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¿Dónde está la burbuja que no estalla?

Ya no hay duda de estábamos viviendo en una burbuja, sobre todo porque ha estallado. El primer indicador, que siempre precede a la depresión, es la Bolsa. Estos mercados son posiblemente los más eficientes en la sociedad, por lo que son los que mejor anticipan el devenir de la economía. Los gobiernos se han estado guiando por estos indicadores para tomar sus acciones, como si la solución a los problemas de la crisis se pudiera conseguir corrigiendo los indicadores.

Se está viendo que no es así. En algún momento, los mercados bursátiles tocarán fondo. En ese momento, significará que los inversores consideran que esa es la nueva valoración de las empresas cotizadas, a la luz de sus expectativas en el ajuste de la riqueza del futuro. Cuanto mayor sea la caída de las Bolsas, mayor será el ajuste necesario de la riqueza nominal (el dinero falso) a la riqueza real, y más dura será la depresión. En cuanto a la duración de ésta, dependerá de la capacidad de ajuste de los individuos a la nueva situación, así como de su capacidad de emprendimiento para buscar formas de mejorar la calidad de vida. En definitiva, la duración del ajuste depende de la regulación.

Dicho todo esto, la gran cuestión es ahora identificar aquellas actividades o bienes que pensábamos que eran riqueza, pero que no lo son, o, al menos, no en tanta medida. En una primera aproximación, se podría pensar que la Bolsa nos puede aportar información sobre este aspecto. Y así es, lo que pasa es que circunscrito únicamente a actividades cotizadas.

Así como para medir el ajuste necesario para la economía la Bolsa puede resultar un buen predictor (basta extrapolar) no es tan válido para identificar burbujas, pues muchos sectores económicos están fuera de su alcance. Entre ellos, las actividades del Estado.

Ya hemos visto que hay un fuerte ajuste en inmobiliarias y constructoras: hemos sobrevalorado los inmuebles, y ahora hay que ajustar su valor a la riqueza real. También nos hemos dado cuenta de que el sector financiero, empezando por los bancos de inversiones, estaba realizando actividades sobrevaloradas, y se ha de proceder a su ajuste al valor real.

Pero, ¿termina aquí el ajuste? ¿Quedan por ahí actividades sobrevaloradas que se han de ajustar a la nueva realidad? Por ejemplo: el sector turístico y de restauración: ¿estábamos pagando demasiado por comer por ahí, o irnos de vacaciones? O son las telecos: ¿a quién se le ocurre pagar eso por llamar por teléfono, ver la tele o conectarse a internet? ¿Tal vez los coches?

Muchas de estas actividades probablemente tendrán también que ajustarse a la nueva realidad, aunque no sabemos todavía si están o no sobrevaloradas (su sobrevaloración implica que creíamos que eran más riqueza de la real).

Ahora bien, hay unas actividades económicas que indudablemente están sobrevaloradas, como bien nos enseña la teoría económica, y, en concreto, Rothbard en su The Power and the Market. Se trata de las actividades del Estado (entiéndase, administraciones públicas en general).

Como bien sabemos, son actividades que no están regidas por la valoración del mercado; por tanto, no sabemos realmente cuánto valen. Sin llegar al extremo de Rothbard que, directamente, las califica como desperdicio (waste), sí que me atrevo a decir que están muy sobrevaloradas. Su riqueza real supone, quizá, menos de un 10% de la aparente. En una fase de depresión como la actual, estas actividades tendrían que ajustarse brutalmente. Posiblemente, son las que un mayor ajuste precisan.

Sin embargo, son precisamente las más rígidas al ajuste. Los gobiernos no van a ajustarse a las nuevas condiciones, como están demostrando sus continuas declaraciones de intenciones. Vamos a seguir teniendo multiplicidad de actividades sin valor y vamos a tener que pagar por ellas un precio que no tienen. Van a consumir una riqueza para dar lugar a una ilusión.

Si aquí acabara la historia, no habría mayor problema. Las restantes actividades sobrevaloradas se ajustarían a la nueva valoración del mercado; las justamente valoradas se quedarían como están; y las estatales se mantendrían sin afectarnos demasiado.

Pero, por desgracia, el ajuste a la riqueza real es inevitable. El forzoso mantenimiento de actividades de valor irreal como las de la administración pública desperdiciará parte de la riqueza real, forzando un ajuste más severo en actividades que sí la constituyen. En esencia, nos hará la fase de depresión aún más dura.

Rothbard decía que tenemos tantos pobres como podemos permitirnos. ¿Cuántas actividades estatales nos "podremos" permitir en esta crisis?