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El alfarero y el jardinero: dos enfoques contrapuestos

En ocasiones anteriores he tratado acerca de distintas "mentalidades" o concepciones del orden social. Éstas, sobre todo una de ellas, están muy presentes en los debates más importantes de las ciencias sociales, y en la economía en particular. A la hora de encarar un mismo problema, estas dos visiones contrapuestas suelen chocar.

El pensador –mucho más que economista- Friedrich Hayek expresó con absoluta claridad y brillantez ambas posturas en su conferencia de aceptación del Premio Nobel de 1974, titulada “La pretensión del conocimiento”. El título, precisamente, describe una de estas posturas: la característica primordial del planificador o ingeniero social, de la que algunos modelos y enfoques teórico-económicos son partícipes, consciente o inconscientemente.

Esto último fue incidentalmente reflejado en el debate sobre la viabilidad o imposibilidad del cálculo económico en el socialismo, que tuvo lugar entre los años 20 y 30 entre economistas austriacos (Mises y Hayek) y otros favorables al llamado “socialismo de mercado” (Lange), quienes hacían uso de modelos neoclásicos de equilibrio general.

Frente a esta perspectiva, tenemos a los teóricos que analizan la sociedad como un orden complejo y en continuo cambio, formado por innumerables piezas, complejas a su vez. Por ello, y dado que el ser humano está lejos de la omnisciencia –y más aún de la perfección-, nadie puede acumular el conocimiento y la información necesarias acerca de ese orden como para que pueda funcionar con éxito. En esto tiene especial protagonismo el problema de la coordinación, una de las cuestiones más relevantes en economía.

Ambas mentalidades las describió Hayek muy gráficamente en su discurso del Nobel, estableciendo dos figuras: el alfarero (artesano en palabras del austriaco) y el jardinero. Mientras que el primero, disponiendo de unos determinados materiales, se afana en darles la forma que él establece con mucho cuidado y precisión, el segundo simplemente se encarga de proporcionar a las plantas un entorno favorable para su propio crecimiento. Hayek advirtió contra el uso del conocimiento social como alfarero, dado que esto podría producir más daño que bien en el orden social, independientemente de las intenciones.

Estos enfoques no son meramente ideas abstractas sin consecuencias prácticas, sino que suelen impregnar las opiniones e ideas en ciertos temas.

Pensemos por ejemplo en la cuestión de la innovación. Se suele decir que nuestro país anda muy escaso en innovación e investigación: las empresas españolas innovan poco, el gobierno dedica pocos recursos a I+D+i, la investigación no está bien considerada, etc. etc. La respuesta del alfarero a este problema consistiría en dedicar más recursos públicos a esta rúbrica, creando parques de innovación por iniciativa de los gobiernos, que participarían con capital público, etc.

Por el otro lado, el jardinero estaría más preocupado en establecer de manera adecuada el marco institucional, en este caso el referido a los incentivos y obstáculos que existen en el entramado social, económico, legal y político para la innovación: cuestiones de derechos de propiedad intelectual (¿favorecen o perjudican la innovación?), de regulaciones estatales que imponen excesivos e innecesarios costes burocráticos, del nivel de impuestos sobre las actividades empresariales, del sistema educativo, etc. Una vez se proporciona un ambiente favorable, el jardinero esperará que surjan los frutos, más tarde o más temprano.

Otras cuestiones en las que se podrían reflejar estas dos perspectivas son los problemas relacionados con el mercado laboral –si bien no existe un mercado laboral homogéneo- o el desarrollo económico, entre muchas otras. El alfarero usará sus herramientas para tomar medidas con el objetivo de “moldear” la parcela de la sociedad –incentivar fiscalmente a quienes creen empleo, utilizar la vía de la planificación para industrializarse a marchas forzadas.

El jardinero, sin embargo, consciente de las enseñanzas de Hayek, preferirá conformarse con poner las condiciones institucionales –donde, por ejemplo, el sistema legal sería clave- que permitan a los individuos, siguiendo su propio interés, utilizar su particular conocimiento y capacidades para los fines que ellos consideren más oportunos y urgentes.

El jardinero vería con mucha cautela las aparentes buenas intenciones del alfarero, quien ve la sociedad como una masa homogénea y maleable, y que antepone la colectividad a la individualidad.