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De los sentimientos morales a la riqueza de las naciones

En los últimos tiempos, he tenido la oportunidad de leer, reflexionar y discutir sobre las dos obras principales del considerado por muchos padre de la economía, el escocés Adam Smith. Me refiero, como es obvio a la vista del título, a la Teoría de los sentimientos morales y a La riqueza de las naciones.

En la primera de las obras, Adam Smith formula su teoría sobre cómo se forman los sentimientos, tratando de explicar qué es lo que mueve al hombre a actuar de una forma u otra. En la segunda, más conocida, explica cómo el trabajo, y específicamente su división, es la causa principal de la creación de riqueza.

Uno de los aspectos más interesantes de la lectura conjunta de ambas obras es la búsqueda de la conexión entre ambas. En esencia, si la teoría de los sentimientos morales es capaz de explicar las motivaciones del hombre para actuar en sociedad, debería de ser capaz de explicar cómo a partir de dichos sentimientos se llega a la división del trabajo. ¿Es este un fenómeno "natural", o ajeno a los sentimientos morales e impuesto por terceros?

Para Smith, la clave que explica los sentimientos morales es la empatía (simpatía en la traducción de Carlos Rodríguez Braun). El hombre tiene empatía, y tiende a ponerse en el lugar de sus semejantes, sufriendo y alegrándose con ellos, hasta cierto punto. Por supuesto, esto no impide que sean sus desgracias y suertes las que más le afecten. Pero, en estos casos, la práctica de la virtud le ha de llevar necesariamente a verse como lo ven los terceros, y adaptar su comportamiento a esa visión.

En esos momentos, hemos de acudir a la empatía con nosotros mismos. Hemos de ponernos en el lugar de un tercero, y ver cómo éste simpatizaría con nuestro comportamiento, para adaptar el mismo.

A partir de aquí, Adam Smith explica la práctica de las virtudes y un sinfín de aspectos de nuestras relaciones sociales. Por ejemplo, razona la existencia de normas y la creación de las mismas mediante un proceso evolutivo, y la consecuente necesidad de justicia para la supervivencia de la sociedad. Idénticamente, justifica la necesidad de educación para las personas, aunque desacertadamente proponga que la misma ha de ser llevada a cabo por el Estado.

Pero sigamos en busca del nexo entre sentimientos morales y división del trabajo. Esta empatía le permite ponerse en lugar de los ricos y de los pobres. Lógicamente, los sentimientos son más placenteros al simpatizar con los primeros; de ahí surge la admiración y el respeto. Y también la ambición por obtener esas riquezas que tan agradable hacen la vida a los ricos, según nos informa la empatía.

Lo cierto es que la satisfacción que obtienen las personas ricas de sus bienes es, en realidad, marginal respecto a la que se puede obtener por una persona normal sin tanto alarde. El hambre queda igualmente satisfecha por un plato de lentejas y por la última creación de Ferrán Adría, aunque éste última obviamente produce una satisfacción adicional, que para Adam Smith es poco apreciable.

El hombre sabio no se empeñaría en la búsqueda de estas riquezas que solo marginalmente van a contribuir a su felicidad, al precio de grandes trabajos y sufrimientos. Y, sin embargo, la mayor parte de los hombres los buscan. Para Smith, esto se explicar porque, en la práctica, valoramos más la "apariencia de belleza" de los bienes; esto es, sobrevaloramos los bienes de los ricos debido a su belleza y armonía, y no por su capacidad de satisfacer nuestras necesidades.

Aún siendo crítico con esta ambición, Adam Smith reconoce que la búsqueda de este espejismo es lo que hace que los hombres quieran acumular riquezas. Y aquí se establece, a mi modo de ver, el vínculo con el emprendimiento, la verdadera fuerza motriz de la economía, que exige la división del trabajo y permite el crecimiento económico, y la consecuente riqueza de las naciones.

El hombre, en su ansia por conseguir esa "apariencia de belleza", ha descubierto que la forma más eficiente es la división del trabajo posibilitada por el intercambio de bienes. La ley de la ventaja comparativa nos informa de que es más eficiente para obtener riquezas que cada individuo se especialice en aquello que mejor realiza, e intercambie los resultados de su trabajo con terceros. Con la división de trabajo operativa, sí puede activarse la famosa mano invisible que hace que, espontáneamente, la búsqueda del beneficio propio se transforme en la mejor forma de enriquecer la sociedad.

En resumen: la empatía que sentimos por la felicidad de los ricos, nos hace sobrevalorar ésta y sus bienes, y nos lleva hacia un proceso de acumulación de riquezas, lo que solo podemos aspirar a conseguir mediante la división del trabajo. Ésta a su vez pone en marcha la mano invisible y desemboca en la creación de riqueza para todos (el concepto de naciones es macroeconómico, por lo que prefiero evitarlo).

Como punto débil de la teoría, me cuesta atribuir a la mera "apariencia de belleza" la insaciable ansia del ser humano por conseguir más riqueza.