Usted está aquí

Arquitectura y gobierno en el siglo XXI

Una de las anécdotas más repetidas en las aulas de las universidades de todo el mundo en los cursos de Historia del Pensamiento Económico es la de Jeremy Bentham (1748-1832), el padre del utilitarismo. El autor inglés aún asiste a las reuniones del consejo académico del University College de Londres porque, por expreso deseo suyo, se conserva en una vitrina su esqueleto, perfectamente vestido, con una reproducción en cera de su cabeza (la original está momificada). Así que en cada ocasión que se reúne el consejo, trasladan la vitrina desde donde la mirada de cera de Bentham sigue vigilándonos a todos. Una tradición bien macabra.

Pero estudiando la biografía de Jeremy Bentham no resulta tan extraño ese tipo de excentricidades. Fue un niño prodigio consciente y ensalzado por ello. Sabedor de su inteligencia, la dedicó a salvar al mundo. Y ahí radica el problema de toda su filosofía. Porque, por más acertadas que fueran algunas de sus ideas, inoculó a la filosofía moral de la época y hasta nuestros días con el mal del utilitarismo (o consecuencialismo). Su cálculo felicífico es el summum de la planificación por el bien de todos. Pero... lo que más escalofríos produce es el Panóptico, la cárcel perfecta.

Este edificio estaba diseñado de manera que la vigilancia fuera perfecta y que los presos supieran que estaban siendo vistos en todo momento. No sería necesario el gasto en guardias porque, incluso si estos fueran negligentes, una sola persona podría vigilar a los convictos. Este modelo arquitectónico de vigilancia perfecta podría servir también para construir fábricas en las que los obreros no serían negligentes. La idea del autor es que sería suficiente una mirada que vigile, y cada uno, sintiéndola pesar sobre sí, terminaría por interiorizarla hasta el punto de vigilarse a sí mismo. Terrorífico.

Es la misma sensación que siento cuando leo los "deberes" que se lleva de veraneo el ministro Luis de Guindos: la adecuación de la Ley de Auditoría y de la "arquitectura" del FROB a la normativa europea. Se trata de dos cuestiones diferentes que revelan los agujeros de la planificación central a que estamos sometidos.

Resulta que nos hemos dado cuenta de que las auditorías externas pueden ser fraudulentas. Y nos hemos caído del guindo (perdón por la asociación de palabras) justo con el escándalo de Gowex, descubierto, no por la autoridad vigilante, por las comisiones nacionales involucradas... no. El escándalo fue descubierto por una pequeña empresa de análisis. Y por eso el ministro De Guindos ha decidido que es el momento, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, de adecuar la Ley de Auditorías a la normativa europea. Seguramente era un proceso en marcha, pero nada como un escándalo para acelerar las cosas.

Por otro lado, y esto es lo que me ha recordado a Bentham, hay que reformar la "arquitectura" de la autoridad de resolución bancaria nacional, el FROB. Resulta que en enero entra en funcionamiento la versión europea del FROB y hay que ponerse al día. El problema que enfrenta al Banco de España y al Ministerio se resume en el famoso dicho andaluz "¿Y tú de quién eres?". Mientras que el ministerio considera que las dos funciones principales del FROB deben descansar en el propio ministerio, con el argumento de que al fin y al cabo son los ciudadanos con sus impuestos los que han rescatado a las entidades financieras, el Banco de España cree que una de ellas debe ser asumida por una institución independiente. Se trata de la gestión de participaciones empresariales de esos bancos intervenidos, que, según el Banco de España, deberían ser gestionadas igual que las participaciones empresariales que gestiona el SEPI.

Bentham debe de estar revolviéndose en su vitrina viendo la chapuza planificadora del gobierno español. Porque ni el Banco de España se ha mostrado capaz de vigilar a las instituciones que dependen de él, ni el ministerio ha sido capaz de hacer cumplir la ley y de proteger a los ciudadanos de los abusadores. Lo que sí consiguen ambos estamentos es que todos los demás ciudadanos, los que no delinquimos, los de a pie, que somos quienes pagamos impuestos y mantenemos esa estrafalaria e ineficiente "arquitectura" estatal, nos sentimos permanentemente vigilados, pero no encerrados en un Panóptico, sino a cielo abierto. Cantar en la calle, mirar al cielo, sonreír al vecino de asiento en el metro, dentro de poco, serán acciones susceptibles de control y, eventualmente, de ser gravadas con un impuesto o tasa, dependiendo del equilibrio político.

En lo único que han seguido fielmente a Bentham es en la máxima de que el vigilante no sea vigilado por nadie. Probablemente el autor londinense pensaba en una autoridad superdotada como él, pero no, no es el caso. Y ya no sé si es para bien o para mal.