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El autoritario (y a veces totalitario) mundo de la cultura

Ser parte de la cultura o disfrutar de ella no han sido actividades tan fáciles como lo son hoy en día. La cultura requiere tiempo, además de contenidos, y hasta hace relativamente poco los humanos no teníamos mucho para dedicárselo. Otras actividades, más primarias, pero mucho más urgentes y necesarias, como las de alimentarse, buscar refugio o seguridad eran prioritarias para casi todas las personas que habitaban el planeta, incluso las más poderosas. No es extraño que, desde la caída del Imperio romano, las actividades culturales quedaran ligadas, primero, a actividades religiosas (lo sagrado tiene muchísima importancia en los grupos pues los ayuda a unificarse y sobrevivir a otros) y, segundo, a poderosos que sobrevivían a sus propios conflictos y tenían intereses más “intelectuales”. Papas, cardenales, obispos, abades, califas, emperadores, reyes, nobles, emires, aristócratas, comerciantes y familias exitosas ejercieron la labor de mecenas y promocionaron a artistas que, en otras circunstancias, no hubieran tenido tanta suerte en preservar su obra. No es que no hubiera cultura popular, es que esta tendía a morir con los propios artistas populares, y la capacidad para dejar su legado a las generaciones futuras era complicada.

La Revolución Industrial, pese a que ahora esté muy maltratada por cuestiones medioambientales y sociales, es la que marca el principio de la popularización de la cultura. Una mayor eficiencia en el trabajo permitió a los trabajadores, al menos a los que sabían leer y escribir, tener tiempo para disfrutar de la lectura o de observar cuadros o esculturas, incluso ir al teatro. Los promotores de las artes crearon instituciones adecuadas para que cada vez más gente pudiera acercarse a ellas y una mayor educación consiguió que escribir un libro fuera, no una excentricidad que satisficiera a una minoría, sino un oficio del que se podía vivir. La tecnología que se desarrolló a lo largo del siglo XIX y XX permitió que los libros se pudieran imprimir por miles muy rápidamente, además de poder llegar a lugares donde antes nunca habían llegado. Ver obras e imágenes sin necesidad de desplazarse a donde estaban expuestos o escuchar las voces de gente que no estaban físicamente en el lugar fueron realidades que crearon nuevas expresiones artísticas como el cine o el cómic.

Las historias y narraciones se popularizaron a lo largo del siglo XIX y el XX, pero también las ideas e ideologías. En este contexto, las artes dejaron de ser algo estéticamente atractivo para convertirse en herramientas para cambiar la forma de pensar del que las disfrutaba, para modelar su mente y no solo para generarle emociones[1]. Los artistas se convirtieron en maestros, trascendían sus propias obras y las fronteras de sus propios países. Incluso los actores, que no tenían por qué tener una formación más allá de la propia interpretación, terminaron siendo adorados, incluso más que los autores de las obras que interpretaban. Las pequeñas piezas líricas que eran las canciones podían tener tanto impacto como los libros más profundos, incluso más, ya que terminaban llegando a muchas más personas. El resultado de este complejo proceso que aún existe es un mundo cultural sobredimensionado en el que la mera opinión de una persona es mucho más importante y transcendente que un profundo, sistemático y razonado estudio de alguien que no es tan conocido.

La política y la cultura estaban condenados a entenderse (y si se me permite, a pervertirse), porque, para el político, el artista y las artes son excelentes herramientas para transmitir ideas y creencias sin necesidad de “explicarlas”; y para el artista, la política puede ser una maravillosa fuente de ingresos y de seguridad en un círculo donde se depende demasiado de los gustos cambiantes de terceros. Cierto es que no todos son tan cínicos, que hay políticos que no tienen necesidad de usar la cultura y el arte y que hay artistas de todo tipo que odian la politización de su actividad, pero la colaboración está ahí y, hoy por hoy, no se puede obviar o minimizar.

