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El lúgubre estado de la 'lúgubre ciencia'

Hace no mucho tuve oportunidad de participar en un congreso sobre teoría económica referida a antitrust o derecho de competencia. No es el primer congreso sobre teoría económica al que asisto, pero sí ha sido el que más académicos de renombre ha reunido de todos a los que he asistido. Todos los economistas que son alguien en el mundo de antitrust estaban allí, incluso exponiendo sus últimas investigaciones, y actuando como discussant de las de otros. El no va más de la economía del antitrust.

Y por eso tanto más representativo de lo que cabe esperar de la teoría económica dominante en la actualidad. Permítanme unas pinceladas para describir mi experiencia en el evento.

Había dos tipos de sesiones: sesiones políticas y sesiones científicas. En estas últimas se presentaban artículos, en principio, sobre teoría económica; en aquellas, se discutía sobre determinados temas candentes en el ámbito del antitrust, como por ejemplo avances en el control de fusiones, common ownership, criptomonedas, innovación o competencia en mercados digitales.

Lo primero que debería sorprendernos es que haya tantas sesiones políticas en un ámbito como es la economía de antitrust. Después de todo, si tienes una teoría correcta o generalmente aceptada sobre un tema, ¿qué queda para la discusión política? Por ejemplo, si hay dudas sobre cómo debería ser la competencia en los mercados digitales, ¿no es una cosa que se haya de resolver científicamente? Y si es así, ¿por qué el debate es político y no científico?

La respuesta puede tener que ver con que los propios economistas, los top, no se olvide, son conscientes de las limitaciones que ofrece la teoría económica mainstream para ofrecer respuestas aceptables o, al menos, consensuadas a esta clase de preguntas. Por lo tanto, no cabe más que deferir este debate a los políticos, a la política, y que se tomen decisiones económicas por consenso. Vamos, es como si la tabla de multiplicar se tuviera que decidir a votos en el Congreso de los Diputados.

Lo que sí hay que reconocer es que estos debates eran vivos y entretenidos, aunque la cosa no fuera de teoría económica. El contraste era brutal con las sesiones científicas, en las que sí que se supone que la discusión era teórica. En estas sesiones no había debate, y ello pese a la presencia de discussants para cada uno de los artículos. Pero es que, claro, los discussant no discuten.

Hay dos tipos de artículo en la teoría económica mainstream: los teóricos y los empíricos. En los teóricos, los autores formulan un modelo matemático tras realizar una serie de asunciones sobre la cuestión a la que desean dar respuesta. A continuación, desarrollan el modelo, y como consecuencia obtienen relaciones entre las variables establecidas. Aunque normalmente la cuestión es relevante en algún ámbito, lo que suele pasar es que las asunciones realizadas separan el modelo enormemente de la realidad, a veces hasta extremos absurdos. Pero una vez estás en el mundo del modelo, la discusión solo se plantea en términos de coherencia interna. Y así los discussant realmente no discuten, sino que únicamente proponen mejoras al modelo o cambios modelables en las asunciones (particularmente, me encantan las propuestas de “endogeneizar” una cierta variable). Que de esos modelos se pueda obtener un resultado útil o relevante está por ver, entre otras razones porque ni siquiera sus proponentes tienen interés en conciliarlos con otros modelos que arrojen resultados diferentes sobre la misma cuestión. ¿Y por qué? Muy sencillo, porque la respuesta es tan trivial como decir que las asunciones son diferentes.

En los artículos empíricos, los autores recaban datos de la realidad pasada y tratan de establecer relaciones entre las variables contempladas utilizando instrumentos econométricos. Sin entrar a los problemas fundamentales que tal forma de explicar el mundo presenta, los que estos autores encuentran tienen que ver principalmente con la disponibilidad de datos, con la existencia de series temporales interminables que les permitan llevar a cabo sus cálculos. ¿Y qué es lo que hacen? Pues investigar aquellos mercados en que hay disponibilidad de datos, aunque no haya cuestiones relevantes que resolver. Si hay series de precios y cantidades para el queso de cabra pasteurizado en Asturias, que nadie dude de que aparecerá un estudio investigando los factores que explican la demanda de dicho producto.

Habida cuenta de lo dicho, a nadie debería extrañarle la “lobreguez” de estas sesiones académicas. Sin embargo, lo que lleva a la teoría económica mainstream a un estado más que lúgubre (traducción de dismal science, como el escritor escocés Thomas Carlyle calificó a la ciencia económica hará más de un siglo), a un estado siniestro, son las motivaciones que parecen mover a muchos de sus representantes.

¿Por qué investigan un tema y no otro? Pues no por afán de explicar mejor el mundo que nos rodea. Bueno, alguno habrá que busque eso. Pero la sensación que yo tengo es que investigan en aquello que pueden encontrar clientes, alguien que aporte fondos para su proyecto. Como el cliente número 1 para estos trabajos es el Estado en sus distintas vertientes (autoridades monetarias, de competencia, de regulación, ministerios), es obvio qué clase de temas van a “investigar”. Lo pongo entrecomillado porque también en obvio el resultado que han de tener sus investigaciones si se han de conseguir tales fondos. No son investigaciones neutras buscando la realidad; por el contrario, tienen que dar un resultado en la línea esperada por el potencial cliente. Si un economista se pone a investigar la relación entre oligopolios y nivel de empleo (caso real presentado en el congreso de que hablo), no lo hace para concluir que no hay relación. Por el contrario, tiene que haber relación, algo que la teoría económica mainstream garantiza gracias a su flexibilidad. Y además ello debe permitir proponer una política económica adecuada, Así, con un poco de suerte, alguien de la DGCOMP de la Comisión Europea verá el artículo y le encargará un informe, de pago, sobre el tema.

Me cuesta creer que los científicos de otras ramas del saber se guíen por criterios similares. Y eso me recuerda lo que decía Don Lavoie[1] ya en 1994: “Economics is increasingly isolated from adjacent disciplines in a way that could end up leading to its wholesale rejection. There is a risk that economists are becoming so out of touch with the overall tendencies of scholarship that they will one day find themselves utterly ignored.”

Por mi reciente experiencia, parece que ya estamos en el punto en el que incluso los economistas se ignoran a sí mismos. Más grave aún, y quizá como consecuencia, ya que los economistas también tienen que vivir: en que la ciencia ha dejado de serlo para pasar a ser instrumento a sueldo de la política.

[1] En su prefacio a la colección de ensayos Expectations and the meaning of Institutions, de Ludwig Lachmann