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Con las iglesias (laicas) hemos dado

Cuando se inició la transición a la democracia, tras la muerte de Franco, una de las instituciones más atacadas por las vanguardias políticas (la mayoría de izquierda y extrema izquierda) fue la Iglesia. La caricatura que se hacía de ella era la de una institución carca, aliada con el régimen franquista del que había sacado muchos favores sociales y políticos, dogmática, ajena a una realidad que estaba evolucionando con extrema rapidez y que generaba incertidumbre. Esta Iglesia representaba lo antiguo y la manera de contestarla, a ella y a la sociedad que representaba, fue, entre otras cosas, favorecer una visión ética contraria a sus principios más polémicos, en especial los que rigen el comportamiento sexual[1].

Esta ética no era en absoluto nueva. A España ya había llegado a finales de los 60 y, sobre todo a principios de los 70, con la explosión turística y la llegada de las vanguardias culturales y sociales mundiales, pero se mantenía en ambientes underground, con una policía, la del régimen, que dejaba cierta manga ancha si no molestaba mucho y que estaba lejos de la que existió en los años cuarenta y cincuenta[2].

De pronto, a partir de 1978, los kioscos de prensa se llenaron de explícitas imágenes de desnudos y actos sexuales, las minifaldas se recortaron más de lo que hasta ese momento se permitía, la ropa femenina perdió tela, se reivindicaron posiciones favorables al divorcio, al aborto, a los anticonceptivos, al amor libre y las salas de cine se llenaron de desnudos y sexo (películas S y más tarde X), al tiempo que las noches barcelonesas primero y madrileñas después eran el escenario donde jóvenes y no tan jóvenes salían a ligar, a beber y, con la oferta de droga disparada y barata, a ponerse hasta arriba de heroína, maría y otras sustancias. Antes de que la zona de Chueca en Madrid se convirtiera en el barrio lleno de vida y prosperidad que es hoy, la comunidad homosexual que se concentraba en sus calles fue haciéndose mucho más visible y reivindicando la libertad de ejercer su sexualidad como le diera la gana sin que nadie se lo impidiera. Quizá le ha costado más que a otros colectivos, pues los prejuicios eran más profundos, pero de alguna manera se ha normalizado. Fue una época de excesos en muchos sentidos, pero también en la que había mucha libertad para actuar, aunque, en no pocas ocasiones, fuera a cambio de cometer errores que marcarían la vida de muchos.

Una de las cosas que más me llama la atención de aquella época es que muchos de esos excesos y actos que pretendían reivindicar la recién conquistada libertad política tendrían ahora mismo la censura de lo políticamente correcto. Ciertos comportamientos entonces permitidos serían ahora duramente criticados o incluso reprimidos. Abundaban los anuncios con desnudos, sí, sobre todo femeninos, incluso en televisión, sin que se protegiera a colectivos sensibles como la infancia. De hecho, el desnudo sigue siendo una manera bastante efectiva de captar la atención. Ahora mismo, los desnudos suelen ser criticados, pues cosifican a la mujer y responden a imperativos machistas. Ahora que se está llegando a tener que firmar consentimientos para tener relaciones sexuales entre desconocidos (y hasta con conocidos), contrasta con la relativa facilidad con la que se podía ligar en los ochenta sin pensar mucho en las consecuencias. Las letras de las canciones incitaban en no pocos casos al exceso, no solo en el tema sexual, sino también en otros comportamientos considerados ahora insanos.

De alguna manera, los movimientos sociales que han surgido treinta años después han vuelto a esos principios dogmáticos que las vanguardias pretéritas criticaban en esa tópica y típica Iglesia carca. Las nuevas iglesias laicas tienen su lenguaje que hay que aprender y utilizar para que los creyentes no se sientan agraviados (de la misma manera que aquella Iglesia carca “obligaba” a ir a misa y vestirse de una determinada manera). También tienen sus pecados y sus penitencias; no podemos expresarnos de determinadas maneras, no podemos comportarnos así o asá. De la misma manera que se criticaba la cercanía de la Iglesia oficial con el régimen franquista, las nuevas iglesias laicas intentan, en algunos casos con mucho éxito, influir en los gobiernos y los partidos políticos, instalando sus propias ideas en los cada vez más planos e insulsos programas electorales de los partidos.

