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Análisis económico básico del Bitcoin (II)

En la primera parte del análisis económico de Bitcoin concluí que su principal característica diferencial con las monedas que han sido aceptadas espontáneamente por la sociedad a lo largo de la historia era su carencia de valor de uso o directo. Desde este punto de vista, Bitcoin es similar a las monedas fiat que utilizamos en el mundo occidental, salvo que carece del apoyo/soporte/obligación de los Estados.

La ausencia de valor de uso de Bitcoin se trata aparentemente de suplir mediante otras características que ha mostrado el dinero históricamente, en concreto dos. Por un lado, la obtención de BTCs se asocia a la dedicación de capacidad de proceso para el funcionamiento del sistema, por lo que es un proceso que consume recursos (lo mismo que la obtención del oro y contrariamente a lo que ocurre con el dinero fiat); por otro lado, el número de BTCs que pueden aparecer en el sistema tiene un límite absoluto, por lo que no cabe la posibilidad de que pierda valor por la vía de aumentar la cantidad.

Respecto al primer punto, se nos dice que los ordenadores "mineros" han de llevar a cabo un ingente volumen de proceso a fin de garantizar la integridad, confidencialidad y privacidad del histórico de transacciones. Toda la información que intercambian ha de estar cifrada con largas claves, lo que exige dicha capacidad.

No estoy en condiciones de poner en cuestión la capacidad de proceso requerida para estas actividades. Pero me inclino a coincidir con D. Rodríguez Herrera[1], quien escribe que se obliga a los ordenadores a "hacer un montón de cálculos extra en principio inútiles, pero que sirven para comprobar que han tenido que estar trabajando más o menos unos diez minutos para resolverlos". Es bastante intuitivo que las operaciones aritméticas que requieren los cifrados, por muy voluminosas y complejas que sean, no pasarán de peccata minuta para ordenadores que pueden dibujar escenarios en tres dimensiones y en tiempo real para cualquier jueguecillo que se precie.

En suma, para dotar de valor a las BTCs se está obligando a los ordenadores a consumir capacidad de proceso en cosas inútiles, lo que recuerda perfectamente a aquella vieja historia de que durante el New Deal se contrataba a trabajadores para hacer y rellenar agujeros.

Pero es que, como bien saben los economistas, el valor de los bienes no depende del coste que suponga su producción. Por mucho que a mí me cueste subir en bici el Alpé d’Huez, nadie me va a patrocinar el viaje: el valor de ese esfuerzo mío es, desgraciadamente, nulo para la mayor parte de la población del mundo, y nadie va a pagar un Euro por verme subir el Alpé d’Huez.

Así que, por mucho que cueste en términos de procesos inútiles la producción de BTCs, ello no le confiere ni un ápice más de valor. Es más, desde el punto de vista social, la producción de un BTC supone una pérdida de recursos solo asumible en un momento como el actual, en que la capacidad agregada de proceso de los ordenadores supera con mucho la demanda, lo que hace que a la gente no le importe tener en su ordenador un programa de minería de BTCs corriendo constantemente.

Queda así claro que este mecanismo costoso implementado para obtener BTCs no puede ser ni es la causa del valor que pueda tener, ni por tanto de su hipotética cualidad como dinero.

Analicemos ahora el otro factor que parece de relevancia en esta caracterización: la limitación absoluta del número de BTCs. En efecto, el número de BTCs que van a circular en el sistema está limitado a 21 millones de unidades, ni una más. Por tanto, una vez alcanzado ese número, no se podrán crear nuevos BTCs (al contrario de lo que ocurre con el dinero fiat), garantizándose que no se diluya su valor.

Sin embargo, creer que esto es un rasgo fundamental de las monedas supone un nuevo error conceptual. En economía, los recursos son escasos, pero no en términos absolutos, sino en términos relativos a las necesidades. La cantidad de oro no es finita: puede que lo sea en la Tierra, pero seguro que no lo es en el universo. Sin embargo, no todo el oro tiene el mismo coste de producción, por lo que determinadas técnicas (incluidas una hipotética explotación en otros planetas) solo resultan viables cuando el oro cobra un determinado valor.

Este aspecto es fundamental en el juego económico: el valor de los bienes se refleja en el precio, que es un indicador de la escasez relativa del bien, y este precio informa a los emprendedores de cuántos recursos se pueden dedicar a la obtención de dicho bien, haciendo así que la oferta (el número de unidades) del bien crezca hasta acomodarse a la demanda. Y así sucesivamente.

No ocurrirá lo mismo con las BTCs, gracias al diseño descrito. Por mucho que suban de valor, seguirá sin haber la posibilidad de incrementar su número de unidades. Por lo que, en el fondo, esta limitación numérica se podría convertir en el verdadero talón de Aquiles del invento.

Es evidente que si las BTCs suben de valor y, por no poderse incrementar la oferta, se producen desabastecimientos, otros emprendedores aparecerán y proporcionarán alternativas, en forma de otra denominación de dinero electrónico. De hecho, ya en la actualidad existe un buen número de divisas electrónicas que pueden resultar sustitutivas.

La cuestión es que, como se ha visto más atrás en este mismo artículo, la producción de nuevo dinero electrónico es prácticamente sin coste (recuérdese, para generar BTCs los ordenadores se pasan diez minutos haciendo operaciones inútiles, que lógicamente un dinero alternativo podría eliminar). Por ello, en un tiempo relativamente breve las BTCs podrían perder todo su valor, al inundarse el mercado de productos sustitutivos, cuya producción tiene costes muy bajos.

Obsérvese que no ocurre lo mismo con el oro: conforme aumenta su valor, se hacen viables métodos más costosos de producirlo, no métodos menos costosos. No es que el oro esté limitado en cantidad, es que lo está para el valor que se le da en cada momento.

En resumen, ni la supuesta exigencia de capacidad de proceso para el sistema Bitcoin, ni la limitación absoluta del número de unidades, suponen desde mi punto de vista características "buenas" de una BTC como dinero. Al contrario, posiblemente su implementación deriva de errores conceptuales en la interpretación del dinero, en quedarse en las formas y no en el fondo, y es en ellas donde puede estar su punto débil... como dinero.

En todo caso, como ya dije al final del anterior análisis, que Bitcoin llegue o no a ser considerado como dinero no es cosa de la teoría económica, sino de las preferencias de los individuos en cada momento. Quizá alguna de las otras características de Bitcoin (el anonimato, la globalización, la facilidad o alguna otra que ni siquiera imaginamos) sean suficientemente valoradas por los individuos como para que se compensen las deficiencias apuntadas.

Solo el tiempo nos podrá sacar de dudas.

[1] http://www.libremercado.com/2013-12-28/como-funciona-bitcoin-1276507171/