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Despertar

Ninguna especie animal tiene su supervivencia garantizada; sus miembros deben salir periódicamente de su guarida para enfrentarse a un mundo terriblemente hostil, so pena de perecer. Incluso la vida de quienes se quedan a cubierto pende de un finísimo hilo: de la solidaridad y de la pericia -de la suerte, al fin y al cabo- de quienes tienen que volver.

Para el hombre, sin embargo, acumular días había dejado de ser un logro del que congratularse, al menos en amplias zonas del planeta; actuábamos como si la vida fuese un derecho garantizado, y la muerte, una circunstancia cruel -y absurda- que no iba con nosotros. Las ciudades -sus murallas- en el más amplio sentido cambiaron nuestra forma de pensar, brindándonos una aparente invulnerabilidad, infalible, delirante e irreal.

De todos los sueños uno despierta. Aún somnolientos, descubrimos que los peligros siguen siendo -como siempre- infinitos, imprevistos e invisibles la mayor parte de las veces; las ciudades, que antaño fueron nuestro escudo, son ahora nuestro foco de aprensión; el riesgo de permanecer cada mañana en el confort de la cueva es un lujo que no podemos permitirnos y la muerte, por mucho que la televisión quiera ocultarla, es algo inseparable que camina con nosotros.

Cuando permanecíamos acurrucados, mecidos por un letargo tan fantástico, la forma de vivir poco importaba, mientras nadie nos sacase del sopor dulce y tranquilo. La sacudida, sin embargo, ha sido demasiado brusca; oceánico el vacío descubierto, de pronto, a nuestros pies; terribles el asombro, el estupor y la inquietud que galvanizan, poco a poco, nuestro espíritu. Hemos vuelto a sabernos humanos, pero después de habernos creído dioses. Ese recuerdo -aunque soñado y falso- reverberará, espero, largo tiempo en nuestra mente, y su añoranza movilizará a muchos que prefieren malvivir a ser esclavos.