Las iglesias laicas son variadas y se disfrazan o se mimetizan muchas veces con los lobbies. Defienden causas medioambientales, feministas, del colectivo LGTBI, animalistas, etc. Tienen sus propios “sacerdotes”, sus “obispos”, sus dioses y sus demonios, hasta sus propios púlpitos desde donde lanzar sus oraciones y su doctrina, ya sean los que aportan las instituciones políticas u otros más vistosos como los de las televisiones y medios de comunicación, sin olvidar los aportados por organizaciones de la sociedad civil como las ONG, o incluso por las propias empresas, dentro de sus políticas de responsabilidad social.

A diferencia de los dogmas de la Iglesia, que se han mantenido muy estables durante siglos, los dogmas y las escrituras de las nuevas iglesias laicas se caracterizan por su mutabilidad y rapidez en el cambio. Es por esto que, en un espacio tan relativamente corto de dos o tres décadas, los principios que antes eran válidos son pecados ahora. Unos pocos años pueden suponer un cambio importante y es posible que ese sea el elemento más débil de sus estructuras, ya que genera una incertidumbre que termina produciendo desazón en el creyente. De nuevo, no estamos ante un fenómeno nuevo. Durante muchas décadas, la izquierda política se ha atomizado en pequeñas facciones y partidos que se han enfrentado entre sí, incluso con derramamiento de sangre y guerras fratricidas. Ahora, feministas extremas se enfrentan a feministas más moderadas que no ven con buenos ojos estos excesos para una causa totalmente legítima, miembros de colectivos LGTBI arremeten contra otros que consideran poco comprometidos y ecologistas extremistas reivindican actos que otros entienden exagerados y peligrosos[3].

Desde el punto de vista de las ideas de la libertad, no se trata de saber cuál de estas posiciones o formas de pensar o actuar son las correctas, incluso si tener o no tener prejuicios contra unos u otros es adecuado, sino de que ninguno de estos colectivos está autorizado por nada ni nadie para imponer a los demás sus propios pensamientos y formas de actuar. Me parece estupendo que alguien quiera ser numerario del Opus Dei o, por el contrario, tener un harén con varias parejas de ambos sexos, si todo ello es voluntario, si no hay imposición y, sobre todo, si una vez que se experimenta ello, asumes las consecuencias de la decisión. El problema es que muchas de estas organizaciones, aliadas a las instituciones estatales, pretenden hacer ingeniería social e imponer sus propias ideas a través de la política que, por otra parte, creo que ha supuesto también el gran error de la Iglesia.

[1] Por el contrario, la Iglesia siempre ha sabido remar contra corriente. Es cierto que había una Iglesia con esas características, pero también lo es que era una de las instituciones más cercanas a personas que realmente lo estaban pasando mal. Es cierto que tenía (y tiene) una ética oficial que no comparten incluso algunos creyentes, pero también es cierto que no pocas veces ha mirado hacia otro lado ante los comportamientos poco cristianos de algunos de sus fieles. Ha ayudado siempre a madres solteras y, cuando llegó el divorcio, tampoco es que expulsara de su seno a los divorciados; estuvo presente en barrios marginales cuando ni a partidos ni a sindicatos se les ocurría entrar ahí a mancharse las manos. Políticamente, tiene ramas que son del gusto de partidos de izquierda, como lo fue la Teología de la Liberación y si se me apura, hasta el papa Francisco tiene una visión que algunos tildan de progresista. Otros somos más críticos con su escasa y simplista visión político-social.

[2] Quienes ya tenemos unos años a cuestas, tenemos la ventaja de tener una experiencia y unos recuerdos sobre ciertos hechos que ahora son descritos de una manera muy distinta por instituciones, personas y personalidades de distintos ámbitos y maneras de pensar y que hacen cuestionarnos eso que se ha terminado llamando postverdad. El tardofranquismo fue bastante más abierto de lo que se dice ahora. De hecho, si no hubiera sido así, la presencia de grupos de izquierda en el ámbito universitario de la época, incluyendo en ellos profesores y alumnos, habría sido imposible. Pese al régimen, se vivía una libertad de cátedra mucho más marcada que la que ahora se puede ver.

[3] El historiador británico Michael Burleigh ha tratado las ideologías políticas como si fueran las nuevas religiones en varios de sus libros, estableciendo similitudes entre ambas y generando los mismos efectos entre los creyentes.