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El coste del “derecho a vagar”

Una de las cosas que inevitablemente sorprenden al viajero que se atreva a visitar Noruega es, sin duda, el nivel de sus precios. Por mucho que uno lo sepa, que le hayan advertido, que se lo espere, aun así constituirá para él un shock el precio que puede llegar a tener un mero perrito caliente en un restaurante fast-food o el consabido café en cualquier cafetería. Tal carestía parece extenderse a todos los bienes de consumo más o menos habitual, incluida la leche, el pan, la gasolina o, por cambiar de tercio, la entrada a los museos.

Uno no puede evitar preguntarse por qué Noruega tiene unos precios tan altos. Quizá es que no son tal para los noruegos, y solo nos parecen así a los extranjeros que no tenemos sus ingresos per cápita. No digo yo que no pueda ser así, pero, por ejemplo, los restaurantes estaban generalmente no ya vacíos, estaban desiertos, y no repletos de noruegos a los que estos precios les parezcan normales. Lo mismo puedo decir de los museos en que tuve la osadía de entrar.

Y en cuanto a otras de las explicaciones típicamente utilizadas, el tema de los altos impuestos, poco puedo argüir, pues no soy experto fiscal. Sí puede dar un dato: el IVA allí es del 25%, que no es escandalosamente superior al 21% que manejamos aquí. Y en cuanto a impuestos sobre ingresos, tampoco acierto a entender por qué un hipotético mayor nivel se debería reflejar en precios más altos.

Ahora bien, hay un aspecto de Noruega que me resulta llamativo y que no parece habitual en el ámbito de los países desarrollados. En Noruega existe el llamado “derecho a vagar” o allemannsretten, una costumbre ancestral del país recogida en ley formal desde 1957.

Como consecuencia, todo el mundo tiene el derecho de moverse libremente por bosques y en campo abierto, con independencia de quién sea el dueño de la tierra. Este “vagar” incluye no solo el derecho a desplazarse (no estoy seguro de si se extiende a vehículos de motor), sino también el derecho a acampar y a recoger setas y frutas del bosque, e incluso de pescar.

El derecho no se extiende a pastos, polígonos industriales, jardines o patios, aunque sí a terrenos cultivados durante los meses de invierno, en que no pueden ser explotados.

Y este derecho es utilizado, como puede apreciar fácilmente cualquier visitante del país. Incluso quizá abusivamente, si nos atenemos al elevado número de auto-caravanas, especialmente alemanas y danesas, que transitan por el país. Está claro que tanto alemanes como daneses son conscientes de que pueden acampar gratuitamente en la mayor parte del territorio noruego.

Desde el punto de vista de teoría económica, la perturbación de los derechos de propiedad supone una reducción en la eficiencia de los mercados (por ejemplo, en la eficiencia cataláctica de Roy Cordato, o en la eficiencia dinámica de Huerta de Soto). Ello supone que los mercados funcionan peor en su misión de repartir y crear recursos, lo que se puede traducir en menos bienes disponibles o en peores condiciones. Pues bien, en Noruega tienen la mayor parte del territorio sujeto a estas limitaciones contrarias a la eficiencia del mercado.

Es difícil trazar con precisión la causalidad entre el “derecho a vagar” y la carestía de Noruega, pero intuyo que deben de tener algo que ver. Por ejemplo, la existencia de tal derecho puede haber reducido considerablemente el stock de tierra disponible, y consecuentemente hacer su valor mucho más alto de lo que sería en otras condiciones. O tal vez la necesidad de convivir con este derecho encarezca la producción agrícola o de otros bienes.

Otro ejemplo más concreto: el patrimonio histórico en campo abierto. Para facilitar la visita, las autoridades construyen pasarelas, plataformas y paneles interpretativos. Sin embargo, por mucho que traten de cobrar por la visita, tal vez sea ilegal limitar el derecho de acceso de quien quiera pasar por allí. En este caso, el uso de la infraestructura resulta de facto gratuita para el noruego (y para el turista avispado), lo que a su vez hace necesario subir el precio para el visitante desavisado si se ha de alcanzar un cierto punto de equilibrio, ya directamente o “empaquetando” tal acceso con servicios indeseados.

En fin, si aceptamos la hipótesis propuesta (que no considero ni mucho menos demostrada), la carestía de Noruega se podría explicar al menos parcialmente por ese ancestral “derecho a vagar” que se han concedido. Los noruegos sacrifican su nivel de vida en pro de esa supuesta libertad de acceso a la naturaleza.

La pregunta que quedaría por resolver llegados a este punto (y aceptando que la hipótesis es cierta, insisto en que ahora mismo no pasa de intuición): ¿son conscientes los noruegos del precio que están pagando por dicho derecho?