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Ayudar al prójimo

En la parábola del Buen Samaritano (Lc 10, 25-38), un Maestro de la Ley le pregunta a Jesús qué debe hacer para alcanzar la vida eterna. Jesús le responde que dos cosas: “Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo”. El Maestro de la Ley, que todavía no había visto satisfecha su curiosidad, inquiere a Cristo sobre quién es el prójimo. Para ello, Jesús le explica una parábola: “Un hombre fue asaltado y abatido por unos bandidos en el camino de Jerusalén a Jericó. Mientras estaba tendido en el suelo, pasaron por su lado un sacerdote y un levita que ni se dignaron a ayudarlo. Finalmente, llegó un samaritano, que lo montó en su caballo, lo llevo a la posada y pagó el hospedaje hasta su recuperación”. Según Jesucristo, este buen samaritano había obrado como el prójimo, por lo que instó al Maestro de la Ley a hacer lo mismo.

Durante mucho se ha considerado que este mensaje salvador sólo podía desembocar en un Estado socialista y paternalista. La obligación moral de ayudar al prójimo, de amarlo como a uno mismo -incluso de pagarle la posada- evidenciaban que Jesús era un socialista que quería redistribuir la propiedad de los ricos hacia los más necesitados. Sin embargo, esta interpretación de las Sagradas Escrituras es del todo incorrecta.

La clave para entender este pasaje se encuentra en la palabra prójimo. Prójimo viene de proximus, esto es, próximo, “que está cerca”. En otras palabras, Jesús nos insta a amar, respetar y ayudar a los que tenemos cerca, a las personas que caen dentro de nuestro radio de información. Este matiz es importante para disociar el mensaje bíblico de la “justicia cósmica” y del Estado providencia.

En otras palabras, el mensaje cristiano es contrario al constructivismo racionalista porque, como explicó Hayek: nadie puede llegar a conocer más que una minúscula porción de la sociedad y por lo tanto todo lo que puede ser incluido en sus motivaciones son los efectos inmediatos de sus actos en el ámbito que le es conocido (…) las necesidades humanas por las que él “puede” efectivamente preocuparse son una cantidad insignificante de las necesidades de todos los miembros de la sociedad.

De hecho, el entero pasaje bíblico es una reivindicación clarísima del capitalismo y la caridad privada frente a la torpeza y ceguera de los planificadores. Ya desde el comienzo, el Maestro de la Ley (el experto en derecho) es incapaz de reconocer a la figura del prójimo. En otras palabras, la ley no puede controlar las relaciones sociales, ya que la respuesta sobre a quién ayudar no puede hallarse en la ley, sino en el corazón y la experiencia de cada uno. Así mismo, al final del pasaje Jesús no exhorta al Maestro de la Ley a que difunda entre los judíos que están obligados por ley a ayudar al prójimo, sino que él mismo, de manera individual, lo haga.

En la parábola, además, quienes abandonan al hombre malherido son el sacerdote y el levita, personal del Templo. Y, en cambio, quien lo ayuda es un proscrito de la fe, el samaritano. La ley pues, no sólo no es necesaria, sino que incluso dificulta la ayuda al prójimo.

El samaritano monta a la víctima en su caballo y al llegar a la posada le paga al posadero con su dinero. Esta parte me parece esencial para la entera comprensión del pasaje. Si, en realidad, Jesucristo hubiera querido que cada persona se hiciera parte de todo el mundo restante, en ese momento el posadero debería haber rechazado las monedas que le ofrecía el buen samaritano, por tener la obligación de ayudar al prójimo.

Pero quien se encontró al hombre malherido fue el samaritano, no el posadero, por tanto el posadero bien podía cobrar y lucrarse por el mantenimiento de aquél. De hecho, Jesús afea sus conductas al sacerdote y al levita, pero no al posadero. Lo cual, dicho sea de paso, ilustra que podemos pagar a otros (caridad privada) para que se ocupen de los necesitados. El samaritano, cuando paga, se desentiende de su cuidado.

Así pues, Jesucristo no pudo amparar la redistribución forzosa de todos los recursos, pues era consciente de la imposibilidad de planificar desde arriba las necesidades de la sociedad. Así mismo, aseguró que el amor al prójimo es un requisito para la vida eterna, no para la terrenal. De manera que debía ejercitarse como una decisión libre y moral.

Precisamente, el Estado de Bienestar es todo lo contrario: una casta política de legisladores, confisca el dinero a los ciudadanos, para redistribuirlo ciegamente hacia personas que ni conocen. Difícilmente podemos calificarlo como una ayuda al “prójimo”.