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El liberalismo es una herramienta, no una religión

Las críticas que el artículo del mes pasado de este mismo autor recibió, tienen, a grandes rasgos, el común denominador de que no aceptan el argumento de que la aplicación de las concepciones liberales pueda quedar circunstancialmente postergada por razones excepcionales, como la crisis sanitaria provocada por la aparición del coronavirus. Es un enfoque atendible, al cual no hay por qué negarle entidad a priori. Pero, así como es aceptable como término de discusión, tampoco hay por qué reconocerle veracidad sin más trámite. Hay que sopesar los argumentos a favor y en contra de la posición que sitúa a los principios liberales como un absoluto antes de decidir si son válidos o erróneos.

El punto en discusión tiene que ver con la naturaleza del liberalismo en cuanto corriente conceptual. Hay dos alternativas: 1) que el liberalismo sea una doctrina filosófica, con una proyección hacia campos prácticos como la política, el derecho, la economía, etc.; 2) que el liberalismo sea un concepto absoluto, cuyos fundamentos no admiten discusión alguna, lo cual lo convertiría en una especie de religión.

Si asumimos la posición que sitúa al liberalismo como una corriente filosófica, no tenemos más alternativa, si somos coherentes, que admitir que, como tal, sus postulados son absolutamente discutibles y su validez podría depender de las circunstancias que los hicieron emerger. Esa es la posición contenida en el artículo del mes pasado de este comentarista, al cual varios lectores cuestionaron severamente.

Si, por el contrario, concebimos al liberalismo como un absoluto, es claro que no puede haber factores circunstanciales que admitan su puesta en discusión. Una pandemia que pone en riesgo la vida de millones de personas no ameritaría una limitación de los derechos individuales de nadie porque tales libertades son absolutamente inviolables. Es esta, por cierto, una posición legítima y coherente, aunque en modo alguno indiscutible.

El problema de concebir al liberalismo como un absoluto irrenunciable con independencia de las circunstancias de tiempo y lugar, encierra el problema de que, si en alguna circunstancia en particular, la aplicación de postulados liberales produjera como consecuencia efectos colaterales desmesuradamente costosos (por ejemplo, la pérdida de cientos de miles o quizá millones de vidas humanas) la corriente crítica contra el liberalismo en general sería imposible de frenar. Salvo una ínfima cantidad de mártires, casi nadie está dispuesto a dar la vida por la vigencia de los principios liberales. Por lo tanto, el defecto de esa postura es que deja a las ideas y valores liberales en una posición muy vulnerable si, cuando llegan instancias muy críticas, no se legitima una flexibilización que neutralice los costos que la aplicación a rajatabla del liberalismo traería aparejados.

Es por eso que este articulista defiende una postura menos dogmática y más realista, a la que los ultraortodoxos consideran poco menos que herética. Parecería que han reemplazado la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, por el derecho a la libertad, a la propiedad y a la búsqueda de la felicidad… Así planteado, el liberalismo vendría a cumplir las veces de una religión y no de una doctrina filosófica proyectada hacia campos prácticos del quehacer social.

Una posición más flexible, que sostenga que la libertad individual es el principio rector del orden social como criterio general, pero que admite excepcionalmente su resignación en circunstancias muy críticas permite, a la vez que esgrimir todos los beneficios que del orden liberal es posible extraer en instancias normales, aceptar los límites que esos principios puedan tener y, de ese modo, mantenernos abiertos a la utilización de otras herramientas que, mientras siga estando vigente la situación de emergencia, permitan evitar las consecuencias más negativas.

Esta posición implica identificar al liberalismo como una herramienta, extraordinariamente útil en la amplia mayoría de los casos, pero que, eventualmente, ante determinadas instancias extremas, pueda resultar inapropiado. Lógicamente, quien conciba al liberalismo como una religión no puede aceptar este enfoque.

Quizá una buena forma de dirimir esta opción sea preguntarnos cuál de las dos metodologías sea más eficiente para generar adhesión hacia la puesta en práctica de acciones concretas en favor de la vigencia de un orden basado en la libertad.

Es muy factible que una concepción flexible, que enfatice la ampliación del margen de libertad en todo lo posible en tiempos normales, pero que no se cierre a aceptar los límites que ese principio pueda tener en algunos casos puntuales, lleve a que una creciente cantidad de ciudadanos miren al liberalismo como una alternativa atractiva. Porque quien observe en el liberalismo una corriente dogmática e irreductible, incapaz de adaptarse a las circunstancias adversas cuando estas sobrevienen, difícilmente esté dispuesto a depositar su confianza en quienes sostienen posturas tan alejadas de las instancias concretas, en particular, cuando estas exigen soluciones urgentes por cualesquiera medios que estas puedan ser implementadas. En cambio, quien vea en el liberalismo una actitud más versátil, posiblemente tenga una mejor predisposición a aceptar a las ideas de la libertad como una herramienta útil y eficaz para contribuir al progreso y a la libertad de cada individuo y, por agregación, de la sociedad en su conjunto.