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El cómic y los mercados dinámicos (y III)

El mundo del arte y el mundo empresarial siempre han tenido una relación tormentosa. Por una parte, están los que consideran que el arte es mucho más que un mero producto y que está imbuido de algún tipo de propiedades casi divinas que le hacen distinto de un plátano, una mesa barata o un tornillo, y que surgen de la creatividad del artista. Por otra parte, los objetos que consideramos arte, ya sean físicos o audiovisuales, necesitan una logística que va desde los materiales de los que están hechos, pasando por su duplicado, si éste es posible, su almacenaje, su venta y publicidad y, en este sentido, las empresas tienden a tratarlos como simples productos. Resumiendo, el arte tiene su parte empresarial y la empresa, su parte artística.

Un cómic es arte, tiene una expresión artística que está ligada a la pintura, a la literatura y, de alguna manera, al movimiento a través de dibujos estáticos, ligándole de algún modo con el mundo del cine. Eso hace que frecuentemente surja un conflicto: de quién son las creaciones, los personajes, los superhéroes, ¿de los dibujantes o de la editorial? Esta pelea, que tiene que ver con los derechos de propiedad intelectual, es lo que voy a tratar a continuación y sin dar una respuesta formal de qué es lo correcto, sino mostrando cómo los mercados son capaces de dar respuesta a preguntas tan mollares.

En España, la editorial Bruguera, por la que pasaron buena parte de los grandes del cómic español como Escobar, Ibáñez o Vázquez, tenía fama de no pagar adecuadamente a sus dibujantes, de “secuestrar” sus creaciones y de cambiar los guiones y sus aventuras como le viniera en gana. Siendo cierto en parte, también es cierto que un personaje tan polifacético como Manuel Vázquez, autor de Las Hermanas Gilda, La Familia Cebolleta y, sobre todo, Anacleto, Agente Secreto, era bastante libre de hacer lo que quisiera, quizá porque sus creaciones eran lo suficientemente populares como para saber que no podían “traicionarle”. Bruguera desapareció a mediados de los 80. Unos años antes, había tenido un despido colectivo que había mandado a muchos a la calle. Cuando Ibáñez se fue de la editorial, pleiteó con ella para que no pudiera publicar nada de su principal creación, Mortadelo y Filemón. Y ganó. La de Bruguera fue una mala evolución de su política empresarial, en un contexto poco dinámico como es España. Al final fue adquirida por el Grupo Z y buena parte de sus activos pasaron a formar el fondo editorial de Ediciones B, en la que algunos continúan.

En mercados más competitivos, como el franco-belga y, sobre todo, el americano, surgen soluciones muy interesantes que terminan dando la razón a todos y sólo tienen que elegir. En los 80 surgieron desde el cómic underground, en mercados como el británico, una serie de dibujantes que marcarían el rumbo de los dos grandes del cómic americano, Marvel y DC, pero también del cómic americano en general y por extensión del de todo el mundo: Alan Moore, Frank Miller, Chris Claremont y  John Byrne, entre otros, que dieron su particular visión a personajes que ya habían perdido punch. Así, Frank Miller, que sería el autor de Sin City o 300, se encargó de resucitar a Daredevil y de recuperar a Batman, y Chris  Claremont, guionista de las novelas gráficas de las que Miller fue dibujante, peleó con Dave Cockrum para dar más peso a Wolverine en vez de a Rondador Nocturno, Nightcrawler, desarrollando la personalidad que hoy conocemos de este mutante de garras afiladas. Qué decir de Alan Moore, un anarquista de izquierdas que había marcado estilo ya en su Gran Bretaña natal con un cómic tan importante como V de Vendeta y que, ya en Estados Unidos, trabajando para DC, creó una de sus obras más importantes con unos personajes que DC había comprado a otra editorial; estoy refiriéndome a Watchmen. Paradójicamente, ha terminado creando algunas empresas, lo que puede resultar extraño en una persona de su ideología.

