Usted está aquí

El miedo al futuro

La pesadilla de los planificadores del momento es que en un futuro cercano se acaben los empleos como consecuencia del avance tecnológico. En mi casa tengo un robot que barre y aspira el piso y hace ya meses que me he quedado sin ese trabajo. No está tan mal un desempleo así. 

Pero hay dos problemas según veo. Uno es la incomprensión de que el progreso se produce por liberación de recursos y otro que todas nuestras sociedades educadas, incluso las que pasan muy bien las pruebas Pisa o las que se jactan de tener centros académicos primerísimos en los rankings, no sean capaces de hacer desaparecer ese temor. Eso sí que es complicado, porque mi impresión es que estamos frente a una generación que sabe de muchísimas cosas, menos de todo aquello que le conviene al aparato político que no se sepa. Hay un sesgo, no porque haya una conspiración. Ojalá el Estado estuviera conspirando, porque eso le saldría mal. No, diría en cambio que hay un sistema de incentivos políticos tal que las falsas alarmas son capital para el negocio del engaño y la mistificación. 

Tenemos teléfonos celulares porque un día se liberaron los recursos de los fabricantes de carretas, otro los de los fabricantes de velas, después los de los que hacían videocaseteras, que nos parecían tan mágicas. Eso fue haciendo que cosas más sofisticadas fueran posibles, por ahorro de tiempo, trabajo y capital y por encontrar maneras más sencillas de cubrir necesidades que estaban primero. El progreso no es otra cosa que dejar de hacer cosas que consumen más esfuerzo, también trabajo, por otras que son más baratas y satisfactorias y, de ese modo, crear más. Los robots no nos “quitarán trabajo”, nos liberarán de él. Con lo cual, si es que tratamos a los empresarios (esos tipos que ven el negocio donde nosotros, que somos tan cómodos o poco agraciados, no vemos) como es debido, sin asaltarlos, sin desconfiar de su ambición y, sobre todo, sin envidia, podrán guiarnos hacia los próximos pasos. No hubiéramos podido contestar a la pregunta de qué cosa haríamos cuando no pudiéramos trabajar más en la fabricación de diskettes: ¡celulares!, porque no teníamos idea de que existirían. Hizo falta un empresario como ese que incorporará los robots, pero, en este caso, uno que aprovechará a los que barríamos antes el piso.

Nuestra principal falta de educación está justamente en las condiciones bajo las cuales subsistimos. No son las de la seguridad perpetua, ni podemos hacer nada para que el mundo siga siendo como es hasta ahora. Si lo intentáramos sería muy peligroso. 

Hay como una gran pérdida del sentido común si lo pensamos bien. Algo debería saltar ante el temor al progreso, un instinto que señale que nada de todo eso puede ser una mala noticia. Se está dando por sentado que cuando se deje de hacer algo que se hace hoy, no se hará otra cosa en su lugar. Claro que como convivimos con legislación laboral, también el desempleo se ha convertido en una realidad crónica. 

Tal vez el problema esté en uno de los pilares del paradigma educativo, el centralmente planificado, que es que las masas deben ser formadas para ser empleados. Entonces los más esmerados planificadores de la educación se ponen a estudiar qué cosas demandan las empresas actuales, para formar una generación que al momento de su graduación vivirán, probablemente en un mundo diferente. Así se encuentran que han tratado de entender al mundo y no han logrado incorporar lo fundamental, que es que cambia y seguirá cambiando o nos irá muy mal. Hay un exceso de técnica y una falta de preparación, pero no para lo que los iluminados presumen sobre cómo será el futuro, como los que nos hablaban de que seríamos la generación del año 2000 en la que habría autos voladores y todo otro tipo de predicciones, sino para lo fundamental de cualquier proceso de aprendizaje: que es entender que no sabemos. No para ponernos a llorar, sino para estar estudiando de manera permanente y, sobre todo, para nunca detener a los empresarios. Ellos son los que arriesgarán su capital para descubrir qué es lo que haremos cuando ya no tengamos que barrer el piso.

Los sistemas educativos producen, en mi opinión, demasiada gente que “sabe” y poca que no sabe que no sabe lo que hay que saber. Ese rol lo cumplen los aventureros que nos hacen la vida más fácil.