Usted está aquí

¿El liberalismo era esto?

Huelga decir que “ser liberal” cada quien lo entiende o siente de forma muy particular. Todos hemos llegado por caminos diferentes y todos venimos marcados por unas experiencias, relaciones o personalidades desiguales.

Precisamente por eso, siempre se ha entendido (al menos, yo lo he entendido así) que existe un denominador común al hecho de ser liberal: defensa de la libertad (obvio), deseo de que proliferen entornos pacíficos (respeto a propiedad, responsabilidad personal) y prósperos (no tan obvio, pero es un resultado lógico de órdenes extensos y complejos en los que se respetan la propiedad y, tan importante, la diferencia). De la mano de lo anterior, colea la visión de largo plazo que se tiene del desenvolvimiento del individuo, la familia y la sociedad, así como el respeto, al entenderse ámbito íntimo y privado, por pensamientos y acciones ajenas (siempre que no se atente mediante las acciones contra los derechos de otros individuos).

Ahora muchos círculos del liberalismo han dado un paso hacia adelante al abrazar el “activismo social”, para perplejidad de otros liberales a los que este movimiento está dejando algo desconcertados. Del vivir y dejar vivir asociándose a voluntad, se ha pasado al “déjame que te explique cómo has de vivir, cómo has de pensar y cómo has de sentir”. Sorprendente. Somos hijos de nuestro tiempo, quién lo duda. Hemos virado de un paternalismo conservador a uno postmoderno, tan mojigato, “bienintencionado”, vociferante y colectivista como el anterior.

Yo seguiré respetando las afinidades, particularidades y agrupaciones ajenas, que no dejan de ser reflejo de la rica diversidad del ser humano. Yo seguiré entendiendo que, igual que renegamos de las fronteras físicas de los Estados o naciones y las políticas centralistas y uniformes que devienen del monopolio que ejercen, otros miramos con el mismo recelo la imposición, venga de donde venga, del pensamiento único sobre sexualidad, relación entre sexos, visión de la familia, cultura, educación, religión, política de contrataciones o cualquier otra materia del ámbito privado (o de la comunidad voluntariamente aceptada).

La promoción de la diversidad requiere, en primer lugar, eso: diversidad, no pensamiento único. Y segundo: experimentación y competencia entre visiones. Y tercero: respeto por el otro (como mínimo, no inmiscuirse en su proceso íntimo de decisión), aunque no entiendas lo que hace ni por qué lo hace, o lo consideres simplemente un comportamiento idiota.

Por supuesto, un activismo de corte social es otra visión más de entre las muchas que compiten en el espectro de las ideas. Eso nadie lo pone en duda. La cuestión, sin embargo, es que se da una vuelta al liberalismo como se entendía: conviene saber diferenciar entre deseos subjetivos y categorías éticas universales. También conviene tenerle cierta fe a la evolución social, económica y cultural más que apostar por la promoción de cambios a través del conflicto entre clases (sexos o regiones, por ejemplo) con el recurso al victimismo, cosa que nunca va a llevar a buen puerto el entendimiento entre dichos grupos. 

Si alguna medalla puede colgarse el estatismo rampante es la de haber conseguido que todos –hoy, a través de redes sociales, internet en general o medios más tradicionales– opinemos “de todo", no sólo sobre lo que nos ocupa a nosotros (no tendría nada malo), sino especialmente sobre lo ocupa a los demás, en una suerte de continuo plebiscito con raíces políticas. La política ha conseguido penetrar tanto la sociedad que sus redes atrapan a todo ser viviente. Sinceramente, tenía la esperanza de que internet y las nuevas tecnologías promovieran la diversidad hasta el punto de que la proliferación de ramificaciones incontroladas nos acercara al desprendimiento del Estado y de su influencia política. Creo que me equivoqué. Lo que ha promovido internet, muy al contrario, es la “democratización” (como se dice ahora) de la política, incluso entre quienes dicen denostarla: se somete a un agotador escrutinio popular qué deben pensar los demás, cómo han de actuar y por qué.

Auberon Spencer reflexionaba sobre estas cuestiones ya a finales del s. XIX. Cuanto más “inteligente” (más rica, compleja y heterogénea) se hace una nación, más daño genera cualquier conato de imposición centralizada de una forma de pensar o actuar.

(…) But as these individual differences are both the accompaniment and sign of increasing intelligence, this unhappy result follows, that the more intelligent a nation becomes, the greater pain it must suffer from a system which forces its various parts to think and act alike when they would naturally be thinking and acting differently.

(…)

No doubt effective personal representation is under any circumstances a matter of difficulty; but political organization admits only of the most imperfect form of it, voluntary organization of the most perfect. Under political organization you mix everybody together, like and unlike, and compel them to speak and act through the same representative; under voluntary organization like attracts like, and those who share the same views form groups and act together, leaving any dissident free to transfer his action and energy elsewhere. The consequence is that under voluntary systems there is continual progress, the constant development of new views, and the action necessary for their practical application; under political systems, immobility on the part of the administrators, discontented helplessness on the part of those for whom they administer.

(…)

Happiness is the aim that we must suppose attached to human existence; and therefore each man must be free–within those limits which the like freedom of others imposes on him–to judge for himself in what consists his happiness.

(…)

(…) Far the larger amount of intolerance that exists in the world is the result of our own political arrangements, by which we compel ourselves to struggle, man against man, like beasts of different kinds bound together by a cord, each trying to destroy the other out of a sense of self-preservation. It is evident that the most fair-minded man must become intolerant if you place him in a position where he has only the unpleasant choice either to eat or be eaten, either to submit to his neighbor's views or force his own views upon his neighbor. Cut the cord, give us full freedom for differing amongst ourselves, and it at once becomes possible for a man to hold by his own convictions and yet be completely tolerant of what his neighbor says and does.

Auberon Herbert, The Right and Wrong of Compulsion by the State and Other Essays. Essay two. State education: a help or hindrance?

La política no sólo nos arrebata cada vez más ámbitos de decisión. Peor aún. Se obliga a la gente, los ciudadanos, a subir a un cuadrilátero y pelear entre sí para decidir qué educación, cultura, religión (o no religión), sexualidad ha de prevalecer en una sociedad (parece un ámbito algo amplio para un liberal). Se ponen las bases, pues, de un juego de suma cero en el que ganará la opción política A o ganará la B, pero nunca ambas a la vez (ni la C, D, E…). Entiéndase lo que apercibe el autor: el conflicto lo genera el propio proceso político en tanto que fuerza el enfrentamiento entre la gente alrededor de materias estrictamente privadas e íntimas, que nunca habrían de ser de dominio público, como la sexualidad, la religión o la educación. No se permiten opciones alternativas porque la uniformidad y el dominio cultural y social son el objetivo último del activismo político. Las pérdidas en términos de libertad, diversidad y progreso son cuantiosas. ¿Este también es el objetivo del liberalismo?

Pero ¿el centro del liberalismo no eran el individuo y sus fines? No, ahora somos activistas de lo social, y de una particular visión de lo social.