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¿Apretarías el botón?

En una ponencia después de finalizar la Segunda Guerra Mundial Leonard Read declaró: "Si hubiera un botón en esta tribuna que suprimiera al instante todos los controles de precios y salarios, lo apretaría". Murray Rothbard utilizó luego el ejemplo de Read para definir su postura abolicionista con respecto al Estado: si existiera un botón que eliminara al instante todas las invasiones a la libertad (esto es, que pusiera fin al Estado y a todas sus intervenciones inmediatamente), el liberal coherente debería apretarlo.

Rothbard plantea el escenario imaginario del botón en el contexto de su discusión sobre el abolicionismo y el gradualismo en el desmantelamiento del Estado. ¿Puede un liberal defender la disolución gradual del Estado por principio? Rothbard sugiere una analogía con el esclavismo: ¿es ético sostener que la esclavitud debe abolirse de forma gradual? Si desde el liberalismo se entiende que la esclavitud es injusta, uno debería estar dispuesto a "apretar el botón". De lo contrario estaría legitimando la esclavitud durante el intervalo de tiempo en que no lo apretara. Otra cosa es que en la práctica no haya ningún botón mágico y tengamos que conformarnos con pequeños pasos en la buena dirección porque no está en nuestra mano darlos más grandes. Pero filosóficamente debemos ser abolicionistas.

Un problema con el escenario imaginario del botón es que no dice nada sobre cómo extingue esas invasiones a la libertad: ¿convierte a la gente en robots? ¿Destruye todos los edificios públicos y desarma a las fuerzas policiales? ¿Hace cambiar de ideas a la sociedad? Dependiendo de cuál sea la respuesta apretar el botón deja de tener sentido. Si destruye el Estado, disolviendo las instituciones sociales que monopoliza (derecho, dinero) y los servicios que proporciona (policía, justicia), la sociedad retrocederá unas cuantas décadas y será sumida temporalmente en el caos para luego ver como emerge un nuevo Estado donde estaba aquél. Si el botón cambia mágicamente las ideas de la gente, entonces es posible poner fin de inmediato a todas las invasiones a la libertad, pero aún en este caso hay que hacer un matiz importante.

En un hipotético escenario en el que la mayoría de la población fuera hostil al Estado y tuviera ideas liberales, su abolición formal inmediata sería posible, pero el principio de no agresión no exigiría abolir todos sus componentes y programas de facto y al instante. Algunos servicios e instituciones deberían disolverse o transformarse gradualmente.

Roderick Long ha tratado este tema en un excelente ensayo sobre estrategia anarco-capitalista y privatización del Estado: Dismantling Leviathan From Within. Long explica que el Estado hace básicamente tres cosas: carga impuestos, regula y proporciona servicios. De las tres, la única cuya abrupta interrupción causaría caos social es la provisión de servicios. Pero dispensar servicios como la policía, los bomberos o los tribunales de justicia no constituye, per se, una agresión. La agresión se produce al financiar estos servicios con impuestos, y al impedir legalmente que otras empresas entren en el mercado para ofrecer el mismo producto. Luego una disolución gradual de los servicios estatales no atenta contra los principios liberales siempre y cuando pueda encontrarse una solución al problema de la financiación y la desmonopolización.

En el hipotético contexto de una sociedad muy escorada hacia el liberalismo lista para dar el salto del minarquismo al anarco-capitalismo, Long propone privatizar la financiación de los servicios públicos que son útiles para la ciudadanía (justicia, policía etc.) y abrirlos a la competencia. El Estado mínimo, ahora privatizado, seguiría siendo el principal proveedor de esos servicios durante un lapso de tiempo, pero estaría sometido a la disciplina del mercado y no recurriría a la coacción para financiarse. Long sugiere varias alternativas para financiar voluntariamente los servicios e instituciones recién desnacionalizadas:

  • El Gobierno privatizado podría exigir precios por sus servicios. En tanto permitiera la entrada de competidores no sería una práctica agresiva. Como el mercado tardaría un tiempo en producir competidores la demanda de servicios del Gobierno sería amplia al principio y éste obtendría abundantes ingresos (la auto-imposición de un control de precios podría justificarse alegando que el Gobierno tiene ahora una posición ventajosa en el mercado debido a su previa condición de monopolio público). Conforme entraran nuevas empresas en el mercado el Gobierno tendría que competir como cualquier otra compañía privada.
  • El Gobierno podría apelar a la caridad de los ex contribuyentes para sufragar servicios esenciales. Una opción sería gravar a los ciudadanos como antes, pero no hacer que el pago sea obligatorio. La mayoría seguramente dejaría de pagar, pero algunos no, ya fuera por un sentimiento de deber cívico o por conformismo social.
  • Confiscar y gravar con impuestos obligatorios a los que en el período estatista se han beneficiado de privilegios legales. Los ingresos obtenidos podrían ayudar a financiar los servicios del Gobierno, una forma de restituir a la sociedad por los males causados.
  • Restringir el voto a los que contribuyeran a financiar el Gobierno. Cuando el Gobierno tiene un monopolio sobre los servicios legales, la policía, etc. es razonable que los usuarios exijan el derecho a ejercer algo de control mediante el voto en nombre de la autodefensa. Pero si el Gobierno deja de ser un monopolio (como en nuestro caso hipotético), pasa a ser un proveedor de servicios como cualquier otro y sus consumidores ya no tienen derecho a exigir participar en la toma de decisiones. Si quieren hacerlo, pueden pagar una contribución. Algunos ciudadanos, por el hábito de ejercer el voto y participar en la toma de decisiones, quizás estarían dispuestos a pagar.

Apretar el botón de Rothbard, por tanto, no está reñido con desmantelar la provisión de servicios estatales gradualmente. El problema es cómo convencer a la sociedad de que el Estado es contraproducente e innecesario sin la ayuda de ningún botón mágico.