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¿El imperio otomano redivivo?

A mediados de esta primavera el mundo presenció el golpe final asestado por Recep Tayyip Erdoğan a la República turca que fundara en 1921 Kemal Ataturk sobre los escombros del Imperio otomano derrotado en la Primera Guerra Mundial. No había transcurrido un siglo desde el establecimiento de un régimen constitucional con fuertes tendencias autoritarias, aunque seculizadoras y aperturistas, cuando se conoció el resultado del referéndum del pasado 16 de abril. Aunque por un estrecho margen del 1´20 por ciento de los votos, los turcos ratificaron una reforma constitucional que otorga poderes absolutos a su presidente, dando un barniz leguleyo a un proceso que venía gestándose desde que el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) accedió al gobierno por medios democráticos, al obtener una mayoría del 34 por ciento de los votos en las elecciones parlamentarias de noviembre de 2002.

Estos poderes absolutos derivan directamente de las potestades exorbitantes que se reservan al presidente. Si bien la reforma distingue un presidente y un parlamento elegidos por sufragio popular, así como un poder judicial formalmente separado de los anteriores, adjudica al primero la competencia para nombrar jueces sin control alguno, dictar decretos leyes y disolver el parlamento. Podrá, asimismo, designar por sí solo a los altos cargos de la administración pública y ejercer el mando exclusivo de las fuerzas armadas. El puesto de primer ministro desaparecerá. La asamblea nacional conservará algunas competencias legislativas y de supervisión, pero obviamente será una mera caja de resonancia de los caprichos presidenciales cuando la mayoría y el presidente pertenezcan al mismo partido, como ocurre en la actualidad. En resumen, el actual presidente detentará un poder desconocido desde los tiempos de los sultanes otomanos.

El mismo día del recuento del referéndum afloraron distintos análisis para explicar lo sucedido. En esencia, Erdoğan ha continuado la estrategia de su mentor político, Necemitt Erbakan, perseverante fundador de partidos islamistas con distintos nombres para eludir las condenas y prohibiciones que la República turca le fue imponiendo por atentar contra los fundamentos laicos de su ordenamiento jurídico. Dicho sea de paso, de una forma muy especial, pues el denominador común nacionalista que impregna la política turca le situó como viceprimer ministro del gobierno de Bülen Ecevit que invadió Chipre en 1974. Tras el golpe militar de 1980 y el breve periodo como primer ministro en un gobierno de coalición de su precursor en 1996, truncado por el ultimátum del Consejo de Seguridad Nacional dominado por los militares, Tayyip Erdoğan (entonces alcalde de Estambul) y Abdullah Gül se distanciaron tácticamente de él. Antes de las elecciones de 2002 fundaron un partido nuevo, el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP). Una vez en el gobierno -que dirigió por poco tiempo Gül, como primer ministro, para ser sucedido en 2003 por Erdoğan- rebajaron la retórica antioccidental islamista, continuaron la negociación para incorporarse a la Unión Europea y cultivaron una imagen de sí mismos como los equivalentes en el mundo musulmán a los democristianos europeos. Aun así, mantuvieron las ideas tradicionales islamistas sobre el papel de Turquía en Medio Oriente y el resto del mundo musulmán.

Por otro lado, conviene recordar que poco antes de esa victoria, Turquía había sido rescatada de la quiebra por el Fondo Monetario Internacional en más de tres ocasiones. La última en 2001, cerrando la etapa de desastrosa gestión económica de los desacreditados partidos políticos que restauraron la democracia tras la dictadura militar que rigió el país entre 1980 y 1983. Hasta cierto punto, los primeros gobiernos de Erdoğan emprendieron reformas estructurales (guiadas por los compromisos con el FMI y la Unión Europea), controlaron de forma más estricta el gasto público, aumentaron la transparencia presupuestaria, abrieron a la competencia más mercados y otorgaron un estatuto de autonomía a su banco central. Para hacerse una idea del progreso económico que experimentó Turquía entre su llegada al poder y el año 2008, en que estalló la última gran crisis financiera mundial, cabe destacar que se redujo la inflación del 60 por ciento al 9 por ciento, la renta per cápita anual se triplicó hasta alcanzar los 10.500 dólares y, solo durante el año 2007, las inversiones extranjeras afluyeron al país por un valor de 19 mil millones de dólares. De hecho, el crecimiento de la economía turca se mantuvo a un ritmo del 6 por ciento anual. Durante esos años las exportaciones de productos manufacturados, principalmente dirigidos al Espacio Económico Europeo, crecieron significativamente, en parte debido al despliegue gradual del tratado de asociación (Acuerdo de Ankara de 1963 y protocolo adicional de 1970) y las facilidades ofrecidas por la Unión Europea.

