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Destruyendo los mercados bursátiles (y II)

En el artículo del mes pasado se explicaba el importante papel que desempeñan los mercados bursátiles en una economía compleja. Se puede resumir en que permiten canalizar los ahorros hacia aquellas actividades que demanda más la sociedad, esto es, que más necesita. Y ello es así porque dotan de liquidez a unos activos, los activos industriales de la estructura productiva y aumentan así su atractivo para todos los inversores.

Decíamos, pues, que el papel fundamental de las Bolsas es el de discriminar sectores y empresas alineados con las preferencias presentes y futuras de la gente, de aquellas que no lo están. En caso de que no sean capaces de cumplirlo de forma satisfactoria, se pone en riesgo la afluencia de los recursos a los sitios donde son más valorados. En suma, nuestra sociedad necesita que las Bolsas funcionen y lo hagan bien.

La cuestión es que desde el comienzo de la crisis, las Bolsas parecen haber perdido esta capacidad de discriminar. Todos los sectores y empresas suben y bajan simultáneamente ante los acontecimientos que se suceden. Son rarísimas las excepciones, y muy limitadas en el tiempo. Y, sin embargo, si se reflexiona sobre ello, lo normal sería que las expectativas sobre cada sector y empresa fueran distintas, y no similares. Lo normal es que en cada sesión bursátil unas empresas bajaran y otras subieran, no que todas se movieran en el mismo sentido.

Por ser más preciso, en un mercado libre, sí es posible imaginar acontecimientos que podrían afectar en el mismo sentido a todos los valores y sectores cotizados. Por ejemplo, el terremoto de Japón posiblemente redujera el valor de todas las empresas japonesas. Pero son claramente acontecimientos excepcionales.

En cambio, si el mercado está intervenido mediante un monopolio legal de emisión fiduciaria, las probabilidades de que el emisor no se discipline y se genere un ciclo económico según la teoría económica austriaca son muy elevadas. Si se produce, entonces sí tiene sentido una subida o una reducción generalizada del precio de las acciones, en las respectivas fases expansivas y recesivas del ciclo. En la expansión de la burbuja, la gente piensa que todos los sectores económicos tienen un gran futuro; cuando explota, la gente no discrimina tampoco, y como hay "crisis" a todas las empresas les va a ir mal.

Así pues, se puede atribuir una variación generalizada de los valores bursátiles a lo que eufemísticamente se llama "política monetaria". Lo que pasa, por tanto, es que en la fase expansiva la inyección de nuevo dinero es en parte dirigida a las Bolsas (¿qué mejor sitio para que el primer receptor del dinero invierta?) y por eso suben todos los títulos; en la fase recesiva, y al cesar el flujo de dinero, se tiene que corregir el precio excesivo para ajustarlo al valor que tenían los títulos, y que no varió como consecuencia de la inyección de dinero.

Pues bien, los sobresaltos bursátiles a los que empezamos a acostumbrarnos parecen tener también relación con este tipo de actuaciones gubernamentales. ¿Cómo puede ser que un día los inversores lo vean todo color de rosa, y al día siguiente todo terriblemente oscuro? No tiene demasiado sentido.

Alguien argumentaría diciendo que lo ven todo rosa cuando los gobiernos anuncian nuevas medidas para salir de la crisis; pero al poco tiempo se dan cuenta de que esas medidas no van a funcionar, y vuelve a caer la Bolsa. Francamente, no creo que ningún analista financiero serio piense de verdad a estas alturas de la película que esas medidas, como creaciones de fondos diversos, ampliaciones de líneas de crédito o bajadas del tipo de interés, son la solución a los problemas económicos, aunque sea por unas horas.

Creo que la realidad es mucho más prosaica: los vaivenes violentos de las Bolsas se deben simplemente a las inyecciones monetarias que los gobiernos anuncian un día sí y otro también. Y eso es todo. Solo hay que ver las Bolsas el día que se espera una decisión gubernamental: los índices parecen muertos, inciertos hacia dónde dirigirse. Hasta que se anuncian las nuevas medidas, momento en que el patrón es muy sencillo: si se va a dar más dinero público a los bancos o los Estados, las Bolsas suben, y si no, bajan. Y así sigue: mientras algún banco central mete dinero al sistema, sigue la subida; en cuanto cesa la inyección, trastazo al canto.

Por ello, ahora mismo, las Bolsas han dejado de cumplir su importante misión social. Los inversores (sean quienes sean) no están pendientes de si un sector o una empresa tiene futuro. Lo único que les preocupa es en qué momento se inyectará más dinero al sistema. Lo que antes era un "ruido" en el comportamiento de cada valor (la intervención del gobierno), ahora parece corromper completamente la señal, hasta el punto que los desempeños concretos de cada empresa no afectan al valor bursátil. En otras palabras, da igual lo que haga la empresa, su valor bursátil está más afectado por lo que los economistas típicos llaman variables macroeconómicas.

En estas condiciones, ¿dónde están los incentivos para que las empresas cotizadas mejoren su desempeño? La Bolsa no va a recoger sus iniciativas. O, si lo hacen, quedarán completamente ocultas tras los efectos de la última decisión de Angela Merkel, Obama, o Draghi.

Y, si miramos desde la perspectiva de los inversores, ¿merece la pena hacer el esfuerzo que exige discriminar entre empresas? Si la situación de crisis prosigue en el tiempo y las variaciones en Bolsa se deben a los bandazos imprevisibles de los gobiernos, ¿tendrá sentido aplicar el "value investing"? Más aún, si los valores de los títulos dependen solo de dichas voluntades políticas, como digo imprevisibles, ¿qué inversor se atreverá a invertir en Bolsa a menos que tenga información privilegiada sobre lo que va a hacer el político?

En resumen, se trata de otra pincelada más, oscura también, al panorama económico que nos deja esta recesión. Sus consecuencias, imprevisibles, pero seguro que nefastas para los individuos.