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Economía Política en tiempos de populismo

La crisis del coronavirus ha contribuido a fortalecer el trincherismo político y a dotar de una inestabilidad sin precedentes desde el siglo pasado al escenario político español y europeo. Esta situación también ha supuesto un agravamiento de ciertas tensiones geopolíticas ya presentes, como es el caso de las fricciones comerciales entre EE. UU. y China, el rol de Rusia en el escenario político y económico global o las disputas entre países miembros de la UE. Todo ello presenta un idóneo caldo de cultivo para que los políticos populistas -de ambos extremos del espectro- traten de capitalizar la tensión, la inestabilidad, la inseguridad y el sufrimiento. Para evitar que esto suceda, debemos lograr que el inevitable shock económico derivado de la crisis de la covid-19 derive en un shock político de magnitudes aún mayores, y repercusiones, no sabemos si más graves, pero sí mucho más inciertas. Por lo tanto, al igual que analizamos las debilidades estructurales de las diferentes economías y el punto de partida de las mismas a la hora de encarar la ya mencionada crisis económica, debemos analizar también las debilidades estructurales en el plano político de los principales países e instituciones supranacionales.

En plena marea populista, el liberalismo debe defender con ahínco sus principios más básicos y exhortar a la ciudadanía a involucrarse en la defensa dialéctica de una sociedad libre, de individuos soberanos y responsables. Debemos ser capaces de analizar los peligros políticos que asolan hoy día para lograr ejercer una defensa eficiente y eficaz de la libertad desde todos y cada uno de los flancos. Las manifestaciones de un neopopulismo nativista, autárquico, proteccionista y aislacionista nos plantean nuevos y acuciantes retos en la defensa de la libertad. Los liberales hoy día nos encontramos entre la espada y la pared. Entre la espada de un socialcomunismo que gobierna y campa a sus anchas por nuestro país; y la pared, un nacional-populismo retrógrado y proteccionista que quiere hacernos creer que la globalización fue un gran error y que en una sociedad autárquica viviríamos mejor. Ambos fenómenos políticos han de ser combatidos. El liberalismo político, y, por ende, económico, ha de generar su propio espacio en esta nueva batalla de las ideas que se abre en la tercera década del siglo XXI. No debemos permitir que Hobbes prevalezca sobre Locke.

La revolución populista no es un fenómeno novedoso que haya germinado a raíz de la crisis de la covid-19. Esta última únicamente está contribuyendo cual enzima a catalizar su desarrollo y fortalecer sus bases discursivas, a la vez que fideliza a base de proclamas constructivistas y sentimentalistas a un electorado que se mostraría encantado de hacer puenting sin arnés de seguridad si su líder supremo así se lo demandara. Esto no es nada nuevo, siendo un fenómeno político que lleva desarrollándose a lo largo y ancho de toda Europa desde 2007 hasta hoy día (en este siglo), y cuyo recorrido puede ser aún más largo de lo que cualquiera pueda esperar.

Pongamos algunos datos sobre la mesa. Es llamativo el caso de España, donde el apoyo al principal partido de izquierdas (PSOE) descendió de un 42% hasta un 26% en el periodo señalado, mientras el voto a la extrema izquierda se disparaba desde un 5% hasta más de un 14%. Mientras tanto, el voto al centroderecha se desplomaba desde un 38% a menos de un 22%, en las pasadas elecciones, todo ello mientras la derecha radical ganaba músculo, desde un 0% en 2007 hasta cerca de un 16% del apoyo electoral hoy en día.

Por supuesto, este no es un fenómeno ni mucho menos exclusivo de España, ya que, en otros países, como Francia, la situación es mucho más acentuada. En 2007, un 40% del electorado francés dio su apoyo al centroderecha, y cerca de un 25% a los socialistas, mientras en las últimas elecciones, el voto a la izquierda tradicional bajaba hasta un mero 6%, y los Republicanos se hundían hasta el 10% del apoyo electoral. Todo ello repercutía en favor de los extremos, recabando un 12% del voto en Francia Insumisa, y cerca de un 28% en la extrema derecha lepenista. Claro ejemplo este de que el populismo y la irracionalidad política vuelven a dominar Europa y marcan el discurso y el ritmo político con parangón -preocupante- a tiempos pasados.

La crisis del euro fue el principal aliciente para la gestación y el nacimiento de multitud de nuevos partidos populistas, o en su defecto, el refuerzo de algunos ya presentes en la escena política europea. Es llamativo el caso de algunos países mediterráneos como España e Italia, donde incluso previamente a la crisis de la Eurozona, emergieron partidos con un claro discurso rupturista desde la izquierda radical, para ser emulados años más tarde, por sus homólogos del extremo opuesto. Pero de nuevo, cabe insistir en la idea de que ni siquiera la crisis del euro abrió un escenario político completamente nuevo, sino que sirvió para reforzar movimiento políticos que en ese momento eran meros embriones y convertirlos en uno de los principales agentes desestabilizadores del escenario político europeo.

