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El dinero, el ocio y la felicidad

La moralina anticapitalista suele proclamar que "el dinero no da la felicidad". No por ser más ricos y tener más bienes, nos dicen, lograremos ser más felices. Por tanto, la organización política, social y económica no debe orientarse a la creación de riqueza, sino a alcanzar otros fines de cariz social. No importa que los ricos sean sistemáticamente expoliados por el sistema fiscal, ya que, en realidad, no necesitan todo lo que tienen para ser felices.

El éxito de la letanía anterior (especialmente entre la gente pobre) se debe, en buena medida, a que generar riqueza es un proceso más complicado que autoconvencerse de que no es necesario crearla para ser felices. Dicho de otra manera, en la inmensa mayoría de los casos, se convierte en una justificación de la pasividad y el fracaso de los más pobres.

Además es una frase que resulta difícil de refutar en pocas líneas, ya que todos conocemos casos de gente rica e infeliz y de gente austera y con una vida plena.

Mi propósito no es afirmar que el dinero necesariamente da la felicidad, sino más bien que en la mayoría de los casos facilita lograrla. Para ello comenzaremos dando una definición praxeológica de felicidad.

Todo ser humano actúa deliberadamente para lograr sus fines, esto es, para pasar de una posición menos satisfactoria a otra más satisfactoria. Para lograr estos fines necesita proveerse de unos medios que le permitan reducir la distancia entre la situación actual menos satisfactoria y la situación futura más satisfactoria.

Definiremos el tiempo durante el que el ser humano satisface sus fines como "ocio", mientras que "trabajo" será el tiempo durante el cual el individuo se provee de los medios necesarios para conseguir sus fines. Dicho de otra manera, las acciones realizadas durante el tiempo de ocio se desean por sí mismas (proporcionan utilidad directa), mientras que las realizadas durante el tiempo de trabajo se desean por acercarnos hacia el ocio (utilidad derivada). Si un determinado trabajo fuera improductivo (no nos acercara al ocio) dejaría de ejecutarse de inmediato.

Obviamente, todo el mundo preferiría vivir en un ocio permanente y no trabajar nunca. Sin embargo, si el individuo minimiza su tiempo de trabajo, sólo podrá lograr fines muy simples. El tiempo de ocio presente tiene su coste de oportunidad: renunciar a un ocio futuro más intenso. Por ejemplo, una persona puede disfrutar echado en la cama todo el día, aunque disfrutaría más si pudiese ser astronauta. Sin embargo, ambos fines son en buena medida incompatibles: si se limita a reposar en la cama, no podrá trabajar en alcanzar su puesto de astronauta y viceversa.

Por consiguiente, el ser humano será tanto más feliz cuanto más duradero e intenso sea su ocio. El paradigma de felicidad sería, precisamente, que un individuo sólo llevara a cabo en cada momento aquellos que son sus fines más valorados.

En este sentido, el dinero es un instrumento muy útil para alcanzar esta permanente felicidad, ya que nos permite alcanzar sin necesidad de trabajar los medios que requerimos para lograr esos fines.

Ciertamente, el dinero no es imprescindible para ser feliz, pero aun en el caso en que las máximas aspiraciones de una persona consistieran en fines muy simples y básicos (comer, dormir y mantener relaciones sexuales), el individuo tendría que trabajar para proveerse del sustento necesario para sobrevivir y poder ejecutar esos fines.

El dinero (o más generalmente la riqueza), por tanto, no sería necesario para alcanzar la felicidad sólo en el caso en el fin prioritario del individuo fuera a su vez una actividad que le proporcionara los medios necesarios para alcanzar otros eventuales fines futuros. Pensemos en el cazador que va a cazar porque es su mayor afición y, además, obtiene carne para cenar o en el profesor universitario que va a dar clase porque es su prioridad en ese momento (y con independencia del salario percibido).

En el resto de los casos, el dinero (o la riqueza) es condición necesaria (pero no suficiente) para seguir incrementando nuestra felicidad, ya que evita que tengamos que perder el tiempo en otras actividades que no nos proporcionan directamente utilidad.

Por supuesto, la mentalidad anticapitalista suele relacionar la necesidad de dinero con una suerte de avaricia ilimitada y de atesoramiento de bienes. El ser humano, nos dicen, no es capaz de consumir tanta riqueza como la que tienen las grandes fortunas. Por este motivo, los anticapitalistas vienen justificando la redistribución de la renta y de la riqueza: los bienes que los ricos despilfarran en sus excesos pueden incrementar mucho la felicidad de los pobres más necesitados.

El economista neoclásico Pigou fue el primero en sugerir que los ricos derivaban menos utilidad de un dólar que los pobres, de modo que la redistribución de la renta aumentaba la utilidad social. Más tarde, Kaldor y Hicks sugirieron que tal redistribución era eficiente, ya que el pobre podía compensar al rico y aun así salir ganando.

Sin embargo, ambas consideraciones desconocen el papel que los ricos conceden a su patrimonio. En primer lugar, los ricos en general no tienen la intención de consumir y despilfarrar compulsivamente su riqueza, ya que probablemente con esos hábitos nunca habrían logrado amasarla (y por eso mismo, los "nuevos ricos" sí suelen arruinarse con celeridad). Lo que les permite la riqueza es vivir sin trabajar y dedicar su existencia a aquello que más les satisface. Por ejemplo, Warren Buffett, el hombre más rico del mundo, apenas ha modificado sus hábitos a lo largo de su vida (sigue viviendo en la misma casa y usando el mismo coche que hace 40 años). Poseer grandes cantidades de dinero no equivale a ser una persona vacía, sin principios o aficiones, sino tener la oportunidad de autorrealizarse y focalizar su vida en aquello que más le satisface.

Es más, los ricos pueden conceder ese "privilegio" a las personas que quieren y aprecian. Y eso nos lleva al segundo punto de por qué ninguna cantidad de riqueza tiene por qué ser suficiente. Las grandes dinastías permiten al patriarca transferir su riqueza (y la oportunidad de no tener que trabajar) a sus hijos, nietos o bisnietos y, en muchos casos, sólo ese gesto y esa expectativa ya son fuente de ocio y felicidad para el patriarca.

Cuanto más dinero amase un individuo, no sólo podrá extender esa oportunidad a mayores y más amplias generaciones (no es lo mismo facilitar el ocio a un nieto que a cien), sino que podrá extenderlo con menor incertidumbre.

Se atribuye al Barón de Rothschild la frase de que "estaría contento si pudiera legar a mis descendientes una cuarta parte de mi riqueza". Con este comentario, Rothschild ponía de manifiesto las dificultades de transferir el capital intergeneracionalmente (inflación, nacionalizaciones, impuestos sobre ganancias y sucesiones y la necesidad permanente de ajustarse a las necesidades de los consumidores). Si sólo iba a poder transferir una cuarta parte (siendo optimistas) del pastel, era necesario que el pastel fuera muy grande.

En definitiva, no es cierto que el dinero no dé la felicidad. En la inmensa mayoría de los casos será una condición necesaria (aunque no suficiente) para ser más felices. Y tampoco es cierto que las redistribuciones de la renta generen incrementos en la utilidad social: no se trata sólo de que las comparaciones intersubjetivas de utilidad sean imposibles, sino que existen razones de peso para creer que con las redistribuciones se condena a una menor felicidad a muchas generaciones presentes y futuras.