El arte y la política se han integrado de dos maneras. En la primera, el propio artista promociona la labor del político, se acomoda o sustenta una ideología y usa su prestigio y su labor artística a promocionarla, su obra no tiene por qué estar impregnada de estas ideas, pero es más fácil para todos que así sea. En esta misma línea, el estado se encarga de eliminar o dificultar aquello que no está en la línea correcta de lo políticamente aceptable. En la segunda integración, el presupuesto público puede ayudar a algunos privilegiados a financiar su labor (y su lujoso modo de vida), sin necesidad de que miles de personas le “financien” a través de la compra de su obra. Ambas líneas están muy alejadas de la visión de mercado cultural liberal, así que no es de extrañar que no haya mucho artista cerca de las ideas de la libertad, aunque alguno pueda levantar la mano.

Voy a poner unos ejemplos recientes que ilustran este proceso y voy a llegar a una conclusión triste:

1) Lucía Alemany, directora de La Inocencia, ha sido entrevistada hace unos días por El Mundo. En ella, presenta su película que ella describe de la siguiente manera:

“Mi premisa era contar la historia de una menor de edad que se queda embarazada y necesita el permiso de sus padres para poder abortar. Pero no tiene la confianza suficiente e intenta abortar por su cuenta”.

La trama va precisamente en la línea de las políticas feministas más modernas, y en general de las progresistas, que abogan porque las menores de edad puedan abortar sin consultarlo con sus padres, destacando la valentía de la protagonista que se opone al sistema y, entiendo, a sus padres a los que acusa en un comentario posterior de machistas:

“Mi película habla del machismo transmitido de padre a hijos, del tabú del aborto y del maltrato a la mujer”.

Añadiendo:

“Pero no trata de eso. O, mejor, no quiere ser una reflexión de ello. Mi única preocupación es la honestidad y en mi voluntad de ser honesta no hago más que reflejar lo que veo, lo que he vivido, lo que soy...”.

Y reconociendo:

“Tengo claro que las políticas de género son las que han hecho posible mi película. Y eso es bueno... pero también es malo. Falta mucho”.

Resulta pasmoso que en las declaraciones que destaca el artículo no se aparte un pelo de la ortodoxia de lo políticamente correcto e invite a seguir ese camino con más fuerza si cabe, sin importar la opinión de otros que no comparten su perspectiva. No dudo de su capacidad como directora porque no he visto su película, pero me cuesta ver una independencia ideológica. Desde luego, es más fácil conseguir financiación e influencia desde esta posición que siendo más tibio en sus planteamientos.

2) Otra noticia, ideológicamente en las antípodas de la anterior, es la que protagoniza la Justicia de Brasil, que ha prohibido a Netflix emitir el programa Jesucristo es gay porque “es lo más benéfico para la sociedad brasileña”. El hecho de que Netflix sea un servicio de pago y no llegue nada más que a los suscriptores (y a algún que otro pirata) hace pensar que, quizá, el término sociedad aquí está un poco exagerado. En todo caso molestaría a los que tienen la plataforma que pueden darse de baja. Puedo entender que a ciertas personas les moleste que les digan que Jesús es gay porque sus más íntimas creencias se sienten atacadas, pero esta gente es mayor de edad para evitar ver el programa y, si quieren hacer algo más directo, abogar por la denuncia moral, pero que la Justicia brasileña sepa qué es o no lo más benéfico para la sociedad, es decir, para todos es cuestionable. Personalmente, no es un programa que vería, hasta me resulta molesto, pero su prohibición es inadmisible. Más preocupante me parece que la sede de los cómicos fuera atacada con cócteles molotov el 24 de diciembre y uno de los agresores huyera a Rusia poco después. En este caso, las instituciones estatales han trabajado para prohibir una obra artística, puede que desafortunada o lamentable, pero nada más que eso.