No obstante, este modelo comenzó a desmoronarse, como recordaron en su ensayo The Ups and Downs of Turkish Growth, 2002-2015 los economistas turcos Daron Acemoğlu (célebre coautor de Por qué fracasan los países) y Murat Üçer. Sostienen estos autores que, a partir del año 2007, diversos factores (como el propio afianzamiento en el poder del AKP y el encallamiento de las negociaciones para la incorporación a la UE) revirtieron las reformas emprendidas en el marco institucional a la situación previa de arbitrariedad. A continuación, abrieron paso a un crecimiento errático, con una fuerte caída del 5 por ciento en el año 2009, un rebote alcista insostenible del 9 por ciento en 2010-11, provocado por la expansión monetaria y el aumento drástico del gasto público, para bajar a tasas de crecimiento muy desequilibrado del 4 por ciento en años posteriores.

Todas estas consideraciones deben complementarse con otras de pura naturaleza política, que los países europeos no han querido analizar abiertamente. En términos generales, el peligro que representa Erdoğan y su partido para los turcos y el resto de la comunidad internacional deriva del proyecto político que quieren ejecutar. El establecimiento de un régimen autocrático se combina con una explosiva mezcla de nacionalismo imperialista y mesianismo islámico, que busca nostálgicamente su legitimidad y su proyección en las fronteras (máximas) del antiguo imperio otomano. 

A pesar de que hereda la posición de Turquía como miembro de la OTAN, sus actuaciones en la guerra civil siria chocan directamente con sus teóricos aliados. Erdoğan parece, por el contrario, estar más interesado en impedir la creación de un Kurdistán independiente fuera de las fronteras turcas, chantajear a los países europeos con los refugiados y expandir su territorio, que en combatir al Estado Islámico. La partición de Chipre por la ocupación turca puede convertirse en una mínima contradicción dentro de la Alianza Atlántica comparada con los conflictos que anuncian sus ideas geoestratégicas. En lo que él mismo debe considerar su frente interior, parece evidente que las purgas masivas realizadas en el ejército, la burocracia estatal (incluidos profesores) y la judicatura, con ocasión del extraño golpe de Estado del verano pasado, le permitirán impartir órdenes a una legión de dóciles arribistas. Huelga decir, en fin, que la represión de periodistas disidentes y opositores amenaza con convertir a Turquía en un emisor de solicitantes de asilo político de primer orden y no solamente de recurrentes ante el Tribunal de Estrasburgo.

Por si todo lo anterior fuera poco, la televisión estatal turca emite piezas de propaganda, dirigidas a propagar el odio hacia todos quiénes el régimen considera sus enemigos. Destaca la serie “El último emperador”, que presenta -con una aclaración de estar basada en “hechos históricos”- los últimos años del sultán otomano Abdulhamid II. Este señor absoluto del imperio e islamista, quién se resistió a las reformas secularistas de los Jóvenes Turcos, fue derrocado por éstos en 1909. Trazando un asombroso paralelismo con el actual presidente, el guion pinta un mundo en el que la prensa libre, el secularismo y la democracia son el producto de potencias extranjeras, las minorías religiosas y los liberales ateos, quiénes solo pretenden socavar la identidad nacional turca, el honor y la seguridad.

Con espeluznantes vivificaciones que retrotraen a los tiempos de esplendor de la propaganda victimista de otros movimientos totalitarios, la serie presenta una demencial conspiración sionista (“pronto, la humanidad servirá solo a los judíos elegidos por Jehová”) a la que se unen emisarios del Vaticano, los masones (¡sí, los mismos!), Gran Bretaña, socialistas y jóvenes turcos. La estomagante manipulación, destilada por guionistas oficiales de Erdoğan, no debería provocar carcajadas, sino, más bien una inmediata reflexión sobre los siguientes objetivos de este sultán redivivo.