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El choque entre el pensamiento prekeynesiano y el poskeynesiano

El mes pasado analizábamos en este mismo foro los principios de finanzas públicas de la economía clásica y adelantábamos el cambio que produjo el viraje a unas ideas más intervencionistas en dichas finanzas. En esta ocasión nos adentraremos en las razones sociales y económicas de ese cambio, veremos el marco de la Teoría General keynesiana y analizaremos el choque de ambas corrientes.

Antecedentes

Tras el crack del 29, durante toda la década de los 30 y luego con la Segunda Guerra Mundial, EEUU y la Europa occidental sufrieron una depresión deflacionista provocada por una acumulación de distorsiones en las estructuras productivas y financieras de los agentes económicos. Millones de personas desempleadas, miles de bancos comerciales quebrados, el colapso de la actividad económica, la caída de precios... Todos estos hechos reflejaban la profundidad de una crisis de enorme magnitud.

Durante “los glorioso años 20” se tomaron decisiones equivocadas, tanto en el sector financiero como en la economía real, de ahí el estancamiento económico y la destrucción de riqueza, que coincidieron con el desplome del gasto agregado, especialmente el relacionado con la inversión empresarial. Parece bastante lógico y sencillo entonces establecer una relación causa-efecto concluyendo que, la forma de salir del estancamiento y volver a la senda del crecimiento pasa por aumentar el gasto, especialmente el que se ve más afectado durante las épocas de crisis que es el gasto en inversión. Ahí es donde entra en juego el economista más influyente del siglo XX, John Maynard Keynes con La Teoría General del empleo, el interés y el dinero, quien en 1936 estableció las bases de las teorías que requerían, en última instancia, una mayor intervención pública para aumentar la demanda agregada de la economía.

El autor inglés fue claro en el prólogo del libro respecto del objetivo de la obra: “He llamado a este libro Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, recalcando el sufijo general, con objeto de que el título sirva para contrastar mis argumentos y conclusiones con los de la teoría clásica...”. Es decir, la intención de Keynes era refutar la economía clásica para reemplazarla por un nuevo marco teórico: el suyo.

El marco general de La Teoría General

Rothbard explica las razones que, según él, convirtieron a la Teoría General en un punto de inflexión para la teoría económica y posteriormente para la política económica: los gobiernos y el clima intelectual estaban preparados y maduros en los años 30 para recibir estas ideas; (i) los intelectuales a lo largo del mundo estaban convenciéndose de que el capitalismo del laissez faire no podía funcionar y que había sido responsable de la Gran Depresión; (ii) Keynes pertenecía al claustro de profesores de Cambridge y en los últimos 150 años Gran Bretaña había sido el centro mundial en materia académica; (iii) Keynes era un líder intelectual y de política económica de Gran Bretaña, ya que había tenido funciones prominentes como funcionario inglés y pertenecía al Círculo de Bloomsbury y a importantes ambientes culturales y artísticos.

La Teoría General del empleo, el interés y el dinero critica las economías capitalistas tratando de demostrar que éstas no pueden garantizar la plena ocupación de sus factores productivos y que, por sus características propias, cada vez encontraremos más factores desempleados de forma estructural. Al contrario de lo que se suele opinar, la teoría keynesiana no está orientada a estabilizar la economía, lo que le preocupa realmente es que, debido a su complejidad, las sociedades capitalistas no pueden usar todos los recursos por si solas y sin que intervenga el Estado. En palabras del propio Keynes:

"...es una característica prominente del sistema económico en que vivimos que, aun cuando está sujeto a severas fluctuaciones en la producción y en la ocupación, su inestabilidad no es violenta. En verdad parece poder permanecer en condiciones crónicas de actividad subnormal durante un período considerable, sin tendencia marcada a la recuperación o al derrumbe total. Más aún, las pruebas indican que la ocupación plena o casi plena ocurre raramente y tiene poca duración. Las fluctuaciones pueden comenzar de repente, pero parecen agotarse antes de llegar a grandes extremos, y nuestra situación es la situación intermedia, que no es ni desesperada ni satisfactoria".

El economista inglés llega a esta conclusión tras rechazar (quizás sin entenderla y ni siquiera citarla en su Teoría General) la ley de Say, concluyendo que la oferta crea su propia demanda, dando a entender que los costes de producción se terminan gastando en adquirir esa misma producción o que todo lo que se hubiese producido se iba a vender seguro. Lo que realmente Say dijo es que “la producción es la que da salida a los productos”, en otras palabras, los bienes que compramos hoy los pagamos con otros bienes que ya hemos producido (intercambios al contado) y produciremos (intercambios a crédito) o dicho de otra manera, que en última instancia, el poder de compra lo da la producción. Esto no es incompatible con que se realicen muchas compras a crédito y luego se impaguen pues eso sería justamente lo que ocurre durante el ciclo económico según la perspectiva austríaca, pero de la forma como la caricaturizaba Keynes, la ley de Say parecía un disparate que pocas veces podría verificarse.

Este rechazo le permite diferenciar oferta y demanda agregada como si fueran dos magnitudes distintas aunque lo cierto es que, por un lado, la demanda agregada siempre va a estar limitada por la oferta agregada y, por otro, si no se vende toda la oferta agregada va a ser necesaria una reestructuración para satisfacer esa demanda. Además, Keynes señala el atesoramiento de dinero como el culpable de que oferta y demanda agregada no coincidan y esa diferencia es la que el economista inglés denominara como equilibrio con desempleo y que éste puede ser estable y estructural en el tiempo.

