argumento de corte ético, y como veremos es el más próximo a las ideas anarcocapitalistas.

El primer grupo de teorías se podría extraer de la obra de algunos teóricos de las relaciones internacionales y de la ciencias políticas y económicas. Por ejemplo, Chalmers Johnson en sus libros sobre el imperio norteamericano ha acuñado el concepto de Blowback (que también es el título de uno de sus libros): haciendo un símil con  el retroceso de un arma de fuego nos indica cómo las intervenciones en política exterior tienen consecuencias no deseadas. Por ejemplo, la intervención de varios Gobiernos occidentales, entre ellos el español, en Libia para derrocar al dictador Gadafi, entonces en pleno conflicto civil con rebeldes “democráticos”, se saldó en efecto con el derrocamiento y muerte del tirano. Hasta ahí podríamos decir que la intervención estatal cumplió sus objetivos. Pero pronto se comprobaron sus efectos no previstos. El arsenal libio fue saqueado y sus armas acabaron, tras extrañas operaciones de contrabando, en manos de ejércitos guerrilleros por todo el oriente medio, incluido el ISIS. Los mercenarios de Gadafi volvieron a sus países de origen en Chad, Niger y Malí desestabilizándolos, muy en especial a este último país en el que organizaron un movimiento guerrillero de corte islamista que desencadenó una guerra civil que casi derroca a su Gobierno. Esto forzó a su vez una nueva intervención occidental para detener su ofensiva. Libia quedó fragmentada bajo el dominio de señores de la guerra que buscan todos ellos reunificarla (escribo este texto en plenos combates por la conquista de Trípoli entre el Gobierno apoyado por la ONU y un poderoso señor de la guerra de trazas muy similares al viejo dictador). El ISIS llegó a establecer cabezas de puente y dominar territorios amplios. Cada una de estas facciones tiene aliados occidentales distintos (Italia, antigua metrópoli, apoya al Gobierno y Francia a los rebeldes, supongo que ambas por amor a la democracia y los derechos humanos), lo que tensa las relaciones entre ellos. Y, sobre todo, el Estado libio cambió su política con respecto a la inmigración subsahariana, y de reprimirla a cambio de ayuda occidental las distintas guerrillas han querido hacer suyo el negocio de tal forma que algunas pactan con los Estados occidentales y otras con los traficantes de personas. Este cambio de política contribuye a desestabilizar electoralmente a los países occidentales (el cambio de gobierno en Italia tuvo bastante relación con el fenómeno migratorio). La intervención en Siria o Irak tuvo también fenómenos colaterales de este tipo, que en algunos casos requirieron de nuevas intervenciones. Estos acontecimientos parecen dar la razón al viejo halcón de la política exterior norteamericana y gran teórico del  golpe de Estado, Edward Luttwak (en la mayoría de los golpes de Estado de los últimos decenios los golpistas contaban en sus bibliotecas con su célebre manual). Este argumentó en un polémico artículo, “Give war a chance”, publicado en 1999 en la revista Foreign Affairs, contra la intervención occidental en guerras en otros países dado que lo que único que se consigue es que en el periodo de paz forzada ambas partes se rearmen y en cuanto las fuerzas de interposición se marchen el conflicto volverá a reavivarse. Además, una de las partes, normalmente la que iba ganado, observa con resentimiento la intervención y esto sirve para incubar aún más rencor, en este caso contra le ocupante. Ocupante que para imponerse tiene que hacer algún tipo de destrozo y daño a  alguna de las partes beligerantes y causar daños muchas veces a terceras partes no implicadas. Las fuerzas de paz cometen también crímenes y perpetran abusos contra los derechos humanos, como numerosos informes constatan. Además, la perspectiva de intervención animaría a muchos otros países o grupos rebeldes a desatar hostilidades con la esperanza de que alguna potencia los apoye en su lucha, generando por tanto más conflictos y no menos. Los argumentos expresados por estos autores se asemejan a los de Mises cuando analiza en su libro Crítica del intervencionismo los efectos de las intervenciones en precios (escasez, degradación de calidad, mercados negros...) y cómo cada intervención conduce a más intervenciones. Paradójicamente la no intervención acaba trayendo más paz y no menos, igual que la no intervención en economía acostumbra a traer mejores resultados que los que se derivan de intervenir. Los historiadores aislacionistas afirman que la Primera Guerra Mundial habría terminado mucho antes si los enemigos de las potencias centrales no hubiesen esperado la decisiva intervención norteamericana en la guerra. Retrasaron su fin hasta que los Estados Unidos intervinieron en su favor.

