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Aproximación a una teoría sobre los imperios

En su magnífico y muy recomendable libro Imperiofobia y leyenda negra, la autora, María Elvira Roca Barea, afirma que será un “benefactor para la humanidad” (sic) quien sea capaz de responder a la pregunta de por qué unos Estados crean imperios y otros no[1]. La única explicación que cita la autora proviene de Marvin Harris, según el cual el fenómeno de los imperios tendría que ver con la intensificación de la producción, algo que el tal Harris no acaba de aclarar, y que resulta a todas luces insatisfactorio, como las acerbas críticas de la propia Roca Barea demuestran.

Como la perspectiva de ser un “benefactor para la humanidad” ciertamente me atrae, pero sobre todo porque creo que el fenómeno de los imperios, como el de toda creación humana, ha de tener una explicación praxeológica/económica, en las siguientes líneas propondré unas primeras ideas sobre por dónde podría ir tal explicación. A ello me anima también el hecho de que doña María Elvira rebaje el umbral de exigencia para “benefactor de la humanidad” a quien “lo intente hacer honradamente y sin decir demasiadas incongruencias”. Espero que sea el caso.

Desde un punto de vista metodológico, el primer paso habría de ser la definición de imperio. Pero me temo que si entro en tal ciénaga no podré salir con bien de ella, como lo atestigua el análisis realizado en el libro citado. Así que trataré de obviarlo. Me limitaré a dar dos detalles distintivos, sobre los que creo que no habría demasiada discusión:

  • Existencia de un Estado o región inicial, que es la que de alguna forma extiende su poder o dominio hacia otros estados preexistentes. Es de dicho Estado original de donde suele surgir el nombre (imperio romano, imperio español) aunque no tengo claro que siempre sea así (¿imperio otomano?)
  • Extensión de las instituciones del Estado inicial a las áreas geográficas dominadas. Seré necesariamente vago sobre a qué instituciones me refiero o sobre la forma en que éstas se extienden, aunque espero que la discusión siguiente colabore a clarificar algo los conceptos.

Para aceptar los anteriores como rasgos distintivos de un imperio habría que hacer un estudio histórico del fenómeno mucho más complejo que el que me permiten mis conocimientos actuales. Pero sí tengo claro que, al menos en los imperios sobre los que he leído, ambos rasgos son ciertos y característicos.

Pero empecemos ya el análisis económico del fenómeno. Y hagámoslo desde el germen del imperio. ¿Qué parece necesario para que un Estado sea capaz de extenderse/dominar/conquistar a otros Estados? Una condición necesaria es que tenga recursos, que sea un Estado rico. La extensión de dicho Estado va a requerir sin duda la inversión de recursos, humanos y materiales, por lo que dicho proceso solo será viable si el estado germinal es rico al inicio, o, al menos, más rico que sus vecinos.

Este era el caso tanto de Roma como de Castilla en el comienzo de su extensión imperial, aunque tampoco sería fácil establecer de forma indiscutible en qué momento empieza tal extensión. Por ejemplo, en el caso de Roma, me parece claro que el imperio comienza antes de que exista propiamente un emperador (para cuando Augusto se proclama tal, es claro que Roma ya tenía un imperio).

Desde el punto de vista praxeológico, sabemos cuáles son las condiciones para que los habitantes de un Estado puedan generar riqueza. Tiene que ver con el marco institucional. Siguiendo a Cordato y su eficiencia cataláctica[2], sabemos que el marco óptimo es aquel en qué se respeta la propiedad privada y no se altera el sistema de precios. Dicho de otra forma, en la medida en que las instituciones se acerquen más a estos ideales, es mejor la eficiencia de sus marcos institucionales y más fácil resulta generar riqueza. Al mismo tiempo, esto ocurre porque se facilita el emprendimiento, lo que a su vez extenderá el espíritu emprendedor entre los ciudadanos del Estado.

De todas formas, como queda dicho, esta es una condición necesaria, no suficiente. Una vez se tiene la riqueza, aún hace falta darse cuenta de que hay una oportunidad de negocio en la expansión territorial. En otras palabras, no todo Estado que se haya hecho rico termina en imperio. Hace falta un componente adicional de perspicacia empresarial.

En el caso de España, Roma y EEUU, era claro que su proceso histórico de creación había dado lugar a una clase de emprendedores enfocados en este tipo de oportunidad de negocio. No se olvide que, por ejemplo, España viene de una Reconquista, que básicamente ha supuesto su expansión a base de emprendedores instalándose en nuevos territorios, sea por las buenas o por las malas. En estas circunstancias, el paso a las islas Canarias y posteriormente a América es casi una prolongación natural del esfuerzo emprendedor que se venía haciendo. Por ello, no debió ser difícil que se detectara la oportunidad de negocio que ofrecían los nuevos descubrimientos o, incluso, la de realizarlos[3].

Pero es que este modelo de negocio individual inicial se ve ampliamente superado cuando alguien, como posiblemente Julio César antes de su conquista de las Galias, se da cuenta de las enormes economías de red que se pueden suscitar en el imperio como consecuencia de la extensión de las instituciones del Estado germen.

Las economías de red consisten en el incremento de valor que se produce para todos los usuarios de una red como consecuencia de que se incorpore a la misma un nuevo usuario. Pues bien, en el caso de los imperios, lo que ocurre es que cada individuo de los territorios conquistados o dominados pasa a regirse (al menos en sus relaciones con los individuos de los restantes territorios del imperio, quizá no con los de su propio territorio, si permanecen los usos locales) por un mismo marco institucional. Esto hace que sean viables un número mucho mayor de transacciones comerciales de las que eran posibles antes del marco común institucional. Y además dicha viabilidad se incrementa más que proporcionalmente con cada individuo que se incorpora al imperio. A su vez, esto hace al imperio más poderoso y sostenible.

Voy acabando este primer esbozo teórico, que supongo suscitará más preguntas que certezas. Al menos espero haber apuntado una posible respuesta honrada y congruente a la cuestión de Roca Barea. Por resumir, solo pueden crear imperios aquellos Estados que tengan unas instituciones adecuadas para la generación de riqueza y emprendimiento (condiciones que, por cierto, son coincidentes). De estos, solo crearán imperios aquellos estados en que los individuos anticipen las enormes ventajas proporcionadas por las economías de red de extender tales instituciones, pues solo en este caso se justificarán las enormes inversiones que se requieren para ampliar el imperio una vez superados sus inicios, más sujetos al emprendimiento individual tradicional.

[1] Roca Barea, M.E. (2017). Imperiofobia y Leyenda Negra. Biblioteca de Ensayo 87. Madrid: Editorial Siruela. Véase la págs.. 40-41.

[2] Cordato R.E. (1992). Welfare Economics and Externalities in an Open-Ended Universe: A Modern Austrian Alternative. Boston: Kluwer Academic Publishers.

[3] La trilogía de José Javier Esparza sobre la Reconquista ilustra muy bien el punto que aquí expongo, así como el hecho de que “La cruzada del océano”, referida ya a la conquista del Nuevo Mundo, sea considerada por el propio autor como una continuación de la trilogía de la Reconquista.