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El empeño de unir a la derecha nos convertirá en Chile

Uno de los inconvenientes de interesarse por las ideas de fondo e ignorar el combate político del día al día es que te conviertes en una especie de Cassandra: puedes pronosticar el futuro, pero nadie tiene el menor interés en escucharte.

Es un don que todos tenemos en cierta medida, pero a veces se manifiesta en algunas personas de forma especialmente fuerte: es el caso de Axel Kaiser.

Axel lleva años hablando de liberalismo en un país donde nadie quiere escuchar. Seguramente eso le llevó a escribir uno de los libros más proféticos que he leído: La fatal ignorancia: La anorexia cultural de la derecha frente al avance ideológico progresista.

Y no, no es de hace dos y tres años. Es de 2009. Diez años antes de que el país explotara por, y cada vez que lo escribo me sorprendo, una subida de las tarifas de metro.

Pero lo más sorprendente no es que nadie escuchara las advertencias de este libro cuando se publicó. Lo verdaderamente preocupante es que casi nadie le está prestando atención cuando se ha confirmado punto por punto lo que se dice en él.

Axel ha hecho un resumen del libro en forma de artículo hace unos días. Les recomiendo leerlo entero. Yo voy a extractar la parte más importante y lo voy a relacionar directamente con el partido político, y todo lo que le rodea, que está llevando a España a la misma situación que Chile:

Sin embargo, durante décadas la derecha política, intelectual y académica ha celebrado la “moderación” como una virtud en sí misma, en circunstancias que no pasaba de ser una especie de postura de salón para no incomodar a otros. Si, en cambio, desde el principio se hubieran defendido con firmeza y claridad, es decir, sin moderación, aquellas ideas responsables del éxito del país, hoy no estaríamos donde estamos.

El lunes 20 de enero el consejero de Educación de la Comunidad de Madrid (PP) fue a la cadena EsRadio a ser entrevistado a causa del pin parental. Por si queda alguien que no lo sabe, en pin parental no es más que una medida burocrática que permite a los padres poder filtrar ciertas charlas impartidas por personal ajeno al centro escolar y que tengan que ver con temas morales, sexuales, etc. 

Las respuestas del consejero definen al Partido Popular de una forma espectacular. ¿Está a favor o en contra del pin parental? No se puede saber. Él solo puede decir que no constan quejas en los distintos entes administrativos, y que el protocolo de setenta y cuatro pasos para garantizar no se sabe qué se ha cumplido perfectamente. Dada esa gran evidencia, solo puede afirmar que no ve necesario aplicar la medida.

Pero la mejor parte es cuando Domingo Soriano le pregunta que cómo es posible que en Madrid, donde el PP lleva más de veinte años gobernando, haya libros de texto donde a niños de siete años se le adoctrina en contra del capitalismo (dando un ejemplo concreto). ¿Qué responde el consejero? Pues que no puede precisar, pero que, de nuevo, un protocolo de cien pasos y media docena de agentes velan por que los libros cumplan con unos estándares. 

¿Cómo filtran esa media docena de agentes contenido anticapitalista si en su mayor parte son, o anticapitalistas convencidos o funcionarios sin el menor ánimo de complicarse la vida ante los primeros? Eso el consejero tampoco lo puede precisar, porque esos temas políticos y morales están fuera de su ámbito. Él es un cargo público del Partido Popular, por tanto, está para gestionar, no para meterse en política.

Pero es que la aparición de Vox nos está regalando más ejemplos. Hace unos días el Ayuntamiento de Madrid se negó a que un centro de atención a víctimas de delitos sexuales atendiese a niños (en vez de solo a mujeres y niñas). ¿Por qué votó el PP en contra? Ni idea. Después de varios intentos de que alguien del partido lo explique se ha dado por imposible.

Y aquí hay que diferenciar una cosa: ¿se puede estar en la derecha y defender que las niñas tienen que ser atendidas de forma prioritaria o especializada en este tipo de casos? Sí, se puede. Pero se tiene que explicar, y se tiene que basar en alguna idea previa que el resto de los mortales podamos entender. Si las ideas son la ideología de género, la cosa se pone interesante, pero aun así es legítimo defender esas ideas desde la derecha si alguien consigue sostenerlas. El problema aquí es que el PP no cree en la ideología de género. Cree en hacer lo que políticamente le da menos problemas al mismo tiempo que intenta no explicar a su votante de base lo que está haciendo porque, evidentemente, dejaría de votarle en el acto.

