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Dos formas de entender las innovaciones

El panel del FMRS Madrid 2016 dedicado a la ‘innovación y el mercado como inspiradores (y, si se me permite, constructores) del futuro’ puso sobre la mesa dos formas de entender las innovaciones.

Dentro de las disrupciones, podemos identificar dos clases: las tecnológicas y las institucionales. Las primeras de ellas las ejemplifica a la perfección el entusiasta futurista José Luis Cordeiro (Singularity University). La segunda, la encontramos en Yuri Fernández (Uber).

Y entre estos dos personajes, introduciré a un tercero, Peter Thiel, quien nos ayudará a interpretar esas dos formas de entender la innovación complementarias, pero disparejas.

José Luis Cordeiro pone el énfasis en los cambios tecnológicos que se nos echarán encima de aquí a 30 años gracias al desarrollo de áreas como la biotecnología, nanotecnología, robótica, inteligencia artificial. Esta aceleración de las innovaciones, que llevaría a una explosión en su aparición difícilmente asimilable por nuestra mente, estaría auspiciada porque los crecimientos en la economía estarían siendo exponenciales y no lineales. Nuestra mente, aparentemente, está preparada para asumir como lógica la linealidad, y no tanto para entender los crecimientos exponenciales.

Huelga decir que para que este modelo de crecimiento se materialice se requieren una serie de factores institucionales favorables. Por ejemplo, los mercados han de ser extensos (hiperextensos) tanto por el lado de la oferta (para aprovechar la creatividad creciente de aquellos que se incorporan a la red del mercado global) como por el lado de la demanda (consumidores que harán rentables las economías en red o de escala que se ponen en marcha en las compañías tecnológicas). Esto, desde luego, no se puede dar por seguro, pues depende de la voluntad del poder político, burocrático y ciudadano.

El tipo de disrupción que en este caso nos describe Cordeiro es fundamentalmente de tipo tecnológico, como vemos. Nos topamos ante grandes cambios tecnológicos que alargarán nuestra vida, facilitarán enormemente el transporte de mercancías o personas, abaratarán la energía de forma agigantada, generarán alimento, a veces sintético, con propiedades nutritivas a bajo coste, etc. Y además estas tecnologías nos aportan, y nos aportarán aún más, gran autonomía de acción y, por tanto, “capacidad de hacer”. Esto es, del lado de la oferta, como personas productoras creadoras, lo escaso dejarán de ser los bienes materiales, y sí las buenas ideas a implementar, siendo el conocimiento a día de hoy el motor real de la economía.

En términos de Clayton Christensen, estas disrupciones, que tildaríamos de innovaciones de nuevo mercado, se plasman en nuevos productos que configurarán nuevos sectores desplazantes de los viejos sectores asentados. De ahí, por cierto, la animadversión de mucha gente al mercado libre: nadie nos garantiza que nuestra especialización tendrá valor durante toda nuestra vida activa. Lo más probable es que ésta vaya perdiendo valor con el paso del tiempo y la llegada de personas que ponen en marcha innovaciones desplazantes.

El inversor en compañías de nuevo cuño (startups) Peter Thiel siente pasión por este tipo de innovación radical, que sistemáticamente rompe con viejas formas de ofrecer servicios al público. Su pasión no radica (sólo) en que él se mueva en el entorno Silicon Valley, habiendo sido uno de los fundadores de paypal o de los primeros inversores de Facebook, sino en que teme lo opuesto a Kurzweil o Cordeiro: que el ritmo de innovaciones no sea lo suficientemente rápido como para atender a las necesidades salariales crecientes de las clases medias.

El computador personal sería un ejemplo de este tipo de innovación tecnológica rompedora, como también la telefonía móvil (y luego la “inteligente”) o la electricidad o el automóvil en su día. Que en algún momento no muy lejano del futuro podamos tener medicina preventiva en casa (máquinas que evalúen nuestro estado de salud) a muy bajo coste, precisamente gracias a la libertad del mercado, sería otro ejemplo de disrupción de nuevo mercado que vendría a sustituir en parte al gigantesco monopolio del sistema público de salud. En verdad, aunque no se resalta las suficientes veces, el Estado crea monopolios puros sin pudor, mientras al mercado se le vigila con lupa. Es el caso de la salud, un campo en el que las próximas disrupciones de nuevo mercado previsiblemente deberían estar entrando. Y aquí reside el problema, según nos advierte Thiel, de los límites a la innovación: en la regulación estatal y la firme reacción contra la innovación de aquellos burócratas, funcionarios, grupos de presión e interés que se revuelven ante cualquier atisbo de cambio en su sector. Él mismo pone como ejemplo paradigmático que la vacuna de la polio hoy día seguramente no se habría aprobado por la influencia de la FDA americana en el eterno proceso de aprobación de medicamentos.

Las próximas innovaciones tecnológicas disruptivas (al estilo Kurzweil o Cordeiro) supuestamente se van a mover, entre otros, en el campo de la salud o la energía, áreas fuertemente reguladas en las que existen poderosos grupos de presión que se resisten a cambios que alteren su statu quo. Entre estos, los propios servicios nacionalizados como la educación o la salud, donde la competencia y la libertad brillan por su ausencia. En este contexto, no hablamos de libre mercado, hablamos de otra cosa: mercantilismo y burocracia rampante. Habrá que ver en qué quedan esos crecimientos exponenciales ante el poder omnímodo del Estado.

