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Desafíos al Estado de derecho (VIII): el cibercrimen

En entregas anteriores hemos estado analizando los rasgos de los sistemas jurídicos actuales y las soluciones que, desde el liberalismo, se ofrecían a muchos de los problemas que surgen en el seno de dichos sistemas. En la presente entrega vamos a centrarnos en analizar las características básicas de las nuevas formas de organización criminal.

Históricamente, los delincuentes siempre han integrado en sus métodos delictivos los últimos avances tecnológicos, aprovechándolos en beneficio propio. Por la propia naturaleza de su actividad, los delincuentes siempre han destacado por saber manejarse, como pez en el agua, en entornos de incertidumbre; así, el operar al margen de la ley les obliga a una capacidad de adaptación constante y a una innovación permanente para superar los obstáculos que se les plantean -obstáculos, en muchos casos, de vida o muerte-, y satisfacer las últimas demandas, confesables o no, que surgen en el mercado. Lo mismo ocurre con los delincuentes que utilizan las oportunidades delictivas del mundo digital.

Muchos tenemos todavía la imagen de piratas informáticos de no más de treinta años, metidos en su habitación y comiendo pizza mientras desafían los sistemas de seguridad de grandes empresas u organismos estatales, en muchos casos, por el simple prurito de demostrar su capacidad. La realidad ha cambiado, los hackers se han profesionalizado, “trabajan” dentro de redes amplias y colaboran y comparten los beneficios de sus actividades delictivas; así, según estudios recientes, el 80 % de los hackers trabaja en grupos de delincuencia organizada. Pero se trata de “asociaciones” temporales (en muchos casos, sólo por “proyectos”, de forma que, una vez perpetrado, el grupo se desintegra para agruparse posteriormente -los mismos o con otros- para acometer el siguiente asalto), con formas de integración poco definidas y cambiantes, que, unidas a la falta de fronteras en la red y al anonimato de los miembros (incluso para la propia “organización”) hacen que su control resulte muy complicado.

Se trata de estructuras generadas, en muchos casos, de manera espontánea, pero que utilizan muchas de las técnicas empresariales más desarrolladas. Como señala Goodman en Los delitos del futuro, las nuevas organizaciones criminales surgidas y que trabajan a través de la red utilizan a un personal altísimamente cualificado, tarificaciones freemium (que les permite adaptarse mejor a las necesidades y gustos de sus “clientes”), ludificación (como forma añadida de retribuir a los “colaboradores”, que no trabajan sólo por dinero, sino también para alcanzar otras satisfacciones), proveimiento participativo (es decir, la externalización de todas o parte de las acciones necesarias para cometer un delito, utilizando para ello a una multitud de personas -y/o, simplemente, la capacidad de sus dispositivos- que, en muchos casos, ni siquiera son conscientes de que están participando en él), micromecenazgo (como nueva forma de financiación del crimen), motores de reputación dentro del propio hampa digital (que sirven para solucionar problemas de información e incentivos: es un gran elemento de marketing para facilitarle la elección al cliente del producto ilegal, como mecanismo con el que satisfacer el orgullo del criminal y como mecanismos para seleccionar el personal de la siguiente acción), fabricación justo a tiempo, formación en línea (muchos hackers aprenden de manera autodidacta aprovechando la ingente cantidad de material “educativo” existente en la red) y grupos de gestión de proyectos distribuidos en busca de la larga cola de víctimas de delitos alrededor del mundo... y todo mientras circulan por la Internet Profunda (también conocida como Internet Invisible o Dark Web). Son capaces, además, de cometer sus acciones criminales a gran velocidad, en gran número de países al mismo tiempo, implicando a cientos o miles de personas desconocidas y que no se conocen entre sí, para desaparecer antes incluso de que los perjudicados hayan detectado el problema. De hecho, internet facilita la posibilidad de obtener ingentes beneficios a base de ejecutar operaciones de escasísimo importe, perfectamente “automatizables” y de difícil detención y, por tanto, escaso riesgo.

Hasta la fecha, uno de los cuellos de botella principales era la falta de “personal” para poder blanquear las ganancias derivadas de las actividades delictivas, ya que este tipo de “empleados” no pueden, por la naturaleza de su actividad, trabajar en el anonimato, con lo que deben facilitar su identidad verdadera. Aún así, la capacidad de adaptación y de innovación de los criminales es encomiable, y la velocidad a la que sortean los obstáculos que les van surgiendo, tremenda… Y es que, como, como decía Chesterton, el delincuente es un artista que crea, mientras que el detective es sólo el crítico.

Comentarios

Potón

¿Y cómo castigará el Estado a los cibercriminales? ¿Obligándoles a navegar usando Windows Millenium? Me dan escalofríos solo de pensarlo. ¡A qué nuevas cotas de crueldad llegará el Estado!

Saludos

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