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El egoísmo es un derecho, no una virtud

En los círculos liberales, el concepto de egoísmo goza, por lo general, de buena reputación; está visto como un criterio de conducta virtuoso y meritorio. En buena medida, esta imagen está relacionada con el título de una famosa serie de ensayos contenidos en un libro de Ayn Rand y Nathaniel Branden. Esta fervorosa apología, avalada por una autora tan popular como Rand, ha dado lugar a ciertos equívocos en cuanto a la valoración del concepto de egoísmo.

Lo primero que sería importante señalar es que no fue Rand quien descubrió la significación económica y social del egoísmo. Ya Adam Smith había abordado el tema y aun antes Bernard de Mandeville lo había hecho. Pero mientras aquellos autores habían dado un tratamiento discreto del tema, Rand, con su lenguaje florido y su prosa levantada, lo elevó a la categoría poco menos que de virtud teologal. Esto empieza a resultar ya algo exagerado y requeriría una discusión más pormenorizada.

El motivo por el cual Rand califica al egoísmo como virtud está relacionado con los fundamentos individualistas en los que la filosofía liberal está basada. La tesis básica del liberalismo es que el egoísmo, mediatizado por la búsqueda de beneficios personales a través de la satisfacción de requerimientos ajenos, termina entrelazando una trama de intereses sinérgicos que derivan en un orden social que resulta ventajoso para cada uno de los miembros de la comunidad. Esto es verdad, pero no de eso necesariamente se desprende la conclusión de que la práctica del egoísmo es una conducta virtuosa.

Esa exaltación apasionada del egoísmo es, básicamente, una reacción contra el altruismo forzado bajo la coacción del Estado y materializado por medio de los impuestos, que obligan a ceder una parte sustancial del dinero ganado legítimamente para financiar políticas redistributivas, generalmente justificadas bajo el pretexto de que están destinadas a ayudar a gente que sufre carencias de diversa índole.

Pero esta actitud legítimamente reactiva frente a los abusos estatales ha dado, a su vez, lugar al enfoque de categorizar lo que es un rasgo natural de la condición humana -y, por ende, un derecho congénito de todo individuo- como una virtud. Y eso ya es un abuso. El concepto de virtud, en términos éticos, consiste no en ser lo que ontológicamente se es, sino en superar esa condición básica. No es virtuoso ser egoísta, como tampoco lo es tener en la cara dos ojos, una nariz y una boca. Aunque parezca frívola, la analogía es formal. La virtud consiste en dejar de ser egoísta, pero no porque el Estado lo fuerza de manera coactiva -que es, de hecho, lo que sucede actualmente en la mayor parte de los países- sino en dejar de serlo voluntariamente.

La legitimación de este análisis implicaría cambiar la consideración ética acerca del egoísmo. Sigue siendo verdad que el egoísmo es un rasgo natural de la condición humana y que todo individuo, en tanto no afecte derechos de terceros, está autorizado a actuar de manera egoísta y nadie está facultado para impedirle que lo haga o para obligarlo a que actúe de modo altruista. Pero sí deja de ser verídico que el egoísmo sea una virtud.

Todo esto adquiere relevancia en cuanto a que lleva a un cambio en la actitud personal de muchos liberales y más aun al perfil que una corriente de pensamiento y acción práctica liberales puede adquirir. La consideración del egoísmo como virtud deriva en una sobreactuación de esa condición psicológica, que tiene como efecto la generación de rechazo hacia el liberalismo de parte de quienes no tienen un compromiso personal profundo con las ideas liberales. La hipótesis que estamos tratando de plantear es que la categorización del egoísmo como virtud termina influyendo para llevar a ciertos representantes y militantes liberales hacia una actitud beligerante que resulta contraproducente al efecto de generar adhesión hacia las ideas representativas de la libertad.

En un ordenamiento liberal, donde el derecho a ser egoísta esté plenamente respetado, y de eso derive una dinámica de prosperidad, es altamente probable que proliferen las conductas altruistas de la más variada índole. De hecho, está ampliamente demostrado de manera empírica que la gente es más generosa en sociedades prósperas que en ámbitos pauperizados. Y es lógico que sea así porque la prodigalidad difícilmente se manifieste cuando la atención de los individuos está centrada en la lucha por la propia supervivencia.

De todo lo cual se desprende la paradoja de que un orden social donde el egoísmo está reconocido como derecho provoca, en razón de la prosperidad que genera, un incremento de las conductas altruistas. Pero si los liberales proclamamos a voz en cuello -como unos cuantos lo hacen- que el egoísmo es una virtud y no un simple derecho inherente a la condición de ser humano, terminamos transmitiendo una imagen errónea que perjudica la posibilidad de presentar un mensaje atractivo hacia más gente que aquellos que ya están convencidos de los méritos del liberalismo.

Sería positivo, por lo tanto, que los enfoques conceptuales de los representantes del liberalismo hicieran mas hincapié en esos efectos secundarios de la aplicación de políticas basadas en principios de mercado, y menos en la reafirmación del egoísmo como eje central del orden económico. Esto no significa una legitimación de la coacción estatal para la práctica del altruismo forzado, sino la presentación de un rasgo inherente al orden social liberal que lo tornaría más atractivo a nivel popular. Pero para que eso sea posible es necesario recategorizar al egoísmo, no como una virtud, sino como un derecho inherente a la naturaleza intrínseca de la condición humana.