3) Me resulta difícil entender la existencia de un ministerio de cultura. La cultura es tan vasta, tan compleja, tan diversa que meterla en un ministerio es una idea ya de por sí demasiado limitante, lo mismo que dotarla de un presupuesto y hacer que con este se beneficien ciertos elegidos y a otros, la gran mayoría, no. La cultura, el arte es creatividad y esta no puede estar sujeta a ideas y políticos que te digan lo que está bien o mal. Cuando esto ha ocurrido, y lo ha hecho muchas veces, se han creado culturas subterráneas donde lo perverso y lo sublime han convivido sin que lo oficial pudiera hacer nada. El underground es el último refugio de la verdadera creatividad, es su mercado negro. En la presentación del ministro de Cultura, José Manuel Rodríguez Uribes tuvo que explicar lo que era cultura porque a través de las redes sociales se le pusieron de uñas:

“La cultura es cine, teatro, libros, museos, música… pero también son valores”.

Añadiendo:

 “A mí me gustaría ampliar la visión de la cultura, con valores que nos sirven vivir en libertad y en paz, y que forman parte de la ética pública”

Dejando aparte el hecho de que cultura y arte puede ser hasta un horrible grafiti, o la gastronomía, entre otras cosas, me da miedo eso de mezclar lo artístico con lo ético, porque me recuerda mucho, muchísimo al arte degenerado que denunciaban los nazis o el decadente rock&roll que decían los comunistas para definir la música occidental. Si, como pretende, empezamos a llenar el arte de limitaciones morales puede que contentemos a unos, quizá a muchos, que no verán ciertas cosas en las salas de cine, en los teatros, en las pinacotecas, en las exposiciones, pero habremos reforzado al censor que todos llevamos dentro y, sobre todo, al censor que el estado tiene preparado para crear un sistema cultural lleno de autoritarismo, de totalitarismo.

4) Este cuarto punto es una conclusión triste de todo lo anterior. Tal como se ha desarrollado la cultura en España, en los países donde impera el estado de bienestar, el complejo cultural al que podemos aspirar es el que tenemos y no mucho mejor. Puede haber, y seguro que los hay, artistas libres de crear, libres de expresarse, con mayor o menor éxito, que no quieren tener contacto o minimizar el que tienen con el sistema político, que defienden sus ideas como propias, algunas veces coincidirán con la mayoría o con lo políticamente correcto, y otras veces no. Lucharán por tener éxito y no le echarán la culpa a nadie de sus fracasos ni de sus triunfos. Esos artistas tendrán relaciones cordiales o ásperas con sus colegas de profesión, pero no tendrán que coincidir ni firmar listas de apoyo o de rechazo por personas o por ideas, porque no lo necesitan. Son libres y responsables. Digo que habrá gente así, pero no abundará. Es más rentable ser parte de una manada, apoyar a algunos y atacar a otros, vestirse de rojo un día y al día siguiente pedir perdón, una vez que la misión se ha cumplido. Decir que la derecha es así y asá, y la izquierda, todo lo contrario. Aparecer en las cumbres, las del clima o las de la paz social, o en las elecciones para apoyar a los de siempre o a los otros si conviene, y luego irse en un yate o en un jet o en una moto para hacer lo contrario de lo que ha dicho. Lamerle el culo a los ‘greta-lovers’ y a continuación, chuparse tres mil millas de contaminante vuelo. El sistema cultural está basado en el palo y la zanahoria, con ayudas y favores, con subvenciones e ideología. Lo que no está en este sistema cuesta crearlo y no da, en la mayoría de los casos, para vivir de ello. Personalmente, no veo yo a las ideas de la libertad en este sistema, más bien en el underground.

[1] Esa faceta ya existía, sobre todo en las artes que se dedicaban a fortalecer instituciones como la Iglesia, la monarquía, la nobleza, incluso los gremios, pero estaban mucho más ligadas reforzar y a dar coherencia a las sociedades, instituciones o grupos, a emocionar o sorprender al que las observaba, que a transformar su mente.