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Contestando al señor Borrell: de cómo el coronavirus acabó con el estado de bienestar

Junto con la ración diaria de malas noticias y nuevas medidas gubernamentales, nos empezamos a tropezar estos días con malos augurios sobre el futuro del capitalismo, producidos por filósofos, economistas, charlatanes y sabios de toda condición. El último de ellos proviene del socialista Josep Borrell, tantas veces ministro de España y comisario en la Unión Europea. Todos ellos coinciden en que el capitalismo es la causa de nuestros males actuales; la globalización, el carril por el que el coronavirus se ha transportado, y el Estado, de tamaño creciente, la inevitable solución a los problemas suscitados.

Debe de ser que el cristal de la torre en que viven se ha oscurecido, y se han alejado aún más de la cruda realidad con el aislamiento al que, imagino, están sometidos.  Francamente, no puedo entender de dónde salen sus apreciaciones.

Los ciudadanos de a pie lo que observamos desde el confinamiento en nuestras casas es justo lo contrario. Es el capitalismo el que nos está ayudando a soportar las increíbles circunstancias en que nos está tocando vivir. Son las empresas producto del capitalismo, como Carrefour, Mercadona, Lidl, Movistar, Vodafone, Endesa, Iberdrola, Gas Natural, e incluso los bancos, las que están con nosotros al pie del cañón en estos momentos y no nos han dejado abandonados. Es gracias a ellas que nuestro modo de vida no se ha deteriorado completamente, y es gracias a ellas que seguimos mirando al futuro con esperanza. La mera idea de que alguna de ellas nos fallara en estos momentos provocaría pánicos y desórdenes sociales, haya estado de alarma o no.

Y estas empresas lo hacen simplemente porque es su trabajo, es a lo que se dedican, no por al amor al arte. Junto a ellas, cobran inusitado brillo capitalistas puntuales, que van más allá del negocio, lo que sería más que suficiente, para “mojarse” en su ayuda a la sociedad en los momentos difíciles. Estoy hablando, por supuesto, de Amancio Ortega, pero también de las cuatro empresas del Ibex 35 que han donado fondos para la adquisición de respiradores, y de tantos empresarios anónimos que están haciendo ímprobos esfuerzos para ahorrar sufrimiento a sus trabajadores, clientes y proveedores.

Los ciudadanos sabemos que el capitalismo no nos ha dejado tirados, nos consta cada día. Quien nos ha abandonado ha sido el Estado, lo que ha colapsado es ni más ni menos que la sanidad universal, uno de los buques insignia de ese estado de bienestar que decía tenernos al socaire. Y ello pese al esfuerzo inaudito y sin precedentes de todos los profesionales del sector, que reciben merecidamente nuestro aplauso diario a las ocho de la tarde. Escaso consuelo.

Ellos están en primera línea de fuego y son los primeros, con los pacientes, en sufrir las deficiencias de esta organización. Lo vemos todos los días en las noticias, que nos cuentan las dificultades que tienen en su trabajo diario por carencias de todo tipo. Nada de ello está ocurriendo en las empresas antes citadas, los productos de ese capitalismo llamado a perecer, cuyos trabajadores, también con gran esfuerzo y dedicación, mantienen el servicio a la sociedad en unas condiciones excepcionales.

Cuando los ciudadanos volvamos a la calle en las próximas semanas, vamos a ver escombros y ruinas. Pero esas ruinas no serán las del capitalismo que nos acompañó en los momentos difíciles, no. Esas ruinas serán las del estado de bienestar, serán los fragmentos del sueño de unos o de lo que fue un espejismo para otros.

Nada podrá hacerse para su reconstrucción. Los Estados van a salir de esta crisis endeudados más allá de lo imaginable, en parte porque ya partían de una situación casi insostenible. ¿De dónde sacarán recursos los Estados en estas circunstancias?

La subida de impuestos será inviable. Los impuestos ya están en niveles muy altos. ¿Vamos a subírselos a los pequeños empresarios y autónomos que están mendigando un retraso en sus pagos para poder sobrevivir? ¿Vamos a subírselos a los trabajadores que se han quedado en paro o trabajando en jornadas reducidas, y en general han visto sus ingresos mermados? ¿A quién se lo vamos a cobrar? Esta vía está agotada, y proseguirla solo conllevaría más empresas cerradas y gente en la calle.

¿Y quién va a prestar dinero al Gobierno para sus gastos, sabiendo de las dificultades que tendrá para devolverlo si trata de mantener el tamaño del Estado? Los ejemplos de Grecia y otras quitas están muy recientes. En breve veremos cómo resucitan las temidas primas de riesgo y se disparan los tipos de interés de la deuda pública. Tampoco esta fuente va a permitir alegrías.

Finalmente, por supuesto, queda el recurso a la inflación, como proponen insignes economistas de la política monetaria, esto es, que los bancos centrales “creen” dinero de la nada (ya no se puede decir “imprimir”, pues lo crean con anotaciones en cuenta) y lo esparzan por la economía desde el tópico helicóptero. Prefiero no pensar las consecuencias que ello podría tener en un entorno como el actual en que la capacidad productiva ha sido paralizada por los gobiernos. En todo caso, espero que, al menos en Europa, los alemanes recuerden las crónicas de la república de Weimar y su inflación, e impidan este tipo de soluciones.

Así que nos vamos a encontrar con Estados, no solo el español, sin poder acceder a más recursos salvo que nos quieran llevar a Venezuela o a Corea del Norte. Y, al mismo tiempo, teniendo que dedicar muchos recursos al rescate de esa economía a la que han obligado al cierre temporal. No hay sector económico que no esté demandando ayudas en estos momentos, ayudas cuya petición está completamente justificada y yo calificaría de reclamación de daños y perjuicios por el cierre forzado del país.

Con el principio de “no hay más cera de la que arde” es obvio que los Estados van a tener que recortarse. Esos lujos de políticas identitarias, de género, urgencias climáticas y demás gaitas tienen sus días contados, como las 25 carteras ministeriales y sus riadas de asesores con que pretendió gobernarse España.

Esa es la cruda realidad a la que toca enfrentarse ahora. Nuestro aliado, como durante esta coronacrisis, será el capitalismo; nuestro enemigo, los políticos intentando reconstruir a cualquier precio el estado de bienestar colapsado, empezando por Josep Borrell.