Otra cuestión es si las intervenciones cumplen con sus objetivos. Esto dependerá de cuáles son los objetivos buscados. Si estos son ayudar a una de las partes en contienda (aquella que decidimos que es la más justa o normalmente la más conforme a los intereses de los gobernantes), obviamente algo de efecto tienen, y en muchas ocasiones decisivo. Si lo que se pretende es alcanzar algún tipo de objetivo moral o de democratizar o reconstruir las instituciones de algún país en concreto, esto ya parece más discutible. Ojalá fuese así. Invadir un país atrasado, implantar la constitución de Suiza o Dinamarca y ya tendríamos rápidamente un problema menos en la tierra. Por desgracia no es tan fácil: las instituciones económicas y políticas que conducen al desarrollo económico y social no son fácilmente exportables y mucho menos por la fuerza. La imitación y la adaptación pacífica de normas acostumbra a ser más eficaz. Normalmente con la intervención lo que se consigue es derrocar al régimen existente e implantar uno del agrado del pacificador, pero poco más o menos a corto plazo, y siempre en el caso de que no queden minorías o colectivos resentidos. Los éxitos de la intervención se deben en casos como Japón y Alemania tras la Segunda Guerra Mundial a que estos países ya contaban previamente con las instituciones y hábitos necesarios para el desarrollo, con lo que las experiencias totalitarias fueron una interrupción temporal de esas instituciones. Si ya es difícil controlar el precio de los alquileres en las grandes ciudades intuyo que rediseñar un país por completo lo va ser algo más.

Quedaría por estudiar el aspecto más cuestionable, que es el aspecto moral de la intervención. Por supuesto me estoy refiriendo a intervenciones en países que no afectan directamente a nuestra seguridad. Primero cabría debatir quién debe ser el encargado de tal intervención y por qué. Normalmente son siempre los mismos, pero en ningún sitio está explicitado cuál es su capacitación moral para intervenir ni si esta puede ser a la inversa, esto es, si los demás pueden intervenir en los asuntos de la potencia interviniente en caso de entenderlo necesario. Porque de no ser así estaríamos ante una grave inconsistencia ética. También cabría preguntarse qué derecho tiene un Estado a establecer cuál de las partes en conflicto tiene la razón y agredir a la parte contraria y, sobre todo,  ejercer violencia sobre inocentes o sobre personas que no quieren estar involucrados en el conflicto. Son los llamados daños colaterales. La intervención externa no deja de responder a un cálculo utilitario en el que se valoran más unas vidas que otras y se toman decisiones en nombre del bienestar del colectivos sin tener en cuenta sus preferencias individuales y con una información muy deficiente sobre sus valores.

¿Y todo esto qué tiene que ver con el anarcocapitalismo? ¿No es este un discurso estatista? Básicamente son dos razones por las que la no injerencia es importante en relación a este ideario. Primero porque frena el crecimiento del Estado. Porter, por ejemplo, en su War and the rise of the state, explica muy bien cómo los Estados crecen y se refuerzan con las guerras. Las guerras crean sistemas tributarios, regimentan a las poblaciones, favorecen la creación de monopolios y regulaciones. En la guerra se instauran principios de planificación económica (el socialismo soviético está inspirado en la planificación de guerra alemana de la Primera Guerra Mundial). La retórica de guerra se expande incluso a otros programas (guerra contra la pobreza, contra las drogas, guerra contra el terror), pues subordina las preferencias individuales a las colectivas y permite actuaciones extraordinarias. Leyes como la Patriot Act norteamericana se instauran en este contexto.

La segunda es la de que si algún día se instaura algún tipo de sociedad anacap a pequeña escala esta no sea atacada por poderes externos en nombre del orden, la seguridad o los valores democráticos. Por eso es muy importante limitar al mínimo la legitimidad de los Estados a la hora de intervenir fuera de sus fronteras. Sólo de esta forma se podría algún día, en alguna parte, crear algún tipo de sociedad de este tipo y permitirle experimentar. De ser legítima la intervención muy probablemente fuese atacada por algún poder externo. Pero para que esto no sea así es preciso que tales intervenciones sean repudiadas social y culturalmente.