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De virus y humanos

A pesar de la incertidumbre reinante, indudablemente la pandemia que estamos atravesando ya tiene y tendrá efectos negativos en la vida de muchas personas: las muertes causadas por la covid-19; el padecimiento de los enfermos y familiares de enfermos; las consecuencias psicológicas del confinamiento, el miedo, la angustia y la depresión; y finalmente -más allá del aprovechamiento que algunos puedan hacer del esperable repunte de la actividad- el deterioro puntual de las economías de muchas personas de carne y hueso.

Además de estos efectos bastante inmediatos, ya se avizoran otros, de más difícil evaluación.  Entre ellos, la siguiente disyuntiva: ¿el ideal del individuo libre se verá revalorizado ante una nueva explicitación de las diversas fuerzas que lo amenazan?  ¿O, por el contrario, esta crisis es una señal de la distopía hacia la que nos dirigimos, donde el humano-robot obediente será el más apto para la superviviencia?  Y la pregunta ética que subyace a estos dos planteamientos antagónicos: ¿cuándo se justifica la conculcación de las libertades individuales?

La actualidad mundial

Las caídas de los regímenes dictatoriales de izquierda y derecha en la segunda mitad del siglo XX en gran parte del mundo constituyeron una relajación en el grado de coerción ejercida desde los Estados, con el concomitante aumento de la concientización respecto de los derechos humanos.  Pero en un plazo relativamente corto, la cuestión de la conculcación de los derechos de las personas ha vuelto a cobrar centralidad en la problemática política y social, como lo refleja su creciente tratamiento incluso en los medios masivos de comunicación.

En la actualidad, salvo anacronísticas excepciones, las amenazas coercitivas no suelen venir azuzadas por proyectos manifiestamente fascistas a la manera tradicional. Más bien son producto del costado antipático de la globalización. La sobrepoblación en centros urbanos, con el consecuente hacinamiento, la saturación de la infraestructura y de los servicios básicos, la violencia a menudo ligada al narcotráfico, la precariedad de equilibrios ante una mayor interdependencia (económica, ecológica, etc.), y la proliferación y rápida transmisión de enfermedades infecciosas, son todos factores que han renovado los discursos a favor de la necesidad de un uso más discrecional de los datos personales y del refuerzo de todo tipo de controles y restricciones a gran escala, siempre de la mano de una tecnología cada vez más potente y accesible.

La mayoría de las naciones no-occidentales más poderosas, con China a la cabeza, han enriquecido sus economías abriéndose a los mercados, lo que en alguna medida también ha supuesto cambios culturales tendentes a una mayor tolerancia a la diversidad y cierta apertura para con los derechos individuales. Pero la relación causa-efecto no ha sido automática, y el acento sobre las libertades individuales a menudo se percibe allí incluso como una debilidad de los modelos occidentales. No falta tampoco quien argumenta esto desde Occidente. El supuesto éxito de algunos países asiáticos en un mejor control de la pandemia del coronavirus es a veces propuesto para ilustrar las virtudes del control estatal. No hay duda de que, si la solución a una emergencia requiere el control de los ciudadanos, estará en situación ventajosa aquélla sociedad en la que existe ya previamente un alto control. Sin embargo, la conclusión a partir del caso de la covid-19 de que el control de los ciudadanos es la clave para afrontar mejor las emergencias parece apresurada. Si bien es difícil establecer todos los factores que han contribuido a que algunos países presenten mejores cifras que otros, no se puede establecer que esto se deba al recorte de libertades individuales. No se podría afirmar, por ejemplo, que en Alemania haya menos libertades o una mayor injerencia del Estado que en Francia o España.

Legitimidad de la causa frente a legitimidad del agente

Volvamos entonces a nuestra pregunta ética de base respecto de la legitimidad de la coerción.  Aquí hemos de considerar una distinción importante: una cosa es justificar la coerción aludiendo a la causa -lo que se pretende lograr o evitar-, y otra es justificarla por quién la lleva a cabo. En este último caso, el agente aludido suele ser el Estado, si es que no se trata de un asunto alcanzado por un contrato entre privados en donde se haya estipulado un árbitro. Si la justificación de un acto coercitivo es “porque el Estado lo dice”, tendremos que haber aceptado previamente la legitimidad de la autoridad del Estado.

