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El colectivo sobre el individuo

Siempre que salta a la palestra uno de esos autoproclamados defensores y representantes de alguna minoría viene a mi memoria aquella cita de Ayn Rand en la que recuerda que “la minoría más pequeña del mundo es el individuo. Aquellos que niegan los derechos individuales no pueden pretender además ser defensores de las minorías”. Una de estas minorías no es otra que el colectivo homosexual.

La homosexualidad además de una orientación sexual se ha convertido en manos de una vanguardia legitimada por las subvenciones y estructuras estatales en una ideología, un conjunto de ideas sobre la misma que se impone a través de leyes sin dejar espacio a la opinión ni a los juicios de valor, no a través de sanciones morales sino políticas. Disentir de la verdad revelada por los representantes de este colectivo es tachado del mayor de los pecados, la homofobia.

La homofobia es un término manipulado y equívoco que engloba realidades que no pueden compararse. Por un lado, el odio al diferente (a pesar de que etimológicamente signifique el odio al igual) que es tan antiguo como la propia naturaleza humana y nos lleva a temer lo desconocido y odiar lo excepcional, en el sentido de aquello que se sale de la regla común. Así, la homosexualidad como condición sexual minoritaria y extraña ha sido tratada y afrontada de diferentes maneras según el momento histórico y el contexto cultural. Esta forma de discriminación, que puede manifestarse en expresiones que van desde la negación de un trabajo por el mero hecho de ser homosexual pasando por la violencia física sobre el individuo hasta ser castigado con la pena de muerte debido a esa orientación sexual, constituye un acto deleznable y perseguible con el Código Penal en la mano de cualquier país occidental.

Pero, por otro lado, el término homofobia engloba todos aquellos juicios y opiniones que no asumen la agenda política que ha establecido esa casta de dirigentes que también vive en las faldas del Estado a costa de los impuestos de los contribuyentes. Esta confusión terminológica es la que proporciona los recursos necesarios y la legitimidad suficiente para crear una policía del pensamiento que, como en la distopía de Orwell, vigila más allá de los actos para controlar cualquier disidencia que ose rebatir las verdades oficiales. Las opiniones y objeciones morales podrán gustar más o menos, pero son, en cualquier caso, legítimas y forman parte de una elemental libertad de expresión y conciencia.

Con este mecanismo de protección, no al homosexual sino al colectivo, se levanta lo que algunos han denominado como homosexualismo, una ideología progresista que pretende modelar la moral pública utilizando los resortes del Estado, una visión totalitaria que quiere transformar el Hombre en un nuevo ser. Para ello, cualquier visión alternativa o resquicio de moral previa debe ser empujada hasta los margenes del sistema haciéndola incompatible con la vida buena que se ordena desde esta élite iluminada. Es la vieja aspiración de todas las ideologías progresistas que prometen el paraíso en la Tierra, aquí y ahora, sin importar la destrucción que puedan dejar en el camino, que, en este caso, se traduce en vidas y aspiraciones rotas al reducir la complejidad humana a una característica privada e íntima como es la sexualidad. 

El Orgullo que predica el colectivo es el de la visibilidad ruidosa y colorida que ilumina lo que generalmente y en casi todas las sociedades permanece en la alcoba. Bajo esta perspectiva no queda lugar para aquellos que quieren demostrar su orgullo no por su orientación sexual, que al fin y al cabo es un accidente más de la vida, sino por lo que pueden llegar a hacer. Una alternativa perseguida sería  la de invisibilizarla, no para esconderla debajo de la alfombra sino para resaltar la verdadera igualdad, pues ser homosexual, heterosexual o bisexual no aporta mayores o menores dignidades ni derechos; éstos, sólo los tenemos en cuanto a Hombres. Es decir, contraponer el objetivo de una Sociedad Abierta en la que la excepcionalidad es tolerada aun cuando contradiga a la mayoría, en lugar de convertir lo excepcional un un modelo a seguir para la mayoría como pretenden los dirigentes del colectivo.

La pesada losa del colectivo recae sobre el individuo, aplastando todo cuanto le hace único, diferente y, de alguna forma, maravilloso. Es una lástima que esa minoría de individuos dejen que su voz quede secuestrada por un colectivo uniformador que sólo está interesado en manipularos y conservar sus privilegios de acuerdo a sus fines políticos. Han pasado de perseguidos a ensalzados, cuando deberían haber aspirado a la indiferencia -en el sentido de neutralidad- pues tan sólo han servido como sacrificio en el altar del homosexualismo mientras que otros recogían los frutos.