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El Gobierno de la vergüenza

En los últimos días (y en los meses que nos quedan) estamos asistiendo a una de las mayores crisis sanitarias, sociales, económicas y políticas de nuestra historia reciente. Las epidemias no son nada nuevo para el hombre, pero sí lo es la forma de encararlas. Ante estos hechos, que la historia nos ha ido enseñando y que se han cobrado tantas almas a lo largo de los tiempos, los gobernantes que han merecido el recuerdo por sus hazañas han debido enfrentarse con entereza y determinación. España, también como hecho recurrente, ha sido y es una nación que tiene un grandioso pueblo gobernado por nefastos políticos. Haciendo honor, sin duda, al capítulo de Camino de Servidumbre de Hayek: por qué los mediocres siempre acaban a la cabeza. La crisis de la COVID-19 o en términos más mundanos, coronavirus, podría ser mejor gestionada pero nunca peor, al menos en España. El Gobierno ladino y desnortado que este país sufre no está sino poniendo clavo tras clavo en el ataúd de la sociedad que tantos años, dinero, sacrificios y penurias costó levantar. Podrán decir aquellos estómagos agradecidos de la prensa y los estamentos públicos que la epidemia no sólo asola a España. Es cierto. Pero desde luego los estragos causados aquí por las mentiras de unos, la ineptitud de otros y la cobardía de los de más allá, sí que es exclusiva de la piel de toro.

Un filósofo al frente de Sanidad cuyo currículum se jalona de concejalías o una mala imitación del más famoso personaje de Santiago Segura dirigiendo los Transportes; un tipo a sueldo del presupuesto que nos decía que con lavarse las manos bastaba, ya que esto era una simple gripe; un gabinete de crisis al que se le realizan pruebas de coronavirus de forma diaria mientras los desgraciados pensionistas entran por la puerta de urgencias para salir en una bolsa de plástico directos al crematorio; una gran parte de la prensa nacional que estaría dispuesta a sufrir severas lesiones lumbares con tal de inclinar la cerviz ante sus amos y señores; unas comunidades autónomas que se despellejan entre sí por hacer política de peluquería y salón de té y una oposición que intenta mantener el tipo para no atacar en horas bajas, mostrando seriedad y altura de miras, pero que no ve la realidad. Que no quiere ver la verdad: la de que la izquierda española tiene patente de corso para asesinar a varios presidentes del Gobierno, para dar golpes de Estado, para causar guerras civiles, para ocultar abusos sexuales, para defender el terrorismo de ETA, para blanquear las dictaduras (siempre que sean de las suyas), para mirar hacia otra parte cuando los islamistas matan en nuestras calles y para cualquier cosa con tal de conservar el poder. Una España que no está queriendo ver que los ocho mil, diez mil o doce mil muertos, la destrucción de la economía y la fractura social no van a suponer ningún castigo electoral ni moral para nuestros infames gobernantes. ¿Por qué? Es bien sencillo: a la izquierda se le presupone la bondad aunque todas sus políticas sean un desastre mientras que a la derecha se le arroga la maldad aunque sus resultados sean exitosos. En España, si uno quiere triunfar, debe hacerse socialista. Tras ello es indiferente que sea un inútil, un mentiroso, un manipulador o un pistolero. Todo lo tiene hecho. Cuarenta años de regar con dinero público a los medios para convertirlos en gabinetes de prensa de los partidos; el monopolio exclusivo de la izquierda en el humor que convierte todo fracaso estrepitoso (gastemos millones de euros en test defectuosos) en meme mientras que eleva al delito mayor el nimio fallo de la derecha; instrumentalizar el abnegado trabajo de los sanitarios utilizando los aplausos en favor del poder; asimilar a España con su Gobierno y tachar de falto de unidad al que se atreve a disentir. ¿Unidad? ¿Qué unidad? El PSOE es el experto cum laude en pactos con los mayores enemigos de la libertad: separatistas, terroristas y nacionalistas han sido huéspedes habituales de la Moncloa. Todo lo que fuera necesario con tal de conservar un poder. Un perro causó conmoción y forzó dimisiones tras ser sacrificado ante las más que evidentes sospechas de que fuera portador de ébola. Un perro. Hoy, la vida de miles de ancianos (y no tan ancianos) no vale nada. Podría decirse que mueren como canes, pero no. A ellos no les hacen manifestaciones de apoyo. Sólo son números; ya no son seres humanos. Es mejor no ponerles nombre ni rostro, para tratar de evitar el pensamiento que a todos nos debería venir a la mente: tantos miles de muertos, tantas familias rotas, tantos que se están yendo sin siquiera un velatorio ni unas flores. ¿Y no va a responder nadie? ¿Aquí no asume responsabilidades ningún dirigente?

Mientras tanto, usted que me lee y yo que le escribo nos quedaremos en casa a ver morir a la gente, a contar las cifras de fallecidos como si de días del calendario o partidos de fútbol se tratasen. Estamos ante una gestión pésima que, más allá de lo incontrolable de la pandemia, está siendo ejemplo de cómo el mal gobierno puede costar vidas humanas. No debemos mirar para otro lado. Cuando todo pase estaremos ansioso de volver a los bares y de tener la suerte de conservar la economía más o menos en pie. Otros, con nuestro dinero, se darán golpes de pecho colgándose medallas por los sacrificios de sanitarios, maestros, policías, transportistas, bomberos, farmacéuticos y reponedores. Pero nada pasará, porque nuestros gobernantes tienen la suerte de ser socialistas.

Y así, con muchas comparecencias sin preguntas molestas, con caras de pena ensayadas ante el espejo y pidiendo esfuerzos a los demás en lugar de asumir responsabilidades, el maestro del fraude que habita la Moncloa podrá marcarse un tanto: el agujero de las pensiones va a disminuir considerablemente. Pocos pensionistas van a quedar a este ritmo.