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El desarrollo de armas o por qué los pacifistas deberían hacerse anarcocapitalistas

Todo el mundo coincide en que el desarrollo tecnológico de los siglos XX y lo que llevamos de XXI ha sido espectacular. Dicho desarrollo ha alcanzado a todos los ámbitos de la actividad humana: transporte, alimentación, comunicaciones, salud, educación… ha contribuido a cubrir de forma jamás soñada las necesidades que algunos denominan básicas, y a crear, según otros, nuevas necesidades inimaginables.

También se ha producido dicho desarrollo tecnológico, en la misma escala sino en una superior, en el ámbito armamentístico, algo que en principio no son tan buenas noticias. En poco más de siglo y medio se ha pasado de batallar de forma casi artesanal (no por ello con menos crueldad) a disponer de armas de destrucción masiva que podrían acabar con toda la vida del planeta.

Se puede pensar que era lógico que algo similar pasara: en un contexto de progreso tecnológico generalizado, lo normal es que también las armas se hicieran mejores, más eficientes y más versátiles, en la misma medida que lo han hecho otros bienes.

Pero hay una diferencia crucial. Para entenderla es necesario explicar previamente cuáles son las causas del progreso tecnológico. Hay gente, demasiada y sobre todo en el ámbito político, que piensa que el progreso tecnológico es algo natural y que pasa porque sí. De hecho, los economistas mainstream carecen de una explicación para este fenómeno, y por ello se limitan a configurar la tecnología como algo exógeno a sus modelos. En el modelo de competencia perfecta, por ejemplo, la tecnología viene dada.

Sin embargo, la tecnología es un fenómeno humano, económico, y por la tanto su explicación y la de su progreso ha de encontrarse en la praxeología y la teoría económica. No es el momento ahora de extenderse mucho en el tema, para el cual recomiendo leer a Kirzner o a Rothbard. Baste aquí decir que el progreso tecnológico es consecuencia del proceso empresarial de prueba y error. Por tanto, está necesariamente guiado por las necesidades y deseos de los individuos, de los que los emprendedores no son más que servidores.

En conclusión, si durante el último siglo y medio se ha producido progreso tecnológico en las actividades citadas más arriba y en muchas otras es porque de esa forma se satisfacían mejor las necesidades de los individuos[1]. Todo aquel progreso tecnológico que no haya contribuido en dicha dirección, habrá tendido a quedar olvidado.

Si volvemos nuestra mirada al desarrollo tecnológico en armas, y siguiendo la hipótesis recién planteada, es claro que el mismo debería tener su explicación en las necesidades individuales. ¿Es así? Francamente, me cuesta ver de qué forma las necesidades individuales han podido dar lugar a la creación de un tanque o un bombardero, no digamos ya de un portaaviones o la bomba atómica. O planteado de otra forma, ¿para qué puede necesitar un individuo un tanque?

Es evidente que todos los individuos, en mayor o menor medida, tenemos necesidad de protección, de protegernos a nosotros, a nuestras familias y a nuestros bienes. Es esa necesidad de protección la que da lugar a la existencia de armas (sobre la faceta ofensiva hablaré un poco más abajo), y a su consecuente desarrollo tecnológico. Pero también es evidente que la inversión que estemos dispuestos a hacer en nuestra protección depende básicamente del valor de lo que queramos proteger, y de los recursos que tengamos disponibles.

En estas condiciones, es hasta cierto punto imaginable que se desarrolle el tanque. Pero, ¿un caza? ¿Qué clase de propiedad ha de tener un individuo para que le sea rentable protegerla con un caza o con un portaaviones?

El análisis del progreso armamentístico desde el punto de vista ofensivo es similar. Al individuo que invierte en armas le tiene que salir bien el cálculo económico para su empresa: ¿qué beneficios se han de esperar de un asalto o robo para que esté justificada la inversión en un portaaviones? ¿Y en una bomba atómica? Es difícil de imaginar.

Sin embargo, estos sistemas de armas existen, han surgido durante el último siglo, para desesperanza y sufrimiento de muchos seres humanos. Y esta verdad es incontestable. Si no parece haber una explicación para su aparición en el libre mercado, habrá que buscarla fuera de éste.

Y, por supuesto, la encontraremos de forma inmediata: las causas de este desarrollo armamentístico, que, insisto, no parece obedecer a las necesidades individuales, hay que buscarlas en los Estados. Son estas entidades las únicas que demandan este tipo de tecnología, las únicas que parecen necesitarla, y las únicas que, además, no han de sujetar sus recursos al cálculo económico, que nos exige a todos los demás ser rentables en nuestras decisiones para ser viables.

Así, que si estás en contra de las armas, no trates de prohibirlas: mejor, trata de que los Estados desaparezcan o de que dispongan cada vez de menos recursos. Si las prohíbes, desaparecerán pistolas y espadas; si limitas los Estados, desaparecerán portaaviones y bombas atómicas. Tú eliges.

[1] Entiéndase individuo en sentido amplio, pero sin incluir a los Estados.