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Bitcoinmanía

¿Quién no ha oído hablar de bitcoin en los últimos días? Si a principios de noviembre el precio de la criptomoneda se movía en el entorno de los 6.000 dólares, en apenas unas semanas cada bitcoin se intercambiaba por más de 18.000 dólares. Para verlo con un poco más de perspectiva, a principios de año rompía la barrera de los 1.000 dólares, ¡no está mal la revalorización! Lejos han quedado los días en los que la criptomoneda era menos volátil que otros activos como el oro o incluso era utilizado como activo refugio.

En efecto, son días de alta volatilidad (desde explosiones en el precio hasta mini crashes), en los que en gran público está aumentando su interés animados principalmente por las importantes revalorizaciones de estas monedas. El hecho de que aparentemente haya gente que se ha empezado a hipotecar para adquirir bitcoins hace aumentar las comparaciones de este con la tulipomanía holandesa del siglo XVII. Sin embargo, sin entrar a valorar si el precio actual de bitcoin es desmesurado o no (que podría serlo), no debería compararse una innovación tecnológica disruptiva que comenzó en 2009 como es bitcoin y blockchain con la burbuja de los tulipanes.

Lo que es innegable es que bitcoin está llegando al gran público y esto no tiene por qué necesariamente ser siempre positivo. Es cierto que todavía no existe un uso generalizado y la gente ni recibe su nómina ni paga su cerveza en bitcoins. Estamos todavía muy lejos de eso a pesar de alguna excepción, pero lo cierto es que el interés está llegando a la gente de la calle y se ve reflejado en el aumento de las búsquedas en Google relacionadas con bitcoin, se habla en la prensa, en el bar, se venden libros o se especula. Pero para qué engañarnos, el conocimiento es todavía bastante escaso.

Este aumento del interés de la “masa” no debe confundirnos y llevarnos a pensar que esto es algo pasajero o simplemente especulativo, pues existe un gran interés también del lado empresarial e institucional. Se están formando consorcios empresariales entre proveedores, vendedores, competidores y nuevas cripto start-ups para definir el futuro de los diferentes protocolos en sus industrias. Instituciones como el Banco Mundial o el FMI entre otras han creado equipos de investigación para el uso de la tecnología blockchain con objetivos humanitarios. También los bancos centrales de distintos países están explorando las monedas digitales, que si bien seguirían siendo controladas por el Estado y de forma centralizada, impulsarían la desintermediación bancaria y abrirían la posibilidad a la competencia de divisas hacia un nuevo sistema monetario y bancario.

En paralelo, un gran número de emprendedores están lanzando numerosos proyectos con la idea de revolucionar prácticamente cualquier sector de la economía que podamos imaginar: finanzas, legal, arte, comercio, viajes, etc.

Lo realmente importante no es si bitcoin, ethereum, ripple o litecoin terminará siendo la “elegida” y acaparará el mercado, sino que los agentes económicos están empezando a pensar de qué manera un sistema descentralizado y distribuido como blockchain puede mejorar sus vidas en diferentes ámbitos. O de qué manera pueden aprovecharse de esta. De forma similar a cuando la aparición de internet, esta marea de ideas y emprendeduría se puede transformar en innumerables innovaciones disruptoras que cambien radicalmente el mundo que hoy conocemos.

En los orígenes de internet, sus precursores veían en este la posibilidad de compartir mensajes y algún tipo de fichero, pero poca cosa más. En absoluto podían imaginar un ecosistema donde existiesen las redes sociales, buscadores, blogs, Wikipedia, comercios, la “nube”, audio y video en streaming o pedir un taxi desde la palma de tu mano. ¿Por qué? Sencillamente porque una sola mente de forma centralizada, por muy preparada y capacitada que esté, no puede competir con miles, con millones de individuos que descentralizadamente se comunican y coordinan para progresar. Como sabemos por Hayek, la información y el conocimiento no sólo son limitados, sino que se encuentran dispersos entre todos los participantes del mercado, teniendo cada uno ellos una pequeñísima porción. 

Por tanto, lo importante es que se incentiven el debate y las ideas, que las regulaciones que vengan no pongan palos en las ruedas y que se permita que la imaginación colectiva haga su trabajo, de la misma forma que hizo con internet.

No sabemos dónde nos llevará este camino, pero sin ninguna duda será un viaje apasionante.