Esta cuestión es abordada por Michael Huemer en su libro The Problem of Political Authority, en el que argumenta que la legitimación de los poderes del Estado se da mínimamente cuando “se implementa un plan correcto (o al menos bien justificado) para proteger a la sociedad de los tipos de desastres que resultarían de la anarquía. El Estado no podrá forzar a la gente a cooperar con medidas dañosas o inútiles, o medidas para las que no tenemos buenas razones para considerarlas eficaces. Ni tampoco podrá el Estado extender el ejercicio de la coerción para perseguir cualquier objetivo que se le antoje deseable”.[1]

Huemer propone que consideremos en todos los casos si una acción por parte del Estado sería justificada si esa misma acción la realizara un agente privado cualquiera. O sea, lo relevante para dirimir la legitimidad o no de una acción no es quién la hace, sino por qué la hace. El Estado no tiene carta blanca para llevar adelante cualquier acción por el mero hecho de ser el Estado. Y podríamos añadir que las acciones del Estado deberían someterse a un análisis incluso más riguroso que la de los privados, por el sólo hecho de que en la actualidad existe en la mente de la mayoría de la gente precisamente una tácita sacralidad del Estado. Al respecto, Huemer menciona el lenguaje de doble estándar que se aplica a la misma acción según el agente (impuesto-robo/estafa, encarcelamiento-rapto, guerra-terrorismo, etc.). Es por esta aceptada noción del Estado como árbitro final que el riesgo de caer en excesos sin oposición es en ese caso aún mayor.

Mucho más razonable parece ser juzgar la legitimidad de la conculcación de libertades no según el agente que la lleve a cabo, sino por consideraciones propias de la motivación de dicha conculcación. En un próximo artículo analizaremos cómo encajan los principios de libertad personal y de propiedad en dicho juicio, y veremos cómo, a pesar de las dificultades que presentan, estos son más fundamentales que la autoridad política.

Humano, ¿demasiado humano?

En tiempos de emergencia las libertades se vuelven más vulnerables. La premura puede fácilmente inducir a clamar por soluciones autoritarias que podrían significar costes mayores. En este contexto, el pensamiento crítico no puede suspenderse, sino que, muy por el contrario, cobra más importancia que nunca. Es evidente que el personal sanitario está en la línea de fuego, acompañado muy de cerca por una segunda línea de trabajadores que mantienen las infraestructuras básicas. Detrás de estas urgencias, la intelectualidad también debe hacer sus aportaciones con celeridad, creatividad, y valor. Parte de su función es la de auditar los excesos injustificados, con el fin de procurar soluciones eficaces al menor costo posible.

El camino posterior al que nos apunta esta crisis es más difícil de vislumbrar. Cabe incluso la posibilidad de que el sentido común que subyace a la moral esté sufriendo cambios. De ser así, significaría que algo en el ser humano está cambiando de manera esencial. La amenaza distópica no sería entonces la de los robots que se liberan del control de los humanos, sino la de los seres humanos que se robotizan al ir perdiendo la valoración de su propia libertad. Esta figura literaria del humano-robot como eslabón de un sistema aceitado es viable sólo con un cambio de paradigma teleológico: el ser humano dejaría de ser el fin de los sistemas políticos, económicos y sociales, y sería reemplazado por alguna otra entelequia, acaso desconocida.

Este último escenario ciertamente pondría en jaque los ideales libertarios y anarquistas, incluso al punto de amenazar con relegarlos a una etapa histórica ya superada. Si los humano-robots carentes de pensamiento crítico constituyen o no el espécimen más apto a la supervivencia en un mundo aceleradamente globalizado es algo que hoy no podemos saber con certeza. Pero, en rigor, para aquél que no se autodientifique como un humano-robot irreflexivo –y esto incluiría a cualquiera que suponga poseer la capacidad del pensamiento crítico-, esto es irrelevante. La advertencia de los riesgos del tecnototalitarismo está dirigida a otros humanos que suponemos tienen la capacidad de reflexión pero que no se están percatando de la amenaza. Visto desde esta perspectiva, los ideales de libertad no provienen entonces de pensamientos fortuitos, sino que constituyen una de las dimensiones esenciales de lo que significa ser humano.

[1] https://www.econlib.org/archives/2013/01/the_problem_of_1.html