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De manadas y rebaños

Uno de los grandes productos de la crisis económica fue la irrupción del do it yourself (hágalo usted mismo) en prácticamente todos los sectores de consumo. Hasta hace no mucho cocinar en casa, remendar las pequeñas roturas de la ropa o hacer sus propios muebles era visto, a ojos propios y de los que nos rodeaban, como una casi muestra  de pobreza. La bonanza era salir a cenar los fines de semana y comprar muebles de estreno, un crédito por aquí para ir a Cancún y, quién sabe, financiar un teléfono a setenta y dos meses. La crisis, entre otras muchas cosas, priorizó los gastos e hizo reducir los excesos. Un concurso de cocina o de costura habrían sido impensables hasta hace bien poco.

De aquello, del autodidactismo y el aprendizaje con dos vídeos de YouTube y tres tuits de copia y pega, estamos como estamos. Todos podemos ser lo que queramos ser en función de nuestra voluntad, porque los verdaderos conocimientos son secundarios e incluso discutibles. Si usted estudió medicina, ha hecho un máster en oncología y tiene diez años de experiencia tiene su opinión, pero no olvide que alguien en Instagram confirma que un zumo de pera y papaya cura el cáncer. ¿Se le ocurre pensar que, empíricamente, eso no es cierto? Pues menudo facha.

Hace unos pocos días se publicó la Sentencia 38/2018 de la Sección Segunda de la Audiencia Provincial de Navarra, que venía de la causa 426/2016 del Juzgado de Instrucción 4 de Pamplona. Estas referencias le dejarán indiferente, pero será más fácil ponerlo en contexto: La Manada. Por increíble que pueda parecer, no voy a hacer ninguna valoración del fondo de la misma ni del voto particular. Da igual lo que yo opine de la decisión con mis escasos conocimientos al respecto, pues las calles ya han registrado su veredicto social. Y sobre el voto particular –algo más que habitual en el día a día de los Tribunales- tres cuartos de lo mismo: mi opinión no sirve de nada, pues las turbas ya han pedido la cabeza del Magistrado y el Ministro, raudo y veloz, se la ha entregado en bandeja de plata. ¿Cómo se le ocurre a un juez discrepar del dictamen de la calle?

La graduación de las penas es el verdadero debate, y no la aplicación que los jueces hacen de ellas. La percepción social de la Justicia, como de casi todo lo que no entiende la masa, es mala. No necesariamente con razón, y ni siquiera hace falta un caso concreto, pero lo han visto en la televisión o lo han leído en Facebook. Una periodista que gritaba mucho les dijo que Trump era misógino (aunque nombre a la primera mujer al frente de la CIA) o un amiguete de Twitter confirma que veintisiete políticos de tal pueblo robaron unas decenas de millones (aunque ese pueblo ni exista) y usted, como yo y de buena fe, podría creerlo. Ante el caso mediático de esta semana, que será sustituido por otro escándalo (con sus consiguientes movilizaciones) la que viene, tenemos que preguntarnos como Platón sobre ¿qué queremos, un “gobierno de las leyes o un “gobierno de los hombres”? Si optamos por la primera de las premisas, tendremos un sistema legal previamente conocido, seguro y relativamente equitativo que aplicar después de que se produzcan unos hechos. Ese código contendrá unas penas, graduables conforme a los hechos para cada uno de los tipos penales que contenga. Si optamos por la segunda de las opciones, tendremos un sistema paralegal en el que cada situación sea decidida por la caterva; no conforme a unas leyes previamente conocidas y dictadas, sino al albur de las circunstancias y teniendo en cuenta argumentos tan variopintos como el “ay si le pasara a tu hija”. La opción que tomaríamos los que creemos que hay que limitar al poder (es decir, el todos contra uno) es clara. Pero la deriva de democracia totalitaria que lleva Occidente parece optar por la contraria. Sólo hay que dar un paseo por las redes sociales.

Si queremos vivir seguros necesitamos leyes fuertes, que regulen tan sólo lo estrictamente necesario pero que atiendan con firmeza a sus cometidos. El buenismo y el relativismo no sólo llevan a la destrucción de las estructuras sociales, sino al abandono de las víctimas: parece más importante matar al malo que salvar al bueno. No se pueden pedir las cabezas en picota de los condenados por un delito, pero tres semanas antes manifestarse en contra de la prisión permanente revisable por considerarla venganza. España parece descubrir que nuestra regulación frente a los delitos sexuales es muy benévola con el delincuente. ¿Y ahora se enteran? ¿Y sólo con esos delitos? Cerca de treinta años de reformas en las que se rebajaban considerablemente las penas y se convertía a las cárceles en colegios y a los reclusos en alumnos que se habían portado mal, pretendiendo hacer como que no pasaba nada con los malos de verdad. Décadas viendo a terroristas, secuestradores y asesinos en serie reírse de los españoles y salir por la puerta grande pero ahora, sólo ahora, la ideología imperante considera que el Código no se ajusta a sus exigencias, tanto de género como de ruta. La doble vara de medir ante los delitos, según si el que los comete es uno u otro y a la par, intentando introducir tendencias ideológicas en su reglamentación nos conduce al caos. Endurezcamos las leyes y reforcemos el sistema de garantías jurídicas, pero que sea para todos.

Intente, querido lector, no ser tan demagogo de creer que con recluir en prisión de por vida a una mujer que asesina a un niño y lo tira a un pozo, rompemos la proporcionalidad, pero se manifieste en la puerta del Ministerio de Justicia -como si el Ministerio dictase las resoluciones- porque no sabe leer una sentencia o cree que el juez es muy malo por aplicar la ley que le toca. Nos hablan de no legislar en caliente cuando el (presunto) delincuente es un experimento fallido de la integración, pero tenemos que arrastrar por las calles a los condenados (conforme a la ley) si estos representan todo lo que el mundo moderno debe odiar. Vote a quien cambie las leyes y mantenga a los violadores, asesinos, pederastas y terroristas en prisión de por vida, que es donde deben estar. A todos, y no sólo a los que interese según el albur de las ideas.

No vale llorar, todos en rebaño, por leyes que no nos gustan cuando, con nuestra filosofía barata de que todos somos buenos y se delinque por culpa de la sociedad, hemos creado un sistema débil e insuficiente. ¿No querían leyes penales sociales? Pues ahí estamos, recogiendo lo sembrado.