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¿Aumentar la tributación a las SICAV?

Verdaderamente, la socialdemocracia llega a mermar las capacidades intelectuales de (muchos de) sus súbditos. Distorsiona el sentido común de maneras insospechadas. Si no, no es fácil explicar que la mayoría de la gente se crea que subir los impuestos a las rentas muy altas es una medida positiva para la economía y para el país en general.

Uno de los mayores ataques lo sufren las sociedades de inversión de capital variable, las SICAV. Estos instrumentos de inversión han sido objeto de polémica casi desde su creación. Son instituciones de inversión colectiva que adoptan forma de Sociedad Anónima y que tienen por objetivo la captación de fondos de los accionistas, que invierten en la sociedad para gestionarlos y proporcionarles el mayor rendimiento posible. Se trata de una figura constituida para gestionar el patrimonio de los inversores con un nivel de activos elevado.

El punto más polémico es que estas sociedades, como el resto de las sociedades que gestionan fondos de inversión,  tributan al 1% en el impuesto de sociedades, lo cual supone una ventaja fiscal importante.

No les falta tiempo a los lumbreras económicos de los gobiernos y de múltiples medios de comunicación para proponer una subida del Impuesto de Sociedades a todas las instituciones de inversión colectiva, desde el 1% actual hasta el 18%. Esta medida, dicen, tendría un efecto recaudatorio de más de 15.000 millones de euros.

Esto no deja de ser wishfull thinking típicamente liberticida e intervencionista. La realidad es que el ser humano no permanece inmóvil e impasible ante un cambio de circunstancias en su entorno. ¿Qué significa esto aplicado a las SICAV? Pues simplemente, que los inversores, que son personitas de carne y hueso como usted y como yo, ante una subida espectacular del gravamen lo que van a hacer es evitar sufrirla. Por el comprensible hecho de que no desean que el gobierno de turno dilapide su fortuna en obras públicas y financiando a grupos de presión.

Estos pasos en falso de los gobiernos solamente empobrecen a sus poblaciones. Para muestra, un botón: recientemente supimos que el 70% de las grandes fortunas abandonan el País Vascodebido a la decisión del gobierno autonómico de elevar la tributación de las SICAV del 1% al 28% en el Impuesto de Sociedades. 65 de las 92 SICAV que había domiciliadas en Vizcaya, Guipúzcoa y Álava al inicio de 2010 se han registrado en otras comunidades, principalmente Madrid. Unos 420 millones de euros han dejado el País Vasco. Y se estima que para finales de año, las 27 sociedades que quedan en el País Vasco también hagan las maletas y abandonen la región.

Así que no solamente no va a aumentar la recaudación, sino que no se va a recaudar prácticamente nada a muy corto plazo por la huida total de estas sociedades. Con el consecuente impacto en términos de riqueza, crecimiento económico, bienestar y empleo. Es así de sencillo. Las decisiones políticas afectan a la forma de invertir. Pura lógica de la acción humana.

Ante esto, Patxi López no sólo no ha reconocido el error garrafal que esta medida supone, sino que no le ha faltado tiempo para pedir al Gobierno central que extienda al resto de España la obligación de la SICAV de tributar al 28-30%. Que es lo mismo que pedirle a Zapatero que haga que todos los grandes patrimonios se lleven sus SICAV de España al extranjero en pocos meses. Especialmente a Luxemburgo e Irlanda, países con mejor fiscalidad y mayor flexibilidad en cuanto a regulaciones.

Hay quienes, entendiendo y compartiendo lo expuesto anteriormente, comentan que la diferencia impositiva entre las SICAV y otras sociedades supone un trato preferencial para las primeras, lo que resultaría ser una injusticia para las segundas.

Yo comparto la demanda de que a todas las sociedades se les aplique el mismo rasero, es decir, que tengan el mismo trato fiscal. Pero esto, bajo mi punto de vista, debe implicar bajar la tributación a las demás sociedades hasta el 1%, no subírsela a las SICAV hasta el 30%.

Claro que antes de plantearse esto último, ya sabemos que los políticos prefieren hablar de “ataques especulativos” y conspiraciones de los ricos, cuando en el fondo el único ataque que se produce es, simple y llanamente, un ataque político contra el dinero y la libertad de las personas.