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Cat Wars in NZ

Después de haberme "consagrado" como el comentarista más seguido del Juan de Mariana por mi anterior artículo (nota a la Dirección del IJM: ¿Para cuándo un sobre con algo de dinero proveniente de los cuantiosos fondos que las multinacionales del petróleo entregan al instituto a cambio de su servicio en defensa de oscuros intereses...?), salto de nuevo a la palestra.

Pero, antes de ponerme a ello, quería comentar dos puntos sobre mi efímero y relativo "estrellato" mediático que, por un momento, me hizo pensar que incluso podría acabar, cual Falete, tirándome desde un trampolín en Antena 3.

En primer lugar, mi desagrado por el uso que se ha hecho de mi artículo desde blogs de signo progre para atacar al PP... Realmente, se me ocurren argumentos mucho mejores y contundentes para ello...

En segundo lugar, mi reconocimiento a la capacidad de difusión y agitprop de dichos blogs, pues sin ellos, mi artículo hubiese quedado circunscrito a las típicas dos docenas de ME GUSTA y, más o menos, veinte tweets de media que suele tener el resto de mis comentarios, gracias a los amiguetes a quienes digo que, "porfa", me marquen la tecla en el FB y a los cuatro gatos liberales que me leen y disfrutan dándole vueltas a enfoques diferentes, provocativos y políticamente incorrectos.

Dicho esto, y aprovechando la mención felina, vamos con el tema de mi artículo, la Guerra del Gato en Nueva Zelanda, literalmente en las Antípodas de mi anterior colaboración.

Pongámonos en antecedentes.

En Nueva Zelanda, desde filas ecologistas se está planteando acabar con la presencia de gatos en las islas, considerada un peligro para la exclusiva fauna endémica. Liderados por Gareth Morgan, un economista convertido al ecologismo , desde su blog Cats to Go, los defensores de Piolín vs Silvestre sueñan con una Nueva Zelanda "cat free" en la cual el kiwi, el kakapo (ave que incluso es denigrada en un medio como La Sexta) y demás avifauna campen a sus anchas sin el peligro que representa la presencia gatuna, acusada de ser la responsable de extinguir especies como el chochín de la Isla de Stephen y de poner en peligro la biodiversidad local...

Así, se han lanzado campañas de concienciación sobre la amenaza felina dirigidas a los dueños de gatos, proponiendo su confinamiento domiciliario y castración (... de los gatos, no de los dueños). Y, ¿cómo no?, se ha invocado el apoyo del gobierno para unas medidas que van desde cuantiosas multas para los propietarios de gatos cuyas mascotas sean sorprendidas pululando fuera de su domicilio , hasta una "solución final" para acabar con los gatos ferales, valorada en 20 millones de dólares...

El problema es que muchos neozelandeses aman a sus mascotas, con sociedades de protección animal al frente... La Guerra del Gato está servida, polarizando a la opinión pública.

Sin duda, un tema complejo, que plantea dos cuestiones (... y vaya por delante mi simpatía hacia las aves).

Primera cuestión: ¿Tienen los animales nativos algún tipo de derecho exclusivo sobre las tierras neozelandesas, un derecho innato basado en "nosotros estábamos primero, evolucionamos de forma autónoma y no tenemos por qué competir con recién llegados"? ¿Vale más objetivamente la vida de un kiwi que la de un gato? No, no hay nada de ello. Es una cuestión de nuestros gustos y preferencias. Entre el partido pro kiwi y los "cat fans" solo se dilucida eso.

Unos argumentan el desastre ecológico que acarrearía la reducción de la biodiversidad, otros dicen que, sin gatos, nos comerían las ratas. Pero solo son manifestaciones de, repito, los variados deseos e intereses de nuestra especie, de cada individuo...

Segunda cuestión: ¿Tiene una de las partes, en este caso, el partido pro kiwi, derecho a que el gobierno, con el dinero de todos, amantes de los gatos incluidos, lance el programa de erradicación gatuna definitivo? ¿Tiene derecho a crear una legislación que vulnere, mediante multas y coacciones, los derechos de propiedad, de uso y disfrute felino de una parte de la población?

Sinceramente creo que no. "Die Kittenfrage" debería ser resuelta mediante los métodos propios del libre mercado, es decir, estoy absolutamente a favor de las campañas de concienciación, con fondos privados; de la creación de reservas privadas, etc.

Sin duda, más difícil, complejo y con resultados menos garantizados que cuando se cuenta con el favor del aparato de coacción estatal..., pero es que los derechos de las personas, dueños de gatos incluidos, están antes que los de los kiwis.

PD: Espero que este artículo no acabe difundiéndose bajo el título "Un think tank cercano a Esperanza Aguirre (?) defiende que los gatos extingan a los pájaros en Nueva Zelanda", pero quién sabe...