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De los orígenes de la ayuda exterior al desarrollo

En las últimas fechas se ha generado cierto debate en torno a la política de cooperación al desarrollo española. Los tijeretazos que ha sufrido la Ayuda Oficial al Desarrollo desde 2010, genera inquietud entre mucha gente, incluidos –por supuesto- los agentes que dependían de estos presupuestos.

Frente a la idea de reducir considerablemente la ayuda exterior, una respuesta común es que ¡por supuesto sería deseable que se acabara con ésta! Lo preferible sería un escenario en el que ésta no fuera necesaria por la ausencia de pobreza, pero –se dice-, mientras ésta exista, la ayuda exterior seguirá siendo necesaria.

Este argumento tiene algunos problemas. Primero, de incentivos: dado que la cantidad de ayuda que se necesitaría es directamente proporcional a la pobreza que existe, los incentivos pueden resultar perversos –que, por ejemplo, una organización reciba más subvención para resolver el problema X cuanto menos efectiva sea en su tarea-.

Después de más de 50 años desde que naciera el enfoque de la ayuda exterior, parece evidente que los problemas de incentivos han sido importantes de cara a explicar el fracaso de éste (fracaso se entiende a incumplir las expectativas que se tenían).

Consideremos lo que decía el economista Walt Rostow a comienzos de los 60, uno de los más influyentes y pioneros defensores de la ayuda exterior: "se requeriría un aumento de 4.000 millones de dólares en ayuda externa para levantar toda Asia, Oriente Medio, África, y Latinoamérica hacia el crecimiento regular". Afirmó también que esta ayuda tan solo sería necesaria en un primer estadio, y que luego, cuando ya hubiera cumplido sus objetivos, simplemente desaparecería.

Una vez que nos acercamos a los orígenes de este enfoque, por el cual los países ricos debían comprometerse a dedicar recursos hacia los países del entonces llamado Tercer Mundo, conviene adentrarse un poco más en cómo y por qué surgió.

Distintos especialistas coinciden en datar estos orígenes en el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, época en la que apareció un nuevo orden internacional caracterizado principalmente por la Guerra Fría y el bipolarismo de las relaciones internacionales. En concreto, fue el punto cuarto del discurso inaugural del presidente estadounidense Harry S. Truman el 20 de Enero de 1949, lo que puso de manifiesto los principios fundacionales de lo que podría denominarse la filosofía de la ayuda occidental al desarrollo:

"debemos embarcarnos en un nuevo y atrevido programa... para la mejora y el crecimiento de las áreas subdesarrolladas [...] Por primera vez en la historia, la humanidad posee el conocimiento y las destrezas para aliviar el sufrimiento de estas poblaciones (las que viven en condiciones cercanas a la miseria)".

William Easterly (en The White Man’s Burden) relaciona el inicio de la ayuda exterior con los anteriores intentos por parte de Occidente (principalmente, el colonialismo aderezado con dosis racistas) de transformar e influir sobre el resto del mundo. Persistió la fatal arrogancia de los países occidentales:

"Desde el principio, los intereses de los pobres tuvieron poco peso comparado con la vanidad de los ricos. La Carga del Hombre Blanco surgió de la fantasía autocomplaciente de Occidente de que "nosotros" éramos los elegidos para salvar al Resto (pobre)".

El enfoque de la ayuda externa que inauguró Truman tenía cambios en el lenguaje y en el pensamiento, pero mantenía las esencias principales de la anterior actitud –es decir, la vena paternalista y coercitiva-, sostiene el economista de la Universidad de Nueva York.

En realidad, los objetivos de Truman, como principal líder del bloque occidental en la época, estaban lejos de ser desinteresados. La ayuda pretendía ser un instrumento de la política exterior y de estrategia geopolítica de los Estados Unidos. La idea que estaba detrás era que de esta manera, los países pobres (muchos de ellos surgidos del proceso de descolonización) se servirían del apoyo del bloque occidental y permanecerían al margen de la influencia de la Unión Soviética. De alguna manera, la reducción de la pobreza era más un medio que un fin en sí mismo.

En este sentido, la opinión de la Red de Investigación y Observatorio de la Solidaridad (desde un prisma neomarxista), resulta interesante. Sostienen que, desde su nacimiento en los primeros compases de la Guerra Fría, la cooperación para el desarrollo ha servido en gran medida como instrumento de dominación política, soporte ideológico, instrumento para influir en las políticas de los gobiernos receptores, elemento de política exterior tendente a apoyar la seguridad del país donante o como una manera de canalizar productos del Norte hacia el Sur, dado que buena parte de estas ayudas obligaban a los países receptores a adquirir productos de los países donantes.

En la actualidad, se reconoce abiertamente que la política de cooperación para el desarrollo puede ser un arma importante de política exterior para los estados ("soft power"), lo que es totalmente consistente con los orígenes de aquélla.

Conviene tener esto presente para no caer en perspectivas ingenuas sobre la ayuda al desarrollo.