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De himnos, pitos y prohibiciones

Hace unos días Alfredo Crespo escribió un análisis diario titulado “Una peculiar interpretación de la libertad de expresión”. En su escrito concluye de la siguiente forma:

… permitir que se pite al himno y jugar el partido bajo la excusa (cobarde) de evitar males mayores, es caer en el cortoplacismo. No obstante, lo más probable es que suceda esto último, una muestra más de que en el binomio libertad-responsabilidad, el segundo carece de trascendencia en España. Es más, en la mayoría de las ocasiones se rechaza. Menospreciar los símbolos nacionales no debería salir gratis, lo mismo que insultar o zarandear a la autoridad. La intolerancia tiene que ser combatida con valentía, es la receta del éxito. De lo contrario, los verdugos se convierten en víctimas.

Pitar un himno o gritar a los cuatro vientos lo que cada uno le venga en gana forma parte de la libertad de expresión y debe ser respetado, haya gente que se sienta ofendida o no, de lo contrario caeríamos en la represión. No obstante, no creo que se pueda ni se deba comparar pitar el himno con zarandear a la autoridad -o a cualquier individuo-, pues en el segundo caso, hay una clara agresión a los derechos de propiedad de una persona, en este caso a su cuerpo.

Sin embargo, no se puede analizar el hecho de pitar el himno nacional en un estadio de fútbol o en cualquier otro lugar sin entrar en el fondo de la cuestión. Deberíamos profundizar en qué circunstancias se puede o no se puede pitar el himno. En mi opinión, la respuesta la vamos a encontrar una vez más en la propiedad privada y los contratos.

Supuesto primero: Pongo un DVD en mi casa y me dedico toda la tarde a pitar el himno. Es mi casa, es mi propiedad, y por lo tanto yo pongo las reglas y en ella puedo gritar o decir lo que me dé la real gana.

Supuesto segundo: Invito unos amigos a mi casa, les digo que está prohibido pitar el himno, que si lo hicieran tendrían que abandonar mi propiedad y ellos acceden respetando mis condiciones. Enciendo el DVD y dejo que suene la melodía. En este caso, han aceptado mis reglas, por lo que si decidieran silbar podría expulsarlos de mi casa por incumplimiento del acuerdo.

Supuesto tercero: Hago lo mismo que en el supuesto segundo pero digo que puede pitar quien quiera. En este caso, no pasaría nada.

Estos ejemplos son muy sencillos. Por esta razón, ¿cómo podríamos los que nos gusta respetar la libertad de expresión saber si es ético o no pitar el himno en la final de la Copa del Rey de fútbol en el Camp Nou entre el Fútbol Club Barcelona y el Athletic Club de Bilbao?

Desde la perspectiva expuesta habría que ver distintas cuestiones: La primera es si los propietarios del estadio en el que se va a jugar el partido tienen como regla, al igual que el propietario de una vivienda, que no se pueda pitar el himno. Si tiene dicha norma, el partido podría suspenderse o, si existieran las técnicas necesarias, expulsar uno a uno a los que hayan silbado. Si no la tiene, por esta vía no se podría prohibir la pitada. La segunda es quién organiza el evento, en este caso, la Real Federación Española de Fútbol. Y averiguar si la organización prohíbe o no los pitos en sus eventos y si así lo especifica en la venta de la entradas. Si no los prohíbe, tampoco hay razón para suspender el partido o echar a alguien del estadio. Sin embargo, si los prohíbe, cada individuo que compra su entrada está asumiendo las reglas de la organización y si las incumple podría ser expulsado del estadio o incluso el partido podría ser suspendido.

No obstante, aquí nos encontramos ante otro problema. Qué pasaría con las personas que no han pitado y respetaron las normas pero por culpa de los que no lo hicieron se quedaron sin ver el partido por el que pagaron. Probablemente, si las reglas del juego estuvieran claras, es decir, si prevalecieran los derechos de propiedad sobre la coacción política, las personas que se comportan de manera civilizada se preocuparían, ante el peligro de que el partido pueda ser suspendido -pagando justos por pecadores-, de que los individuos que se sientan a su alrededor en el estadio no profanasen el himno. No hay mejor respuesta al incivismo que el imperio de los derechos de propiedad.

Por todas estas razones, habría que analizar exactamente las circunstancias del caso para saber si se podría pitar o no el himno. Desde luego, si ni la RFEF ni los dueños del estadio lo prohíben pero se quiere usar la fuerza del Estado para impedirlo, las víctimas no serían los que amamos o disfrutamos con el himno sino las personas a las que se está reprimiendo, por lo que no puedo estar más en desacuerdo con el señor Crespo. Otra cosa distinta sería que la RFEF, como institución privada, o los propietarios del Camp Nou decidieran que está prohibido hacerlo y las personas que compran la entrada asumieran libremente dichas normas. Ahí, no habría excusas: no se podría pitar el himno.