Las crisis siempre han sido, a lo largo de la Historia, un momento idóneo para el surgimiento o fortalecimiento de los discursos populistas, demagogos y homeópatas de la economía política. No es necesario caer en la falacia ad Hitlerum para demostrar empíricamente esta afirmación. Solo es necesario retrotraernos a 1972 para recordar como Ferdinand Marcos en Filipinas hizo uso de poderes extraordinarios y declaró la ley marcial para extender su mandato 14 años más de lo permitido por los límites constitucionales. O recordemos como en 1999, una crisis de seguridad forzada por el propio gobierno ruso garantizó a Putin el escenario idóneo para consumar su giro definitivo al autoritarismo. Más recientemente, en 2015, una serie de ataques terroristas fueron utilizados por Erdogan para convertir algunos poder extraordinarios y ciertas medidas excepcionales, en ordinarios y cotidianas, sin olvidar el mazazo definitivo a cualquier atisbo de libertad política que quedara en Turquía, con la polémica reforma constitucional de 2017.  Un país que afrontó la crisis del euro en una situación de partida muy similar a la que actualmente padece España, como es el caso de Grecia, causó que, en 2015, la extrema izquierda liderada por Alexis Tsipras se hiciera con el poder, alzados y respaldados por la derecha nacionalista de ANEL. Tampoco debemos olvidar el gobierno bicéfalo italiano, consumado en 2018 tras el pacto entre la Liga Norte y el Movimiento Cinco Estrellas. Como podemos observar, Europa no parte de un escenario político previo muy proclive a favorecer la libertad política y/o económica.

Tal y como destaqué hace algunos meses en un informe de investigación para Fundación Civismo acerca de las causas del populismo, los movimientos populistas no son únicamente de raíz económica, pero la terciarización de la economía y la segmentación del mercado laboral -acrecentada por la fuerte dualidad particular del mercado de trabajo español- han contribuido a agravar un discurso populista que a inicios del siglo actual daba mayor peso a las cuestiones culturales y sociales, elementos que no ha abandonado, sino complementado. Todo ello ha contribuido a generar variaciones en la estructura política, económica y social de las democracias que aún pueden denominarse liberales (abusando de la elasticidad de este adjetivo). Tristemente, las variaciones políticas y económicas han contribuido a incentivar la realización de programas políticos mucho más estatistas, colectivistas e intrusivos en la esfera de libertad privada del individuo. Partidos tradicionales han querido competir con sus respectivos extremos, tanto a nivel discursivo como a nivel programático, y esto no solo les ha hecho fracasar, sino que ha dejado huérfana una vez más la defensa de las ideas de la libertad.

Por lo tanto, cabe hacerse la pregunta de como afectará el shock económico asimétrico al presente y al futuro políticos de Occidente. No es en absoluto descartable que esta crisis acelere el cambio político en Europa y refuerce aún más la pulsión populista frente a los partidos tradicionales. Sin duda, la intensidad y la duración de la crisis económica será uno de los principales factores a explotar por parte de los políticos populistas, que trataran de capitalizar el miedo, la división y el sufrimiento. Todo dependerá, también, de como de fortalecidos salgan los partidos de gobierno en los diferentes países europeos, en consonancia con la eficiencia de su actuación durante la crisis sanitaria (y aún más importante, la percepción de esta por parte de la ciudadanía). El consenso político que observamos al inicio de la crisis de la covid-19 se ha roto completamente, no únicamente en España, sino asimismo en países como Alemania (manifestaciones contra el Gobierno), o Francia (denegación del plan de desescalada presentado por Édouard Philippe ante el Senado).

Para confirmar un supuesto fortalecimiento o debilitación de los diferentes partidos y tendencias políticas es necesario que los ciudadanos pasen por las urnas, y aquí el eje temporal influirá mucho. El ciclo electoral no funciona igual en todos los países, y mientras en muchos, no hay grandes elecciones planificadas hasta dentro de 2 o 3 años, por lo que la influencia de la gestión de la crisis de la covid-19 será menor sobre los resultados; en otros países como Alemania o los Países Bajos, los votantes tendrán que decantarse en 2021, por lo que, debido a la proximidad de estas elecciones, la influencia de la crisis sanitaria, económica y política actual será mucho mayor. Además, los cambios políticos que se produzcan tras esta crisis pueden ser mucho más rápidos que en escenarios históricos previos. Recordemos, que, tras la crisis económica de 2008, la erupción de partidos populistas y su ulterior institucionalización, no fue inmediata. A la ganancia significativa de representatividad de estos partidos le precedió un corto ciclo político de alternancia o turnismo tradicional entre los partidos de centroizquierda y centroderecha, lo cual ocasionó una fortísima crisis de representatividad política, que se manifestó a través movimientos como el 15-M, tras los cuales el tsunami populista fue imparable y supuso un ataque frontal a la libertad política y económica de todos los ciudadanos.

Tampoco podemos obviar que esta crisis política puede tener un fuerte efecto directo sobre la integración europea a nivel supranacional. Si los partidos populistas se deciden por respaldar la continuidad en el tiempo de la suspensión de algunos pilares básicos de la libertad en Europa como son la libertad de movimiento de bienes y servicios, personas o capitales, esto supondría un misil directo contra la línea de flotación del mercado interior europeo y la integridad del área Schengen. Algunos discursos favorables a la reindustrialización nacional forzada van en ese sentido, y los defensores de la libertad debemos evitarlo a toda costa.

En conclusión, los defensores de la libertad debemos dar la batalla de las ideas una vez más en defensa de la democracia política y la economía de mercado. Debemos prevenir que la democracia liberal en toda su esencia devenga únicamente en una democracia mecánica. Por ello debemos dotar al liberalismo de una fuerza moral, sustentada por los éxitos previos de sus modelos políticos y económicos. Debemos defender el legado de la mejor tradición liberal de Popper, Hayek, Aron o Berlin, todos ellos, pensadores liberales de renombre que lucharon contra los dogmatismos y extremismos polarizadores de su época. No es la misma situación, pero ello no hace que tengamos que dejar de confrontar a los admiradores de Marx, Proudhon o Lenin por la extrema izquierda, y a los seguidores Heidegger o Schmitt por el flanco radical derecho.

Siempre, en defensa de la libertad.

Referencias

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