José Luis Cordeiro, ante esta pregunta, vaticinaba que estas disrupciones podrían llevarse a países como India u otros países asiáticos, o a la propia Israel (segundo país más innovador del mundo).

Yuri Fernández, por su parte, incidía en hacer más eficiente el uso del stock automovilístico en las grandes ciudades. Su visión de las innovaciones, pues, no reside en imaginar algún medio de transporte novedoso (volador, por ejemplo) que simplifique la comunicación dentro de la ciudad, o tampoco propone algún tipo de comunicación virtual (hologramas) a través de los cuales la presencia física no sea tan imprescindible en un gran número de ocasiones y el centro de la ciudad no se torne tan esencial.

La suya, la de uber y todas las compañías propias de la sharing economy (o economía colaborativa), más bien es una disrupción de tipo institucional, del tipo al que nos referíamos en la clasificación inicial de este artículo. Es la aplicación de algún modelo de negocio que haga más eficiente la provisión de un servicio que antes se realizaba de forma centralizada por empresas con grandes economías de escala. Ahora estas compañías tipo Uber crean “el mercado”, esto es, la red en la que compradores y vendedores, de forma virtual, se encuentran y comercian, y ellos obtienen una comisión. Eso es precisamente EBay, quien sería pionero en este modelo de negocio.

Por supuesto, se trata de innovaciones disruptivas también, pero hijas de mercados extensos, muy bien conectados (internet y telefonía móvil), para los que se aplica alguna innovación en la forma de organizar los recursos y tecnologías, pero no tanto se idea un producto final radicalmente opuesto al hasta entonces estándar. De hecho, las unidades vendedoras en Uber o Airbnb utilizan de forma más eficiente su activo fijo ya existente (un garaje reconvertido en casa para alquiler, por ejemplo). De acuerdo con Christensen, estas innovaciones son también de nuevo mercado: se abre la oferta a públicos que antes no ofrecían esos servicios (productores) o la demanda a quienes no hacían uso de ellos (consumidores), como sucede con el transporte de pasajeros. En tal caso, los consumidores pasan a emplear Uber, por ejemplo, y no el autobús; pero también se crea un mercado del lado de la oferta, pues pasan a ser oferentes nuevos conductores de coche o arrendadores de vivienda. Fundamentalmente, a efectos de las diferencias que queremos destacar aquí, estas también son low-end disruptions (de nivel bajo). La clave en estas disrupciones de nivel bajo reside en hacer más eficiente el uso de recursos o tecnologías, la mayoría de las veces ya descubiertos, de ahí que sea innovación de tipo institucional. Para verlo con un ejemplo, el primer automóvil es una disrupción de nuevo mercado (se crea un mercado de la "nada"), mientras que el sistema de producción "just in time" de Toyota es una disrupción de nivel bajo gracias a la modularización en la producción y la computación. Lo normal, por cierto, por la evolución propia de los sectores, es que una vez entra un nuevo mercado "puro" (automóvil), este vaya mutando con todo tipo de mejoras de producto e innovaciones de nivel bajo. Continuará así hasta que sea sustituido por una nueva tecnología de nuevo mercado: vehículos terrestres autopilotados, vehículos voladores o lo que acabe surgiendo.

No es de extrañar que mejoras en el uso de activos fijos como esta de Uber, Airbnb, Blablacar u otras sean hijas de la recesión. La eficiencia es relevante y son muy lucrativas -o una vía de escape- para gente desempleada, para sus usuarios y para sus propios promotores.

Las innovaciones gordas, las que le gustan a Thiel o a Cordeiro, deberán darse en nuevos materiales, nuevas fuentes de energía, nuevas formas de comunicación, máquinas inteligentes, generación de órganos humanos, medicina, nutrición o alimentación, entre otros. Una vez descubiertas, a partir de mejoras sucesivas y disrupciones de nivel bajo, además podrán hacerse paulatinamente más baratas y abundantes para la población. Para ello, se necesita que haya mercados grandes, que no se pongan límites legales a la competencia (como hace el Estado con la regulación) y que haya libertad comercial (fuera el mercantilismo y la protección). Sólo ello propiciaría una más rápida rentabilidad de los proyectos empresariales, cuya contraparte no es que las “compañías son cada vez más ricas”, sino que al existir un mercado más extenso, se aprovechan las economías de escala mejor y se pueden reducir precios antes, máxime en entornos altamente competitivos y con unos costes marginales hoy día (a través de internet) tendentes a cero. Además, ese mismo mercado grande y extenso permite involucrar en el proceso de creación del mercado a una red de conocimiento y creatividad cada vez más amplia (lo cual parece condición muy importante para el crecimiento exponencial de Kurzweil-Cordeiro).

Las recesiones no dan lugar sólo a innovaciones de nivel bajo como la de Uber, sino también al éxito de ideas que se plasman en los Podemos de turno. Ese es el temor de Peter Thiel y de muchos que desearíamos albergar el optimismo de Cordeiro.