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El Banco Central Europeo como guardián de la Constitución

En los convulsos años treinta europeos, la discusión jurídico-política entre Hans Kelsen y Carl Schmitt sustentó teóricamente muchos de los acontecimientos que se produjeron y otros, con el tiempo, se han consolidado como los tribunales constitucionales en la Europa continental. Así, la teoría de un Tribunal Constitucional como garante y guardián de la Constitución de los escritos de Kelsen se erigió como vencedora y ha quedado plasmada en muchas constituciones, desde aquella innovación de la República de Weimar hasta, por ejemplo, la Carta Magna que se dieron los españoles en 1978.

La realidad política europea pasa estos días por ese constructo supraestatal construido con burocrática parsimonia, tratado tras tratado, que hoy es la Unión Europea. En esa madeja de artículos, directivas y reglamentos se esconde el euro como una trampa que ha terminado por atrapar a los estados más derrochones e irresponsables. Como tales tratados, nunca se previó el control efectivo de su cumplimiento más allá de la buena voluntad y el compromiso de las partes. Ni siquiera el intento de imponer una Constitución europea que no era tal abandonaba la realidad de una unión de estados que ceden soberanía a instituciones oscuras con escaso control. Los ornamentos nunca faltaron en la construcción europea, pero nunca se preguntaron por la existencia de un sujeto propiamente europeo, algo como un pueblo europeo o ciudadanía a la que atribuir la soberanía y, por tanto, la toma de decisiones y el control último.

La misma pregunta que dos centroeuropeos respondieron de diferente forma podría formularse de nuevo. Décadas después de la polémica entre Kelsen y Schmitt, cabría preguntarse quién es el guardián de la Constitución de las instituciones que se levantaron bajo la coartada de una paz perpetua entre europeos que pusiera punto y final a todos los conflictos como si hubiésemos alcanzado el fin de la historia.

La crisis del euro que vivimos y la incapacidad de los estados para hacerle frente han puesto de manifiesto la falta de respuestas a esta pregunta. Tal vez no haya nada que defender pues nunca hubo una Constitución europea (no ya escrita en un solo documento sino entendida como el acervo comunitario) o, tal vez, haya llegado el momento de resolver la incógnita. De momento, la única respuesta que parecen ofrecer los mandatarios europeos es la de hacer del euro el mismísimo defensor de la Constitución.

Dejar en manos de un Banco Central el cumplimiento de los tratados, fiscalizar los presupuestos estatales e incluso dictar cambios en sus constituciones conlleva algunos peligros que difícilmente puede asimilar una visión democrática, pero son inocuos comparados al daño que puede suponer dejar en manos de unos burócratas escondidos en un despacho de Bruselas el monopolio absoluto de la moneda sin sistema de pesos y contrapesos capaz de vigilar a los vigilantes. ¿De verdad queremos que el Banco Central Europeo sea el guardián de la Constitución?