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Apuntes sobre la crisis del 73

A finales de septiembre de 1970 moría de un paro cardiaco Gamal Abdel Nasser. Nadie lo esperaba. En el momento de su muerte, el líder egipcio se encontraba en la cima de su carrera. Era realmente afortunado. A pesar de sus continuos fracasos, disfrutaba de un poder omnímodo, su pueblo lo idolatraba y, en el extranjero, gozaba de una magnífica prensa. Pocos políticos han manejado la demagogia y la propaganda de un modo tan magistral como lo hizo Nasser en sus 18 años de magistratura vitalicia.

Las naciones de occidente no lo sabían, pero en aquel momento se hallaban en la recta final de un periodo de crecimiento y prosperidad sin parangón en la historia. En apenas tres años todo iba a cambiar, y el imprevisto fallecimiento de Nasser fue, en cierto modo, el escopetazo de salida. El discurso nasserista –que, aún hoy, sigue teniendo adeptos–, consistía en una simple y efectiva amalgama de socialismo, nacionalismo árabe y una cerval judeofobia. La fórmula, aunque ruinosa de necesidad, funcionó durante dos décadas largas, sirvió de antesala al islamismo actual y condenó al mundo árabe a un crónico retraso económico y social.

Los herederos del nasserismo, especialmente Gadaffi en Libia y los gobiernos del partido Baas en Siria e Irak, adoptaron como propio el ideario del malogrado caudillo panárabe que había plantado cara a las potencias occidentales. Ciertos mandatarios de la región se convencieron de que los árabes podían doblegar a Occidente, obligándole, ya de paso, a replantearse el apoyo que prestaba a Israel, una pequeña nación que había pulverizado el honor de los árabes en la guerra de los seis días.

La economía de los países árabes era, sin embargo, bastante débil, y fuera de los autocomplacientes discursos de sus líderes, nada hacía pensar que pudiesen poner al mundo en jaque. Pero tenían en la mano el grifo de casi todo el petróleo, una materia prima que, hace 35 años, era un artículo muy barato. Tenían también el control de la OPEP, un cártel bastante inocuo que, bien usado, podía convertirse en la mejor correa de transmisión para sus intereses.

En 1971 se produjo la primera alza de precios, una minucia que no llegó ni a medio dólar por barril. Fue el preludio de lo que vendría dos años más tarde. En octubre de 1973 una nueva coalición árabe volvió a darse de bruces con el ejército israelí, a quien atacaron por sorpresa el día del Yom Kippur, una de las festividades judías más importantes. Una semana después el mercado de crudo implosionó. Como represalia por la derrota en Israel, la OPEP restringió la producción y elevó el precio del barril en un 70%. A los dos meses lo volvió a subir, esta vez un 130%.

La economía europea y norteamericana, que ya venían tocadas, se hundieron en el desconcierto. Nació entonces la llamada estanflación, es decir, la perversa combinación de estancamiento e inflación, un fenómeno que los teóricos de la socialdemocracia no habían previsto y que, en su miopía, consideraban imposible. Razón definitiva para tomar al keynesianismo como una doctrina completamente amortizada.

El petróleo no volvió a bajar al nivel de precios de antes del 73 –registró incluso un nuevo incremento en 1979–, pero los delfines de Nasser no se salieron con la suya. Ni siquiera en un momento en que dispusieron de casi toda la liquidez mundial en sus manos. La razón es sencilla; el órdago les falló porque desconocían cómo funcionaba el sistema financiero mundial, ya plenamente globalizado en los primeros setenta.

Los millones de dólares extraídos a las naciones occidentales por un petróleo artificialmente caro, volvieron a ellas en el curso de pocos años. Y es que esos dólares valían en tanto en cuanto eran útiles para la economía global en su conjunto. Los grandes bancos eran occidentales y los criterios de reinversión de la fortuna petrolera también fueron occidentales. Al final, a los orgullosos dirigentes que quisieron poner a Occidente de rodillas, les perdió su propia ignorancia, cuando no la corrupción y el despilfarro como fue el caso de potencias petroleras como Irán o Irak.

La crisis del 73, que de un par de años a esta parte está en boca de todos, fue fabricada y de índole totalmente política. Su estallido no respondió a mecanismos propios de la economía como la oferta, la demanda o la escasez. Nada que ver, por tanto, con la carestía que hoy padecemos. Eso, claro, es harina de otro costal que se merece comentario aparte.