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El cambio y la crisis: dos actitudes contrapuestas

El constante cambio y la incertidumbre son dos características fundamentales e inevitables de nuestro mundo. Sin embargo, como es evidente, la intensidad en que se manifiestan en la sociedad puede variar notablemente.

En periodos como el actual, donde constantemente recibimos nuevas noticias (cada vez más desastrosas), la volatilidad en los mercados financieros es elevada y se está tratando de llevar a cabo los procesos de reajuste requeridos para la recuperación, la percepción del cambio rápido es más intensa. No obstante, no creo que esto sea algo nuevo ni meramente coyuntural, sino que parece existir una tendencia desde al menos el siglo XX hacia una aceleración de los procesos sociales, donde la tecnología e información avanzan deprisa, los valores sociales y morales cambian más rápidamente, etc.

Por el lado de la incertidumbre, ésta es exacerbada por las actuaciones de las autoridades e instituciones públicas. La incertidumbre inerradicable e inherente a los seres humanos, consistente en la incapacidad de prever con exactitud el futuro, es aumentada por una nueva fuente de incertidumbre: las impredecibles y erráticas actuaciones gubernamentales (una interesante reflexión teórica sobre esto es la Teoría de los Big Players de Roger Koppl). ¿Qué será lo próximo que hará el Gobierno? ¿Rescatará a más entidades o dejará caer a alguna? ¿Cómo financiarán los planes de estímulo milmillonarios? ¿Se recurrirá a la inflación? ¿Cuál será la carga impositiva en el futuro, con el déficit disparándose? Todas estas preguntas son, entre muchas otras, las que los agentes económicos tratarán de darse una respuesta. Así es como se obstaculiza la recuperación, generando desconfianza sobre los inversores. La introducción de grandes dosis de incertidumbre ‘artificial’ es lo que, según Robert Higgs, convirtió a la crisis del 1929 en la Gran Depresión que finalmente fue, especialmente por su gran duración.

Por tanto, nos movemos en un entorno muy cambiante e incierto, donde la necesidad y habilidad para adaptarse fácilmente a nuevos cambios es esencial para mantenerse a flote. A este respecto, Alice Munro, en un bello pasaje de La Vista desde Castle Rock, distingue a dos clases de personas según su forma de enfrentarse a los cambios y problemas sociales: "Algunas, si se construye una autovía que pasa por su jardín, lo considerarán una afrenta, lamentarán la pérdida de intimidad... y de una dimensión de sí mismos. El otro tipo de personas verá en ello una oportunidad: montarán un puesto de perritos calientes, conseguirán una franquicia de una cadena de comida rápida, abrirán un motel".

En la actualidad, podemos ver ejemplos de estas dos actitudes. En el primer grupo de los que son incapaces de adaptarse, podríamos identificar a General Motors. Su táctica ante las dificultades no consiste en reestructurar su negocio, sino en el chantaje a los (débiles) gobiernos europeos, exigiéndoles 3.000 millones de euros con el fin de permanecer con vida y que alrededor de 300.000 empleados mantengan su trabajo.

En el otro extremo, están quienes tratan de descubrir, y actuar en consecuencia, cualquier oportunidad de negocio que brindan los cambios que trae la crisis. Los hay que, aprovechando la complicada situación financiera de muchas familias norteamericanas y los altos precios del oro, organizan "fiestas del oro". Éstas consisten en que una compañía, surgida para este particular, envía un comprador a casa del oferente de oro, y allí se intercambian cantidades de este metal (en forma de joyas, por ejemplo) por dinero en efectivo. Y el otro ejemplo que podría ponerse es el de algunas firmas de automóviles de lujo, como Porsche. En vista de la caída que han experimentado las ventas de este tipo de bienes, han optado por sacar gamas de vehículos más económicas, tratándose así de adaptar al cambio en las preferencias de los consumidores.

Así pues, existen dos grandes tipos de maneras de enfrentarse ante situaciones como las que vivimos: quedarnos parados esperando a que alguien nos salve el culo, o adaptarnos a los cambios con una actitud proactiva. De nosotros depende intentar convertir las amenazas en oportunidades, mirando al lado positivo, que siempre suele existir, de las cosas.