En todos estos casos, los aficionados al cómic estaban mucho más interesados en lo último de Miller o de Moore que en lo último de Superman o de Los Cuatro Fantásticos. En cuanto algún autor se vuelve famoso por sí mismo, surge la polémica sobre de quién es aquello que hace, de él o ella, o de la editorial. Esta circunstancia, como ya he mencionado, daría para hacer una elucubración de qué es lo correcto desde el punto de vista liberal y de la validez de los contratos, pero no es mi intención, pues hay una fantástica solución intermedia que es propia de los mercados libres.

Es lógico que una empresa quiera mantener el control de los personajes que le dan de comer. En este sentido, los Cuatro Fantásticos, los X-Men o los Vengadores son criaturas de Marvel, por mucho que hayan sido creadas por Kirby o el propio Stan Lee, pero por otra parte, si un autor, dibujante o guionista es capaz de resucitar algo que estaba moribundo y se empieza a hablar de él por su nombre y apellido, es razonable que tenga cierto control sobre su criatura. Se pueden presentar soluciones judiciales, como en el caso de Ibáñez y Mortadelo y Filemón, pero creo que es una situación poco agradable. Se pueden llegar a renegociar las condiciones de los contratos y asegurarse de que los autores tengan nuevas condiciones en las que las dos partes cedan en algo. Sin embargo,  Moore, Miller y tantos otros optaron por salirse de las grandes editoriales y crear las suyas propias o dejarse caer en algunas que les permitieran mantener el control de sus criaturas artísticas. Y volvemos al espíritu del cómic underground, donde los autores eran libres de quedarse o irse, de dominar sus criaturas artísticas o largarse a otros sitios a inventar nuevas ideas.

Un ejemplo de editorial que terminó haciendo peligrar el dominio de Marvel y DC fue Image Comics, fundada en el año 1992 por siete artistas: Todd McFarlane, Erik Larsen, Jim Valentino, Marc Silvestri, Rob Liefeld, Whilce Portacio y Jim Lee, donde los autores que entraban no debían ceder el derecho de autor de los personajes que traían, pudiéndoselos llevar a otra parte si así lo quisieran. Entre sus series más conocidas se encuentran algunos éxitos como Las Tortugas Ninja, Spawn, WildCats y el origen comiquero de éxitos televisivos como The Walking Dead. Image es una editorial un tanto anárquica donde el orden de Marvel o DC no es tal, donde no hay uniformidad de universo, pero donde la libertad creativa es muy importante.

Y tal fue el éxito de estas editoriales independientes que las dos grandes intentaron, en un primer momento, acabar con ellas por aplastamiento, produciendo tal cantidad de material, de baja calidad, que hiciera sombra a los grandes autores que se les iban. Pero esa fórmula no fue exitosa, sino todo lo contrario, y de la misma manera que tras la ola de Marvel, DC tuvo que adaptarse e imitar a un competidor que le había ganado en su propio campo, ahora ambas editoriales han cambiado su manera de actuar, considerando, imitando y, de alguna manera, honrando el éxito de las editoriales que se dicen independientes, pero que en el fondo simplemente actúan de otra manera, explorando opciones de mercado que los grandes y los asentados no se atreven.

A día de hoy, Marvel y DC están explotando una línea cinematográfica con más éxito en el caso de la primera que de la segunda, si bien los derechos sobre algunos de sus héroes están repartidos entre varias productoras y no puede realizar los cross-overs que sí hace con libertad en el cómic. El CCA ha desaparecido y las editoriales  se dedican a contenidos más adultos, lo que ha quitado peso a su carácter innovador. De todas formas, el mercado underground e independiente sigue suministrando contenidos novedosos y de calidad en todo el mundo, siendo la globalización el nuevo contexto donde se desarrolla el cómic moderno.

Ejemplo de ello es el mercado español. Desgraciadamente, el cómic hispano sigue siendo Mortadelo y Filemón, y no me refiero a que estos personajes tengan poca calidad, sino que en España no se ha desarrollado un mercado de editoriales como en Francia, por poner un ejemplo europeo, donde los autores españoles puedan publicar y desarrollar sus personajes. En general, si quieren triunfar, deben irse a mercados tan dinámicos como el francés o el americano.