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El conservadurismo de un libertario

A mucha gente puede que le parezcan incompatibles e incluso contradictorios los términos con que he titulado este artículo. A mí, en cambio, lo que me sorprendió es que alguien pudiera ver incompatibilidad. Mis lecturas “conservadoras” siempre me habían parecido coherentes con la teoría económica austriaca, hasta el punto de que agrupaba libertarismo y las otras lecturas (que no tenía por conservadoras) en una misma corriente.

Para aclarar por qué lo creo, tendré que introducir diversas ideas económicas, filosóficas y psicológicas que forman los mimbres del razonamiento, no siendo la propia definición de conservador y libertario la menos importante. O sea, que empecemos como los buenos libros de matemáticas, con la definición.

La de libertario o anarcocapitalista la tengo bastante clara. Somos aquellos que pensamos que no hay necesidad de un poder centralizado con monopolio legal sobre una serie de servicios (qué servicios sean parece ser de mucho interés para los llamados defensores del Estado mínimo o minarquistas). Y lo pensamos porque la teoría económica demuestra, junto con la evidencia empírica, que la prestación de servicios en el libre mercado es la forma óptima de repartir recursos en la sociedad. Así pues, a menos que se demuestre científicamente que algunos servicios, por sus características, requieren de un monopolio legal para su prestación, consideramos innecesario el Estado.

Obsérvese que hay gente que asume estos postulados a priori, ideológicamente si se quiere, por pensar que la libertad de la persona está por encima de todas las cosas. Por mi parte, creo que la aproximación correcta a este asunto, como a la mayoría, es a través de la ciencia, económica en este caso. Si esa ciencia concluyera que lo mejor para el bienestar (de la sociedad, no del político comunista) es el comunismo, un servidor no tendría reparos en pasar a serlo.

El concepto de conservadurismo no lo tengo tan claro. Tras algunas lecturas, las más destacadas de Roger Scruton, relevante filosofo autocalificado como conservador, deduzco que el conservadurismo tiene que ver con organizar la sociedad de acuerdo a tradiciones y costumbres, en cuanto que son depositarias del conocimiento social obtenido durante siglos, frente a organizarla racionalmente, como proponen las tendencias socialistas desde el mismísimo Rousseau. El conservador no es intransigente respecto al cambio, pero sí que cree que este tiene que estar muy justificado y hacerse de forma paulatina. Se hace en la medida y en paralelo con los cambios espontáneos de la sociedad, y no impuesto desde fuerzas externas. Si esto es así, a los conservadores les queda el arduo trabajo de explicar si su perspectiva es compatible con las democracias; los anarcocapitalistas sabemos que la nuestra no.

El último mimbre que quiero describir antes de comenzar a entrelazarlos es el modelo para la mente que parece ser aceptado en la actualidad, y que Haidt simplifica en su ultraconocida metáfora del elefante y el jinete. Dicho modelo nos dice que la mayor parte de nuestras acciones son guiadas de forma casi automática por el “elefante” de acuerdo a mecanismos creados de forma evolutiva durante cientos de miles de años, no solo en el ser humano, sino en todas las especies que le preceden evolutivamente.

Sobre ese “elefante” y por razones evolutivas posiblemente debidas a la competición intra-especie, el ser humano desarrolló un “jinete” con la posibilidad de razonar. Sin embargo, y esto es importante, el propósito inicial de tal “jinete” no era ayudar al “elefante” en su toma de decisiones, sino más bien justificar las acciones del “elefante” en el entorno hipersocial en que tenía que vivir la persona.

Solo con el paso del tiempo algunos se empezaron a dar cuenta de que esa capacidad se podía usar para otros fines, y gracias a ello empezó el desarrollo exponencial de la sociedad humana frente a la de otros animales, sobre todo con la especialización que posibilita el intercambio, y más adelante el método científico.

Así pues, el “jinete”, nuestra razón, en muy raras ocasiones es capaz de conducir al “elefante”; nuestros mecanismos psicológicos aseguran que esto sea así y que además nos parezca fenomenal precisamente para defendernos de terceros (por ejemplo, el sesgo de autoconfirmación, o que pensemos tener siempre razón). Ello ha exigido a la sociedad la creación de superestructuras que impidan al “elefante” de cada persona que haga lo que quiera en un entorno de convivencia con otros.

Entre este tipo de superestructuras destacaré dos: las normas de convivencia y el mercado. Ambas impiden a los “elefantes” hacer lo que quieran por muy justificado que esté por los respectivos “jinetes”. Y ambas son consecuencia de un proceso espontáneo de creación, siguiendo la terminología de Hayek. Ni el mercado ni las normas han sido creadas por un tercero externo usando la razón, ambas proceden de las interacciones diarias y continúas de las personas, que las van dando forma constantemente.

Como decía, el anarcocapitalista o libertario piensa que el mercado libre es la forma óptima de satisfacer las necesidades de los individuos, creencia soportada científicamente por la teoría económica austriaca. Por su parte, el conservador considera que las normas y tradiciones son la base de la convivencia de una sociedad sana.

Contra ambos atenta la razón. En efecto, la intervención en los mercados se produce cuando el Estado “razona” que sería mejor que el mercado para dar un determinado resultado, y utiliza medios para conseguirlo, lo que lleva a una disminución de la eficiencia del mercado y el empobrecimiento de la sociedad. Por otro lado, cuando se pierde el origen de las tradiciones, la gente no entiende su existencia y cree que es capaz de mejorarlas usando procedimientos racionales.

En definitiva, parece que el anarcocapitalista que quiere que el mercado funcione libremente es necesariamente conservador. Para él, la únicas reglas aceptables son aquellas que se den sus participantes en el curso de las transacciones, algunas de las cuales adquirirán rango de norma y tradición por motivos de eficiencia (no queremos discutir otra vez sobre algunos aspectos de la transacción que ya se han resuelto con anterioridad en otras muchas), pero jamás porque las imponga alguien desde fuera aduciendo criterios de razonabilidad u otros. Y ni siquiera, y especialmente, de ese espejismo que es la razón porque el “jinete” lo único que hace es seguir al “elefante” y justificar las inclinaciones del mismo, que, obviamente serán buscando su supervivencia a cualquier precio, incluido el de destruir la sociedad en que vive.

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