La economía keynesiana: principios de finanzas públicas

Para Keynes el gasto en inversión no se autorregulará y será necesaria, en última instancia, la intervención pública estimulando el consumo y estabilizando la inversión para igualar demanda agregada a oferta agregada y de esta forma evitar desequilibrios que generan desempleo.

Para tratar de evitar la intervención del Estado, la política keynesiana defenderá por un lado una serie de impuestos que graven el ahorro (impuestos progresivos o impuestos sobre la herencia) y por otro tratará de garantizar una rentabilidad mínima de la inversión (mediante monopolios, precios mínimos o estableciendo un impuesto a las transacciones especulativas en bolsa) y hundir lo máximo posible los tipos de interés.

Si pese a esto los agentes privados siguen sin invertir o consumir, Keynes propone que sea el sector público el que lo haga mediante un aumento del gasto “en lo que sea” con el objetivo de conseguir el pleno empleo. El Estado tiene que salir a cumplir funciones que el marco teórico clásico no contemplaba: mediante las políticas fiscales o monetarias el sector público puede impulsar un incremento en la demanda global de la economía y así entrar en un “círculo virtuoso”.

¿Cuál es la función de la política fiscal en este nuevo marco teórico keynesiano? Dependiendo de la situación en la que se encuentre el ciclo económico, las medidas fiscales tendrán una orientación u otra. En caso de recesión, cuando la demanda global es insuficiente para alcanzar el pleno empleo, el gasto público debe incrementarse y los impuestos reducirse lo que lleva claramente a un aumento del déficit público. En caso que estemos en la fase de auge del ciclo económico, en el cual el exceso de demanda agregada amenace con trasladarse a los precios, entonces la receta será una reducción del gasto público y una subida de impuestos. En este caso, la tendencia es inversa al caso anterior y existirá un sesgo hacia el superávit presupuestario.

La clave de esto es, ¿cómo se financiaría el déficit fiscal necesario durante los periodos de recesión? Fundamentalmente mediante endeudamiento o en todo caso vía la emisión de dinero. Como hemos visto antes, esto choca frontalmente con el pensamiento económico prekeynesiano y había pues que enfrentarlo con los argumentos fiscales de la economía clásica respecto a la deuda pública y la emisión monetaria. Había que eliminar la simetría entre el comportamiento responsable de un individuo y el comportamiento responsable del sector público. Propusieron lo siguiente:

  • La deuda pública no significa una transferencia temporal de la carga del gasto público desde las generaciones actuales a las futuras ya que si todos somos parte de la sociedad, entonces nadie le debe ni es acreedor de nadie, deudor y acreedor se eliminan o anulan mutuamente. 
  • Keynes fue uno de los principales opositores al restablecimiento del patrón oro después de la primera guerra mundial. La causa estaba muy clara: ese régimen monetario es un sistema demasiado rígido y no permite la flexibilidad necesaria para el “modelo” keynesiano de emitir dinero para financiar déficit fiscal.

Hay que aclarar que la política monetaria era tomada por los keynesianos como un instrumento orientado más que nada a manipular las tasas de interés. Mediante una política expansiva del dinero, las tasas de interés tenderían a disminuir y así se estimularía la inversión privada y por lo tanto el incremento de la demanda global aunque en la práctica se vio que esta medida fue utilizada para financiar el déficit fiscal

Conclusión

Tal y como hemos visto en las líneas anteriores, existen importantes diferencias entre el pensamiento de los clásicos y el keynesiano. El triunfo del paradigma que presentó Keynes supuso un cambio radical no sólo en cuanto al enorme impacto que puede tener en las finanzas públicas sino también en las libertades y en la capacidad de decisión de los individuos, en tanto y cuanto “invitaba” a los gobiernos a tomar responsabilidades en áreas y sectores que antes no gestionaba.

Tenemos, pues, un contexto donde la teoría económica predominante en la actualidad (keynesianismo) no sólo permite sino que en cierta manera obliga al Estado a implementar determinadas políticas fiscales y monetarias expansivas aceptando el financiamiento del déficit fiscal mediante endeudamiento o emisión monetaria con un resultado por todos conocido: mayor endeudamiento público, mayor gasto público, mayor emisión monetaria y, en consecuencia, mayores desajustes que provocan crisis cada vez mayores. Como consecuencia de todo esto, la participación del Estado en la economía no ha dejado de aumentar. Es cierto que la tendencia creciente comienza ya a partir de finales del siglo XIX, sobre el año 1870 el gasto público global medio respecto el PIB era de alrededor del 10%, cuando Keynes publica su Teoría General en 1936, el gasto ya era del 22.8%, llegando a alcanzar el 45% a finales de siglo XX y encontrándose actualmente cerca del 50%.

Una vez que se eliminaron todas las restricciones planteadas por la Escuela clásica tal como la eliminación de los criterios de equilibrio fiscal intertemporal (a largo plazo) y de las limitaciones estrictas sobre el endeudamiento y la emisión monetaria, todo condujo a la situación de las últimas seis o siete décadas: elevados niveles de endeudamiento, elevado nivel del gasto público, incremento de precios, devaluación monetaria, mayor intervención del Estado sobre las actividades privadas y niveles de presión tributaria incompatibles con los ingresos de la población.