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Cadena de valor, café y comercio justo

Una de las falacias más habituales con las que las asociaciones de agricultores intentan que los consumidores nos pongamos de su parte en tanto que contribuyentes, es el porcentaje exiguo que reciben del precio total por el que se venden sus productos. De hecho, en una manifestación reciente, ese fue el argumento que encontró más eco en los medios, especialmente porque se escogieron como ejemplo unos productos (los cítricos) no demasiado representativos, en los que a día de hoy la diferencia es mucho mayor de la media.

El problema es que, intuitivamente, consideramos que la fruta que recolecta un agricultor en el campo es el mismo producto que adquirimos en la tienda de la esquina o en el gran hipermercado que tenemos más o menos cerca de casa. Es, después de todo, el mismo objeto físico. Sin embargo, económicamente, no se le puede considerar el mismo bien. La naranja recién recogida en una huerta valenciana no tiene ni puede tener para mí, que vivo en Madrid, el mismo valor que esa misma naranja a la venta en el supermercado que hay al lado de mi casa.

No hay que ser un lince para darse cuenta de la razón. Para conseguir esa naranja recién recogida debería coger el coche, trasladarme a Valencia, conseguir que el agricultor no me mande a freír espárragos por molestarle (ya que él no se dedica a la venta) y volver a Madrid con mis naranjas. No cabe duda de que los costes, tanto en dinero como en tiempo y molestias, son indudablemente superiores a los de ir a la tienda a comprar. Y es que un bien de consumo no se define sólo por sus características físicas sino por otras muchas como situación, garantías de calidad, etc. Llevar el producto al consumidor tal y como éste lo quiere necesita de la intervención de muchas empresas, de mucho trabajo y capital, que necesita también de remuneración.

Sin embargo, ésta no es una realidad intuitiva, capaz de llegarle a la gente con facilidad, lo que propicia que surjan movimientos como el "comercio justo", cuyo producto estrella es el café. La teoría detrás de este movimiento no es más que marxismo puro: considera que los agricultores de los países pobres están explotados por los intermediarios y los minoristas, que se enriquecen así injustamente con el sudor de los parias de la tierra. De modo que ofrece a los consumidores café pagado a los productores a precio por encima del mercado y que tiene la "garantía" de que se recolecta pagando a los trabajadores un salario que sea igual o superior al mínimo impuesto por el Gobierno del país.

La puesta en práctica de esta teoría se ha encontrado con muchos obstáculos, el mayor de los cuales, sin duda alguna, es el hecho de que el mercado de "consumidores concienciados" es más bien pequeño; de hecho, las campañas sobre la crueldad del negocio del café hacen más probable que se deje de consumir que se pase a hacerlo con una marca de "comercio justo". Al poner un precio mínimo por el café se produce un exceso de oferta, como no podía ser de otra manera, que se traduce en colas en el proceso de certificación como "productor de comercio justo", lo que beneficia a los que ya están instalados frente a los nuevos competidores.

Pero en lo que nos atañe, lo cierto es que el precio puesto por las organizaciones de "comercio justo", dado que según su base ideológica el objetivo es eliminar intermediarios, obliga a las organizaciones de productores a realizar tareas que antes hacían éstos, como comprar el café a sus miembros, clasificarlo y procesarlo, y organizar la logística de la exportación. Muchas de esas tareas consumen buena parte de la diferencia entre el precio pagado por los comerciantes justos y los comerciantes no ideológicos, especialmente porque estas organizaciones no están especializadas en ellas y les resulta más caro llevarlas a cabo que si las hicieran los pérfidos intermediarios. En algunos casos, los costes han sido suficientes como para provocar que algunos productores vendieran en el mercado normal, porque no les salía a cuenta hacerlo "con justicia". Pero una consecuencia clara es que muchos de los trabajadores del café justo no cobran el salario mínimo, tal y como publicitan los promotores de la iniciativa, porque los patronos no pueden permitírselo.

Puede que exista un mercado, en todo caso previsiblemente pequeño, de consumidores que desean que se pague más a los agricultores aún a costa de pagar más ellos por el producto. Pero para que funcione, las organizaciones de "comercio justo" tendrían que olvidar la retórica de la "cadena de valor" y los intermediarios que "explotan a los agricultores". Claro que, en ese caso, no está muy claro si lograrían mantener a sus concienciados clientes.