Usted está aquí

Dominando nuestro cerebro

En un artículo anterior hablábamos de lo rápido que se están produciendo los cambios en las áreas de inteligencia artificial, big data y computer lerning, y de las increíbles -e imprevisibles- consecuencias que ello tendría en el desarrollo económico y social. Algunos, en los comentarios que hicieron al artículo, manifestaban su desconfianza en que todos esos cambios, de los que se lleva hablando décadas, fuesen a llegar alguna vez. Las noticias, sin embargo, demuestran, día tras día, que una parte importante de la tecnología necesaria para dichos cambios ya está ahí, a nuestra disposición, y sigue avanzando y, sobre todo, que los cambios van a ser todavía mucho más profundos de lo que nos imaginamos. Cierto es que no se puede precisar el tiempo necesario para que los introduzcamos en nuestro día a día.

En el campo del derecho, por ejemplo, en el último mes han surgido dos noticias que permiten intuir la radicalidad de los cambios que se están gestando: un equipo de investigadores de la Oficina Nacional de Investigaciones Económicas de Estados Unidos (NBER, por sus silgas en inglés),  por ejemplo, ha desarrollado un algoritmo que predice, con mayor exactitud que un juez, la probabilidad de que un acusado se fugue durante la instrucción de su procedimiento y antes de que se dicte sentencia. Muchas de las decisiones que toman los jueces se basan en “el sentido común” y “la experiencia”, que no son otra cosa sino el conjunto de datos que la persona -el juez- ha ido acumulando a lo largo de su vida y que le permiten, a través de la capacidad del cerebro de elaborar patrones, hacer predicciones más o menos certeras sobre el futuro. Evidentemente, una máquina capaz de manejas ingentes cantidades de información podría, con muchísima más precisión, y evitando los sesgos y condicionamientos propios del ser humano, hacer esas mismas predicciones con unos resultados mucho mejores.

Pero es todavía más llamativo el estudio publicado por la Revista PNAS (“Proceedings of the National Academy of Sciences”), en el cual se explica cómo un conjunto de científicos consigue, a través de imágenes cerebrales, obtenidas con escáneres avanzados e inteligencia artificial, determinar el grado de consciencia que tiene un sujeto al realizar una acción. Al parecer, y según este estudio, el estado neurológico de un sujeto no es el mismo cuando realiza una acción siendo consciente de su ilicitud que cuando realiza esa misma acción sin ser consciente de su ilegalidad. La conclusión es, por tanto, no sólo que la sensación de culpabilidad tiene su reflejo en estados neurológicos concretos -algo que se podía intuir sin necesidad del estudio-, sino que dicha “culpabilidad” puede percibirse por un agente externo. La utilidad de dicho descubrimiento, una vez se desarrolle, será tremenda, facilitando de manera evidente la difícil tarea que tiene el juzgador de terminar, tanto en el ámbito penal, como en el civil o el administrativo, el grado de culpabilidad del sujeto que actúa, su buena o mala fe, la existencia de culpa o negligencia, etc.

Una consecuencia inmediata de dichos avances es no sólo que pueden facilitar de manera muy importante las labores del juez o de los abogados, sino que pueden suponer su sustitución por meros ordenadores. Al final, las pruebas se van a acabar basando, exclusivamente, en los datos suministrados por instrumentos, GPS etc., y por los resultados que arrojen los algoritmos que se vayan desarrollando para procesar dichos datos. Cuando ello ocurra, un ordenador será quien mejor pueda, de una manera más imparcial y precisa, sopesar dichas pruebas y dictar un veredicto. Nos gustará o no, pero la realidad es esa. El ser humano no es infalible; y si se demuestra que un ordenador puede ser menos falible que un juez, no veo razón para que no sea el ordenador quien imponga una pena o solvente una controversia entre particulares.

Pero las posibilidades que nos permiten vislumbrar dichos experimentos son todavía más amplias. Dado que la sensación de culpabilidad está relacionada con un determinado estado mental, si cambiamos artificialmente, y a través de la química, ese estado mental ¿podemos también cambiar a nuestro antojo la sensación de culpabilidad del sujeto al realizar una acción concreta? ¿Bastará con darle una pastilla a un criminal, en lugar de tener que meterlo en la cárcel, para garantizar que no vuelva a cometer un delito determinado? Y si eso lo extrapolamos a otros ámbitos: ¿acaso los sentimientos de amor, compasión, odio, envidia, celos no son, posiblemente, estados neurológicos específicos, determinados y medibles? ¿Y el tesón o la apatía, la constancia o la dejadez o la indolencia? ¿Llegará un momento en el que podamos ser casi como queramos en función de la pastillita que nos tomemos en cada instante?  Si nuestros padres, por nuestro bien y por el suyo, pasasen a educarnos a través de pastillas desde nuestra más tierna infancia, dados sus buenos resultados ¿no seríamos mejores, más sociables, más eficientes, más útiles para los demás? ¿Dónde quedaría nuestra libertad? Aunque, si nos dejan libres, y sin depender de las pastillas, ¿no tendremos una desventaja competitiva clara respecto del resto de congéneres?