Otro caso sangrante de estos últimos días es que el homicidio perpetrado por un señor de 80 años con alzhéimer haya sido catalogado con todo bombo por el PP como un crimen machista. Ni la enfermedad de este señor, ni la versión de la familia y vecinos han impedido que los populares gallegos intentaran ganarse el favor de una periodista (activista) calificando la acción de este señor de la siguiente forma: una consecuencia “de la existencia de un sustrato machista en la sociedad que solo puede ser resuelto por medio de políticas públicas feministas”.

¿De verdad cree el PP que las acciones violentas de un señor con una enfermedad muy grave, que afecta a sus procesos cognitivos básicos, tienen algo que ver con el machismo? ¿De verdad cree que destinar cantidades ingentes de dinero público a dar charlas feministas va a hacer que los enfermos de alzhéimer dejen de tener conatos de violencia?

Y si creen eso, ¿por qué no se lo explican a sus votantes? ¿Por qué en vez de repetir que la izquierda es muy mala y ellos muy buenos, no dedican algo de tiempo a explicarles esas teorías políticas tan peculiares?

Y así llevan más de veinte años. Han reducido el liberalismo a bajar mínimamente los impuestos (y ya ni eso), y han destruido completamente la rama conservadora del partido, con lo que han llevado a toda su parte social a la marginalidad. Y al mismo tiempo, por quedarse en tierra de nadie, han propiciado la creación de un partido a su izquierda que no tiene ningún problema en despreciar a los conservadores comprando lo peor de la arrogancia progresista, y que, pese a su fracaso en las últimas elecciones, tiene a su alcance un caladero de votantes jóvenes y de mediana edad que reniegan del socialismo, pero que ante la falta total de alguna idea liberal o conservadora en el ámbito público, solo quieren una alternativa moderna y moderada que les permita seguir con su nivel de vida sin preocuparse de nada más.

Y ante este panorama, ¿cuál es la principal preocupación de los intelectuales de derechas? Se puede resumir en una frase: la desunión existente en estos momentos críticos de la historia de España.

Tengo 38 años y no recuerdo un solo día en mi vida en que España no haya pasado por un momento crítico de su historia. El PSOE de González y su amenaza de ocupar el poder de por vida, la ETA y sus décadas de asesinatos, la guerra de Irak y el 11M, otra vez la ETA y, por último, la crisis económica, el 15M y la independencia de Cataluña.

Todos temas críticos que debían unir a la derecha en una sola voz. No se podía hablar de nada más.

¿Funcionó? Pues si les preguntas a esos mismos intelectuales te dirán que no: todo está peor, y el pasado siempre fue mejor.

Yo no soy tan pesimista. En las batallas ideológicas nunca vences de forma clara al adversario, pero eso no quiere decir que la hayas perdido. Pero lo que es indudable es que la derecha está perdiendo la guerra. Y precisamente la está perdiendo por esa obsesión de mantener una estructura jerárquica unificada que priorice unas batallas sobre otras.

Al final consigues un ente burocrático con un poder enorme para acallar cualquier idea que no convenga a corto plazo. Prima la moderación y se termina aceptando cualquier victoria del adversario como irreversible, incorporándola a tu ideario.

Ese es el camino que hemos recorrido hasta ahora. Con Vox en escena parece que se vuelve a hablar de ideas, aunque sean mayormente conservadoras. Pero de nuevo aparece el falso dilema: ¿hay que marginar a Vox para que la izquierda no tenga munición contra la derecha y concentrarnos en la nueva crisis nacional? ¿O hay que unirse a Vox contra el avance de lo políticamente correcto, aunque no seamos conservadores?

La respuesta es que la derecha tiene que dejar de unirse ante supuestos enemigos comunes y empezar a debatir ideas. El conmigo o contra mí de la política no puede seguir infestando a toda nuestra base social. La pereza intelectual y la fe en instituciones jerárquicas nacionales e internacionales tienen que desaparecer si se aspira a que la derecha sobreviva a largo plazo, y no solo a la siguiente crisis.

Conservadores, liberales, liberales-conservadores, y sus muchas subramas, tenemos pocas cosas en común, pero son suficientes para empezar a discutir civilizadamente. Y una vez que prime hablar de ideas vamos a tener más fácil identificar a aquellos que no tienen ninguna, y solo aspiran a seguir pastoreándonos. Y quizá sea ese el verdadero enemigo común con el que valga la pena pelear todos a la vez, aunque, eso sí, cada uno por su lado.